Ya hace más de dos años de la publicación del informe Letta ("Mucho más que un mercado") y, en septiembre, hará dos de la publicación del informe Draghi ("El futuro de la competitividad europea"). Estos informes son las dos piezas esenciales del diagnóstico que alertó que Europa ha ido quedando rezagada en la economía global.
Las conclusiones también coinciden. Hace falta más integración, más innovación, más productividad y, para todo ello, más inversión. De hecho, ya hacía falta desde hacía mucho tiempo.
Dos años después de la publicación de los informes, los avances han sido escasos, casi imperceptibles. Esto se explica no solo por falta de decisiones políticas –que también es preocupante–, sino también por la actitud inamovible de los ciudadanos europeos, que no exigen a políticos y gestores públicos cambiar el rumbo. En consecuencia, como el reloj corre y las mejoras europeas son escasas, se ha agravado la situación.
Uno de los puntos clave del diagnóstico compartido por Letta y Draghi es la imperiosa necesidad de generar inversión a partir del ahorro privado europeo, abundante pero ineficiente para los propios ahorradores y para la economía.
En un debate radiofónico hace pocos días, intentamos subrayar esta urgencia prioritaria, para cambiar la percepción del riesgo de los ahorradores, a mi parecer, equivocada. Su visión conservadora les lleva a malgastar sus esfuerzos en cuentas, depósitos y activos con mínima remuneración. En última instancia, les hace perder poder adquisitivo.
Ante esta situación, reclamamos incentivos fiscales que animen a los ahorradores a dar el paso, pero fracasamos en nuestro intento pedagógico: la moderadora lo resumió como una prueba más del antiguo debate entre la derecha –que solo pide bajar impuestos– y la izquierda –que defiende el estado del bienestar no cediendo ingresos públicos.
La percepción de la moderadora es la que domina socialmente: la idea de que pagaremos el estado del bienestar recaudando cuantos más impuestos mejor, y no logrando que la economía sea más competitiva, crezca y nos garantice los recursos para la sostenibilidad de las prestaciones europeas, ahora en peligro por una economía en decadencia y empobrecimiento.
Hace solo dos meses, la Autoridad Europea de Valores y Mercados (AEVM) organizó su conferencia anual en su sede de París. El papel de la AEVM es vital para cambiar actitudes hacia el ahorro y generar los volúmenes necesarios de inversión en Europa. La mayoría de los ponentes validaron el diagnóstico de Letta y Draghi, pero no quisieron admitir el escaso avance logrado y la casi nula perspectiva a partir de ahora. Expresaron, por tanto, actitudes complacientes y poco decididas a cambiar el actual statu quo. Su posición es mortal para la competitividad europea, pero defiende los cargos que ostentan en entidades públicas y privadas, que podrían verse amenazadas con la transformación radical en Europa que resultaría de aplicar las conclusiones de los informes.
En medio de este conformismo, y de las ridículas aseveraciones sobre supuestos avances en la terapéutica aplicada al enfermo europeo, compareció con dignidad Enrico Letta, un buen orador, usualmente afable, que aquel día no esbozó ni una sonrisa. Letta recordó con un tono grave a la autocomplaciente audiencia que el retraso no es de dos años, sino de veinticinco. A su parecer, es entonces cuando Europa comenzó a percibir una continuada pérdida de progreso respecto a los Estados Unidos, que entonces tenía un peso económico equivalente al club europeo, pero que ahora es un 30% superior. Según Letta, es en aquel momento que Europa debería haber iniciado una reforma decidida.
El antiguo presidente del consejo de ministros italiano advirtió que, respecto a cuando publicó su informe ha habido una degradación clara de las condiciones políticas y económicas. Entre los obstáculos urgentes que afronta el club europeo actualmente destacó el desajuste político entre los electores –que piden reacciones y políticas inmediatas y simplistas, en línea a la visión de la periodista que mencionábamos– y la imposibilidad de que las decisiones a corto plazo respondan a la necesidad de hacer ajustes estructurales, en finanzas pero también en energía.
Letta terminó de hablar aterrado por la cobardía y la incapacidad de los líderes europeos para mover, ni que fuera ligeramente, el nivel de comprensión ciudadana sobre la urgencia de cambiar las cosas.