Muere Zoraida Burgos, la gran voz poética del Ebro
Fue Cruz de Sant Jordi en 2023 y recibió el Premio de la Crítica por 'Convivencia de aguas' en 2017
BarcelonaLa escritora Zoraida Burgos murió este domingo con 92 años en el mismo lugar en el que nació en 1933, durante la Segunda República: Tortosa. Desde allí, arraigada en los arrozales, "en la periferia", decía ella, construyó una obra poética que habla de la identidad, el paso del tiempo, la belleza, las contradicciones de la vida y el misterio de la muerte, desde el espíritu combativo de los años 70 hasta la profundidad de la madurez. Su último libro, Convivencia de aguas, que reúne toda su poesía, publicado en 2017 por LaBreu y que le valió el Premio de la Crítica catalana 2018, es lo que recuperó para los lectores la obra de esta poeta, que hasta entonces había tenido publicaciones dispersas, pequeñas o desafortunadas. En 2023 recibió la Cruz de Sant Jordi.
El catalán, la lengua del pueblo
Hija de padre extremeño y castellanohablante en casa, encontró su voz poética en catalán, la lengua de los campesinos y no de la literatura que leía. Sus dos grandes influencias fueron la lectura de La piel de toro, de Salvador Espriu, y la poesía de TS Eliot. Formó parte de la generación de los poetas de posguerra de las Terres de l'Ebre, junto con Jesús Massip, Manuel Pérez Bonfill y Gerard Vergés, entre otros. De entrada, cultivó la poesía social porque "era una necesidad", explicó en una entrevista en el ARA. "No había forma de decir las cosas. Éramos tan ingenuos que pensábamos que a través de las palabras podíamos conseguir cosas. Y supongo que no. Te quedaba la sensación de cumplir alguna deuda", decía.
Su primer poemario fue De amores, añoranzas y otras cosas (1971) y en la misma época empezó a escribir libros de narrativa infantil en la editorial Joventut –publicó más de una docena–. Mantuvo ambas líneas de producción a lo largo de toda su carrera, mientras se dedicaba a ejercer de bibliotecaria en Amposta y Tortosa. Entre sus títulos de poesía destacan Vísperas (1978), Ciclo de la noche (1982), Reflejos (1989), Azules (1993) y Absuelo el tiempo (2012). En 1993 recibió el premio Pin i Soler por la obra de prosas poéticas La obsesión de las dunas (1994). Su poesía forma parte de diversas antologías poéticas y volúmenes colectivos, como Verdaguer y Manyà, vidas cruzadas (2002), El ruido del Ebro. 15 narradores dan voz al río (2003) y Suelos de agua. Poemario de las Terres de l'Ebre (2004).
El dominio de diversas lenguas y la riqueza de sus lecturas empapa también su escritura, que a lo largo de cuatro décadas se va haciendo más singular, abstracta y compleja, sin desligarse del mundo. "En realidad, todo lo que yo escribo es una autobiografía, porque no tengo imaginación", admitía. El reconocimiento de su obra nunca le preocupó, pero sí la propia poesía. Y, efectivamente, costó que le llegara el reconocimiento rotundo, hasta el rescate literario de LaBreu. Su poesía es su legado.
"Sólo la voz, el poema,
disuelve los tiempos de los verbos,
somete el olvido.
El verso retiene en los dedos el gesto,
el escalofrío intacto de la piel".