Los libros y las cosas

¿Quién es Ferran Sáez Mateu?

Ferran Sáez Mateu
21/01/2026
Director adjunto en el ARA
4 min

BarcelonaEl filósofo y articulista del ARA Ferran Sáez Mateu es un señor de 61 años que lee y escribe, hace música en casa (toca y colecciona violines y violas, flautas y teclados: tiene una colección de 500 instrumentos), camina mucho por Barcelona, ​​duerme poco (unas cinco horas de media, hasta las 05.30 h aproximadamente) y recuerda a menudo sueños recurrentes, tiene recuerdos sueños recurrentes; a los capuchinos de Pompeya, compra libros antiguos por internet, le gusta el buen vino y el buen sake, cocina algunos platos festivos (fricandó de ciervo y cosas así), está casado con Maite (que habla chino) y tiene un hijo, Octavi, tiene muchos amigos interesantes, da clases de la ciudad, observa la vida que pasa con atención (la y venir histérico e hiperactivo de turistas y conciudadanos...), se extraña de los hábitos de la gente (y de los propios) y recuerda el tedio rural de la infancia y adolescencia en el pueblo, la Granja de Escarpe, que el día que él nació, una noche de San Juan de 1964, tenía 0. Y "la infancia llega cuando nos hacemos viejos, porque es solo un recuerdo". Hoy, la biblioteca pública donde de pequeño leía lleva su nombre.

Ésta, sumariamente, es la persona que ha escrito Todas las cosas visibles e invisibles (Pòrtic, 2026), un dietario a la manera de Montaigne y Josep Pla, dos de sus autores de referencia (también es fusteriano). Un dietario en el que se ensaya, donde se piensa y piensa el devenir de la vida ondulante y caprichosa, la suya y la de todos nosotros, regida por el "guión problemático" de la "felicidad obligatoria", una vida que a nuestro filósofo le provoca una "sensación constante de extrañeza". Lo comienza el 1 de enero del 2025 y lo acaba el día de su cumpleaños, el 23 de junio del 2025. En medio año le pasan un gabadal de cosas por la cabeza, el buche y los pies. Ferran Sáez Mateu es un brillante articulista y ensayista, como queda una vez más patente en esta obra supuestamente menor.

Aparte de la prensa (en el dietario deja la actualidad del todo al margen), ¿qué ha leído Sáez últimamente? Pues más allá de los autores mencionados, compañeros de viaje habituales, y de los textos bíblicos, ha prestado atención en un variado menú: Umbral, Baroja, Eva Illouz, Pere Lluís Font, Eva Comas, Michel Clermont, las monumentales biografías de Pla y Cambó –“pocas lenguas en el mundo disponen de lujos culturales, como los lujos culturales como Adorno, Richard Sennett, Ramón Andrés, Unamuno, Toni Güell, Emmanuel Carrère... "Hay que tener la mente abierta, pero no hasta el punto de que te pueda caer el cerebro al suelo", ironiza citando a la boutade de Isaac Asimov.

Al margen de la economía de la distracción

Dejó el tabaco hace tiempo y nunca le ha interesado el fútbol. Vive al margen de las redes sociales y del WhatsApp. Es decir, al margen de la economía de la atención, que es la economía de la distracción. Lleva mal la burocracia universitaria que "permite cultivar la ilusión del orden y amorosecer la arbitrariedad". Pero todavía encuentra el gusto en dar clases, un oficio que empezó hace 937 años, cuando se fundó la Universidad de Bolonia. Tiene sus rutinas, que incluyen largos paseos a pie de fin de semana por barrios barceloneses como Sant Genís dels Agudells, por citar uno que muy pocas personas han transitado (recomiendo visitar el viejo cementerio) o Torre Baró, que ahora se ha puesto de moda por la película El 47. También el Carmel, Trinitat Vella, Sarrià y Pedralbes, "el barrio más triste de Barcelona". "Hay zonas bastante extensas de Barcelona, ​​así como de otras ciudades grandes e incluso medias de Catalunya, que no tienen solución, si hacemos abstracción del uso de explosivos".

No es un optimista ingenuo, pero tampoco un cínico. Es más bien un escéptico con esperanza, "un concepto más teológico que filosófico". Subraya que la vida es aprender a morir: a eso se dedica la filosofía ("La muerte nunca me ha dado miedo, pero la comida de los hospitales sí. Mucha"). "Para un filósofo, el sentido es la propia búsqueda del sentido", dice. Asimismo, constata que "muchos contemporáneos, por desgracia para ellos, han aprendido a vivir cómodamente con la renuncia al Sentido". Y se agarra a una evidencia ignorada masivamente: "Todas las cosas verdaderamente importantes en la vida de una persona –la belleza, el amor, la plenitud espiritual– son gratis. Para disfrutar de sus versiones paródicas, en cambio, siempre hay que pasar por caja".

Prolífico intelectualmente, en un tiempo récord ha publicado los ensayos Presencia de una ausencia ("la espiritualidad vuelve a resultar interesante porque, en realidad, nunca había desaparecido de nuestro mapa mental") y El imprudente feliz (sobre el hecho de que la idea del buen salvaje sigue señoreando a nuestro imaginario colectivo), la novela con título de ensayo La otra hipótesis (una distopía futurista) y, aún, a finales del 2024, otras dos obras de pensamiento: El fin del progresismo ilustrado (la izquierda ha abandonado la igualdad y se ha hecho fuerte en la defensa de la diferencia) y La intimidad perdida (sobre la diferencia y la genealogía histórica de los conceptos de intimidad y privacidad).

No es de extrañar, pues, que el poder se le acerque. La inteligencia atrae. "He tenido tratos con todos y cada uno de los presidentes de la Generalitat restaurada". Como tampoco sorprende que, para tanto trabajo, disponga de ciertos hábitos prosaicos y ciertos confortes emocionales: "La estabilidad conyugal se basa en la elevación poética de una rutina que suele ser prosaica". También de una nómina de notables compañeros de viaje intelectual: Francesc Torralba, Anna Pagès, Juan Carlos Mélich, Miguel Seguró, Luis Cabrera, Gregorio Luri, Juan Camino, Ramón Masià, Fernando Suay, Enric Soria, Pedro Rovira... Y algunos ya ausentes, como Héctor Borrat, Josep Héctor Borrat.

Con todos ellos ha practicado la espontaneidad coloquial filosófica –peripatética–, aquella que sabe que nunca conseguirá la inteligencia artificial generativa. Y con ellos, y con nosotros, sus lectores, también ha compartido el diagnóstico implacable sobre la gran parodia posmoderna, "esa fiesta agónica que, contra todo pronóstico, todavía dura". Tenemos la suerte de que Ferran Sáez Mateu, extrañamente, también dura.

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