Literatura

Compartir la vida y las heridas en una habitación de hospital

Pese a la apariencia discreta, 'Habitaciones compartidas', de Blanca Busquets, trabaja con una ambición emocional considerable

Historias de Hospital
3 min
  • Blanca Busquets
  • Proa
  • 240 páginas / 20,90 euros

Blanca Busquets (Barcelona, ​​1961) propone a Habitaciones compartidas una novela de apariencia discreta que trabaja con una ambición emocional considerable: explorar qué ocurre cuando las vidas y las heridas se solapan en espacios íntimos, físicos y simbólicos. El título no es sólo una indicación escenográfica, sino una declaración poética y moral: compartir una habitación significa asumir la presencia del otro, pero también exponerse, negociar silencios y redefinir sus límites. De hecho, hay dos, habitaciones protagonistas en la planta de traumatología del hospital donde pasa la historia: la 271, donde está Montserrat, y la 269, donde yace Riqui. Al principio, cuando se cruzan por el pasillo, ambos piensan que se conocen, pero no saben de qué. El misterio está servido, y en este punto la novela adopta un mínimo fleco de thriller.

Montserrat es una librera jubilada que se recupera de una intervención craneal y de una operación de cadera y tiene una hija llamada Susanna. Riqui, cuarenteno, marido de Natalia y padre de Pol, se encuentra inmovilizado después de una caída contundente en la que se rompió las piernas y algunas vértebras. Ambos conviven con el pasado propio y con el de los demás, generando esta superposición incomodidad, pero también una forma de reconocimiento. Busquets demuestra que la proximidad puede ser tanto un refugio como una amenaza, y que el deseo de cuidar a menudo convive con el miedo a ser absorbido. El percance es que los personajes tienen un registro, un tono y un lenguaje demasiado parecidos, y podrían haberse diferenciado mucho más a pesar de su vínculo común con los libros.

Busquets opta por una escritura clara, sin adornos innecesarios, que confía en el mínimo gesto. Es una prosa que no busca lucirse, sino sostener a los personajes, acompañarlos. Esta contención resulta eficaz en una novela que habla de fragilidades, de lutos larvados desde la niñez y de vínculos sin nombre. No hay grandes giros argumentales ni efectismos narrativos, sino una acumulación de momentos, de pequeñas revelaciones, que acaban dibujando un mapa emocional denso: el padre ausente de Riqui, por ejemplo, un maltratador que se gastaba todo en droga mientras la madre limpiaba pisos, o la amiga de Montserrat, Núria. La autora logra construir todo este mosaico en una narración que comienza un martes y termina el martes de la semana siguiente.

Hacer sentir el peso del tiempo

Habitaciones compartidas avanza a un ritmo pausado, casi respiratorio, el de dos monólogos interiores de ambos narradores en primera persona que se unen en un mismo presente. Este tempo puede desconcertar a lectores acostumbrados a tramas más tensas, pero es coherente con la voluntad de la novela: hacer sentir el peso del tiempo, la forma en que los cambios reales raramente son repentinos. Quizá el riesgo del libro sea esta apuesta por la sutileza. Hay momentos en los que el relato parece contenerse demasiado, y otros en los que se alarga innecesariamente con la reconstrucción de los fantasmas de niñez y juventud de los narradores, como si el escenario (y la soledad) diera pie a recordar. Busquets ha escrito una novela bien trabada que dosifica el misterio y habla de una intimidad sin estridencias, un relato que entiende la literatura como un espacio de escucha y que no ofrece respuestas cerradas, sino una experiencia de lectura que interpela desde lo cotidiano y desde la emoción contenida. Confirma la habilidad de la autora para narrar lo que a menudo queda fuera del foco: las zonas grises de las relaciones, el peso de los traumas, lo que compartimos sin saber qué cedemos ni ganamos.

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