Literatura

La novela como un gran teatro de ideas y pasiones

'El príncipe negro', de Iris Murdoch, está protagonizada por un escritor lleno de manías, complejos y frustraciones

Kate Winslet interpretó a Iris Murdoch en el biopic 'Iris' del 2001
21/02/2026
3 min
  • Iris Murdoch
  • Ediciones de 1984
  • Traducción de Jaume C. Pons Alorda
  • 672 páginas / 23,50 euros

Al menos durante toda su larguísima primera parte, El príncipe negro, de'Iris Murdoch (Dublin, 1919-Oxford, 1999), hace pensar en una inversión de la premisa del Esperando a Godot de Samuel Beckett. Así como Vladimir y Estragó se pasan la obra sin moverse de dónde están porque esperan en vano alguien que no llega, Bradley Pearson, el protagonista de la novela de Murdoch, inspector de Hacienda jubilado, escritor ambicioso pero lleno de manías, complejos y frustraciones, pasa más de trescientas páginas queriendo escapar- maestra que lleva años queriendo escribir, pero no logra irse porque una cadena de incidentes en la que están involucrados amigos y familiares se lo impide. En el Godot no llega nadie; aquí, en cambio, llega todo el mundo. Todo ello da a la novela un aire y un ritmo de frenético vodevil tragicómico o de comedia de enredos sofisticada, con constantes idas y venidas, situaciones dramáticas abordadas con seriedad y también con humor (agresiones domésticas, adulterios, tentativas o anuncios de suicidios, borracheras). Murdoch es una virtuosa de la reflexión filosófica honda y trascendente y también del tremendismo cómico y descabellado, y es aún más virtuosa combinándolos. No podría ser más británica.

Aunque es obviamente una novela, con su argumento y sus subtramas, con un protagonista narrador y con toda la galaxia de secundarios que le molestan, se relacionan, discuten y le acompañan, El príncipe negro –publicada en inglés en 1973– tiene un componente teatral nuclear, como si para Murdoch cada situación fuera una escena representada en un escenario, de la que los personajes salen o dónde entran, y mientras están intercambian opiniones, estados de ánimo, sentimientos, invectivas, declaraciones de amor y de amistad, o temores. Así, la novela se va construyendo como una poderosa y riquísima avalancha de locuacidad y de fluencia –la traducción de Jaume C. Pons Alorda permite apreciarlo–, que en ningún caso pretende explicar o demostrar nada en concreto, sino simplemente reproducir los funcionamientos y expresar las interioridades de lo que hemos convenido en llamar la condición humana, con todos sus pliegos y matices, carencias y plenitudes, necesidades y esperanzas, cambios de comportamiento y contradicciones. Diría que Murdoch concibe la novela como un gran teatro de ideas y pasiones. No es de extrañar, por tanto, que el referente –explícito, profusamente comentado– de la novela sea el Hamlet de Shakespeare.

Dramáticamente, narrativamente, toda la novela pivota en torno a la relación competitiva, atravesada de recelos y envidias, entre el protagonista narrador, Bradley Pearson, al que le cuesta mucho escribir y tiene una concepción sublime del arte, y su rival literario, Arnold Bafflin, más joven, más banalmente comercial, y con una banalmente comercial, y con una banalmente comercial. La galería de personajes secundarios que los complementa es fascinante –la mujer y la hija de Bafflin, la hermana deprimida de Pearson, el excuñado gilipollas y parásito...–, ya través de estos secundarios Murdoch vehicula una mirada perspicaz e intensa sobre el deseo amoroso, la lealtad, las ganas. Sin embargo, es en la relación entre Pearson y Bafflin que la autora da las muestras más brillantes de su talento. Quizás el secreto literario de Iris Murdoch es justamente que supo compaginar las mejores virtudes de sus dos personajes, y por eso hizo una literatura densa de ideas y llena de emociones vivas, y logró ser una escritora extraordinariamente prolífica, exitosa y respetada.

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