Una exhibición de fuerza que deja muchos interrogantes
En condiciones normales, cualquier demócrata debería alegrarse de la caída de un dictador como Nicolás Maduro, pero la operación de captura y extracción hecha por Estados Unidos, aparte de ser una exhibición de fuerza del ejército estadounidense, deja un montón de interrogantes por resolver. Y más aún después de escuchar la confusa ya veces rocambolesca rueda de prensa de Donald Trump, donde ha explicado sin tapujos que Estados Unidos tiene la intención de gobernar Venezuela hasta que sea posible una transición. El problema es que en estos momentos sobre el terreno en Venezuela no está nada claro quién ostenta el poder, ya que formalmente los ministros chavistas continúan a su cargo y no han entregado el poder a Estados Unidos.
De la comparecencia de Trump se interpreta que podría haber habido algún tipo de pacto con la vicepresidenta actual, Delcy Rodríguez. Y aún más sorprendente resulta la descalificación genérica que ha hecho el presidente estadounidense de la líder de la oposición venezolana y última premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, de la que ha descartado que tenga la autoridad y el suficiente respeto para gobernar Venezuela. Habrá que esperar a las próximas horas para ver si alguna de estas incógnitas se va resolviendo.
Lo único que queda claro de todo es cuál es el objetivo final de Trump, que si algo es, es transparente: el presidente de Estados Unidos quiere recuperar el control del petróleo venezolano, ya que considera que la nacionalización de activos que hizo Hugo Chávez a finales de los 90 es uno de los "robos mayores" de la historia. Trump, pues, quiere convertir a Venezuela en algo parecido a un estado títere controlado por Washington, al estilo de lo que ahora es Bielorrusia por Moscú. Esta pretensión es coherente con la concepción de política internacional de Trump, que consiste en volver a las áreas de influencia, un reparto del mundo para que cada potencia pueda hacer y deshacer a voluntad sin dar explicaciones a nadie. En realidad el trumpismo, al igual que el putinismo, supone enterrar el orden mundial multilateral surgido de la II Guerra Mundial y la caída del Muro de Berlín para volver al siglo XIX y en la práctica de un neocolonialismo que busca apropiarse de recursos energéticos y materias primas. Desde este punto de vista, la operación contra Maduro resulta especialmente preocupante, puesto que puede representar un precedente muy peligroso.
Ahora la prioridad debería ser evitar un enfrentamiento civil en Venezuela. Las autoridades chavistas deberían evitar la tentación de provocar un derramamiento de sangre que sólo haría que empeorar la situación. La desaparición de Maduro, que será sometido a Nueva York a un juicio farsa como Noriega en su día, debería servir al menos para avanzar en la celebración de unas elecciones limpias en las que la población pueda decidir libremente qué gobierno quiere y si acepta convertirse o no en una especie de protectorado estadounidense.