Así como los corredores deben cuidar las piernas, ¿qué deben cuidar a la gente de letras?


BarcelonaDesde la antigüedad han frecuentado los tratados sobre la salud, incluido un aspecto muy concreto de la cuestión, la salud de la gente que estudia. En cuanto a la bibliografía de este aspecto determinado, cabe recordar el libro de David Tissot, De la santé des gens de lettres, que hemos leído en la edición de Lausanne, 1775. Ya se ve por la fecha de la publicación que los consejos de Tissot debían ser bienvenidos en una época, el siglo de las luces, en la que proliferaron los hombres y las mujeres de letras y de estudio. Como el estudio es una actividad sedentaria, Tissot hacía en su libro una serie de recomendaciones, unas cuantas muy sensatas, otras muy fantasiosas, a falta de un desarrollo más perfecto de las ciencias de la salud.
Tampoco debe sorprender que Marsilio Ficino (1433-1499), uno de los grandes humanistas de la época renacentista, hombre de múltiples saberes, neoplatónico hasta el tuétano, dedicara un opúsculo bastante extenso al mismo tema: Para conservar la salud de los estudiosos, primera parte de De vita libri tres (1489), que se puede leer en francés en Arthème Fayard, 2000.
Era el tiempo en que el redescubrimiento de mucha literatura clásica, en griego y en latín, despertó entre los estudiosos el prurito de conocer bien un mundo que había quedado medio escondido durante toda la edad media. Habiendo caído Constantinopla en el año 1453, y muchos sabios bizantinos habiéndose exiliado en Italia, todo estuvo listo para que los sabios europeos aprendieran la lengua griega, madre de la que aún sabían, la latina, entonces encharcada.
Ficino dice que, así como los corredores deben cuidar las piernas, la gente de letras debe cuidar estas cuatro cosas: el cerebro, el corazón, el hígado y el estómago. Esto aparte, el estudioso debe cuidar de la pituitaria porque, de acuerdo con una tradición muy vieja, en este órgano reside el "humor negro", debido a la melancolía. Ficino aconsejaba algún remedio material (pocos porque era platónico) contra la melancolía, frecuente entre la gente estudiosa. Decía que convenía ser casto, porque el acto venere era un "monstruo" que agotaba el espíritu, debilitaba el cerebro, estropeaba el estómago y estropeaba las "partes nobles". Beber era también una mala cosa para este tipo de gente, como lo era —eso todavía pasa bastante— que los estudiosos trabajaran de noche y durmieran de día, porque el sol, como Venus y Mercurio, favorece la elocuencia.
Es más raro que aconsejara peinarse sólo con un peine de marfil, tomar muchas nueces moscadas, azafrán y jengibre (como Bartleby, el personaje de Herman Melville). Y como esto más cosas que el lector, si se dedica a las letras, leerá con deleite en ese libro.