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Gente 26/08/2022

Diana de Gales continúa bailando 25 años después

La trágica muerte de la "princesa del pueblo" cambió la monarquía británica para siempre... o casi

16 min
Diana de Gales.

El 31 de agosto se conmemora un cuarto de siglo de la muerte de Diana Spencer en un accidente de tráfico en París. Este es el relato inverso de la vida de la que fue la mujer del heredero Windsor, el gran show mediático de finales del siglo XX que atrajo y mantuvo a la audiencia enganchada. Lady Di lo cambió casi todo, pero, al fin y al cabo, todo ha continuado igual.

Epílogo:

Elton John, entonces y ahora

Elton John une simbólicamente dos fechas muy relevantes para la casa de los Windsor: el 6 de septiembre del 1997 y el 4 de junio del 2022. Prácticamente veinticinco años de diferencia que marcan la distancia entre el rechazo a una muy estirada reina Isabel II y el perdón de todos los pecados –que no deben de haber sido pocos en 96 años de vida – a raíz de las celebraciones del Jubileo de Platino de la monarca los últimos días de la pasada primavera. En las dos ocasiones, el cantante, amigo personal de la llamada pomposamente y demagógicamente “princesa del pueblo”, que había conocido en 1981, poco antes de la boda con Carlos de Inglaterra, tuvo un papel destacado. Al final, la supuesta transgresión vital de Elton John ha acabado siendo, también, una coartada más para la renovada operación de blanqueo de la monarquía británica. Como de costumbre, gana la banca.

En la primera intervención, Elton John actuó durante el funeral de Lady Di en la abadía de Westminster. En directo, y tocando el piano, interpretó una versión de la famosísima canción Candle in the wind, escrita originalmente como homenaje a Marilyn Monroe el 1973. El compositor Bernie Taupin y John hicieron una letra ad hoc para la triste ceremonia de despedida de Diana de Gales. En la segunda ocasión, míster Rocket Man apareció en un vídeo proyectado sobre la fachada principal del palacio de Buckingham la noche del concierto del Jubileo. Cantó Your song para la reina. Aquella noche, todo era fachada.

Diana y Elton John en el funeral del diseñador Gianni Versace el julio de 1997. Un mes y medio más tarde, el artista actuaría en el entierro de su amiga.
Un homenaje a Lady Di en Washington unos días después de su muerte.

Antes de empezar, Elton John –que ya había participado en las ceremonias de los jubileos de oro, el 2002, y en la del de diamantes, el 2012– hizo llegar un mensaje a Isabel II. decía: “Majestad, felicidades por los increíbles 70 años como nuestra monarca gobernante. Ha sido un viaje increíble para vos y habéis sido una parte muy importante de mi vida desde que era pequeño hasta la actualidad. Quería grabar algo para vos en un lugar que os gustara. Así pues, estamos aquí, en el salón rojo del castillo de Windsor. Pensé que sería el lugar ideal para rendir homenaje a vuestro increíble reinado, gracias”.

Reconocimiento total, sin duda, pero algo menos de lirismo kitsch que en las palabras dedicadas a Diana cuando le cantó: “Adiós, Rosa de Inglaterra / Que crezcas en nuestros corazones/ Fuiste la gracia que te pusiste/ Donde se rompieron tantas vidas/ Llamaste a nuestro país/ Y a los que sufren los aligeraste, susurrándoles / Ahora perteneces al cielo/ Y las estrellas escriben tu nombre”.

La memoria de las estrellas, sin embargo, es fugaz, como la luz que emiten y que cuando la vemos ya no existe. Es un espejismo, una ilusión. Veinticinco años después de su muerte, Diana también empieza a serlo. La mujer que osó desafiar desde su propio privilegio las reglas mafiosas de la Firma–como llama la prensa británica a los Windsor–, acabó chocando contra la realidad la noche del 31 de agosto del 1997, en el túnel del Puente del Alma de París. perdió la vida y ganó la inmortalidad. Como James Dean. Ningún gran negocio, sin embargo. Solo tenía 36 años.

