El contagio de Trump en Latinoamérica avanza
Es inevitable ponerse las manos en la cabeza o incluso reírse de algunos de los comentarios y ocurrencias del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. ¿Cómo puede decir esto o aquello? ¿Cómo pueden votarle? ¿Cómo es que no hay reacción? Lo cierto, sin embargo, es que entre exabrupto y exabrupto su agenda ultraconservadora va avanzando por todas partes, y nadie, en el fondo, se atreve a llevarle la contraria. Ha conseguido imponer su programa más allá de su país, donde claramente representa un considerable sector de la sociedad estadounidense, que no es que solo le ría las gracias sino que comparte de todo corazón su ideología y hace todo lo que puede para aplicarla, con la ayuda, implacable, de todo el aparato del estado.
Más allá de los Estados Unidos, que quizás no serán más grandes que antes pero sí que son más peligrosos e insolidarios que nunca, la agenda trumpista también se está implantando en lo que en otras épocas se conocía como su "patio trasero", y que ahora efectivamente quiere convertir en su corral. Desde 2023 una gran marea azul está haciendo mutar el mapa político de América Latina. Los últimos en sumarse a esta oleada ultra han sido Perú, con Keiko Fujimori, y Colombia, con Abelardo de la Espriella, que pronto jurarán el cargo, pero antes han estado Chile, Argentina, Ecuador, Panamá, Costa Rica, Guatemala y El Salvador. En todos estos países ha habido en los últimos años un giro, no siempre masivo, y por supuesto propiciado y con el apoyo claro de los Estados Unidos, hacia la extrema derecha.
Aunque la situación interna es compleja y hay división interna y muchas diferencias entre países, lo cierto es que esta oleada ultra es preocupante porque su objetivo es instalarse en el poder y quedarse en él. Esto es, al menos, lo que está intentando hacer Trump ahora mismo en su país. Cambia leyes para asegurarse el poder, coloca a sus amigos en los puestos relevantes, hace y deshace en la administración sin contemplaciones y, si aun así hay peligro de que pierda poder, ya prepara el terreno asegurando que habrá manipulación electoral y que si pierde será porque le habrán robado las elecciones, cosa que justificaría intervenir aunque fuera militarmente para recuperar lo que cree suyo. Ya lo ha hecho. Provocó un golpe de estado con el asalto al Capitolio y aun así lo volvieron a votar. Sabe que lo puede repetir.
Este ejemplo se puede ir reproduciendo en otros países de su ámbito de influencia, y aquí es donde está el gran peligro. Ataca la base misma de la democracia, porque no cree en ella si no es que está a su servicio. Por eso será clave lo que pase ahora en los dos únicos bastiones de la izquierda democrática de la zona, Brasil y México, que además son las dos grandes potencias económicas y demográficas de América Latina. A partir de ahora los ataques y las interferencias de todo tipo de la administración Trump serán constantes.
Tener gobiernos amigos es fundamental para Trump en el contexto actual de persecución directa y deportación de los inmigrantes, mayoritariamente latinoamericanos. En el horizonte planea una potencial invasión o intervención en Cuba; el melón aún abierto de Venezuela, convertida en una especie de falso protectorado, y, sobre todo, las elecciones de medio mandato de noviembre, en las que se juega no solo el futuro inmediato de los Estados Unidos sino también de buena parte del mundo.