Un cuarto de siglo más tarde, la reina, la abuela del pueblo, ocupa la constelación que Diana había hecho suya, quieras que no. La princesa es, solo, un recuerdo molesto para los Windsor. Poco más que la estatua de bronce comisionada por sus dos hijos, Guillermo y Enrique, que se levanta en Sunken Garden, en Kensington Palace, su residencia oficial después de que se divorciara de Carlos de Inglaterra el 1996, pasados cuatro años de la separación oficial a todos los efectos.

Capítulo III:

El accidente y la reacción popular

En el Reino Unido se acostumbra a decir que la muerte de Diana fue tan impactante como el asesinato de John Fitzgerald Kennedy. Los babyboomers y los integrantes de la generación X hablan en los mismos términos –“¿dónde estabas cuando supiste del accidente?”– como más de treinta años antes lo hicieron los que habían nacido con el inicio de la Segunda Guerra Mundial sobre el magnicidio de Dallas. O como los mismos miembros de la generación X hablarían cuatro años más tarde de los atentados del 11 de septiembre del 2001.

El titular de la primera página del Herald Tribune del 1 de septiembre del 1997 fue altisonante: “El mundo llora la princesa del pueblo”. Se esté o no de acuerdo con la definición, es innegable que la intervención de Tony Blair fue una pieza maestra de la comunicación política, también o especialmente porque no hizo ningún esfuerzo para esconder las emociones. Todo lo contrario que la reina, una mujer de hielo para quien la muerte de Diana fue, sobre todo, una engorrosa tormenta de final de verano que casi acontece un terremoto.

Entre otras palabras, Tony Blair dijo: “Me siento como todo el mundo hoy en este país: completamente destrozado… Hoy somos una nación en estado de choque… Era un ser humano maravilloso y cálido… Su propia vida a menudo estuvo tristemente tocada por la tragedia… Ella nos revelaría a todos la profundidad de su compasión y su humanidad. Sabemos cómo de difíciles fueron las cosas a veces para ella. Estoy seguro que solo lo podemos adivinar, pero la gente de todas partes, no solo aquí en el Reino Unido, en todas partes, tuvo fe en la princesa Diana. Les gustaba, la querían. La gente la consideraba una persona más; era la princesa del pueblo. Y así es como permanecerá en nuestros corazones y en nuestros recuerdos para siempre…”.

Diana de Gales de vacaciones en Banana Beach en enero de 1993.

Es relevante tener presente el epílogo de esta historia –la intervención de Elton John en homenaje a Isabel II– porque lo que quedó en evidencia durante la semana que transcurrió entre el accidente y el funeral es que “el estado de ánimo se volvía realmente en contra de los royals”, como escribió el entonces director de comunicaciones de Blair, Alastair Campbell, según queda reflejado a sus dietarios (4 de septiembre de 1997: The Blair Years). “Pero tenía que haber mayores anuncios para llenar el vacío y también los royals tenían que ser más visibles. En un mundo ideal, habrían vuelto pronto a Londres y se habrían mezclado con la gente”. Esta última frase, incluida también en la entrada del 4 de septiembre, avanzaría lo que veinticinco años después constituiría toda una sorpresa durante la celebración de la primera jornada del Jubileo de Platino: el paseo de Carlos y Camila entre el pueblo, un hecho del todo inusual para el heredero, quizás una lección más de aquellos días del 1997 que cambiaron para siempre la relación de la monarquía con la sociedad británica y con los medios de comunicación. O casi.

Montañas de flores a las puertas del Palacio de Buckingham, montañas de flores a las puertas del de Kensington, los británicos, tan poco acostumbrados a exudar emociones, según el tópico, corrieron a abrazar el dolor y a expresar como nunca antes un sentimiento de orfandad. De repente, una figura que había formado parte de la iconografía nacional desde el 1981 se desvanecía en las más trágicas circunstancias. La muerte la hacía eterna. Pero había unos culpables de la tragedia a los cuales maldecir: la prensa sensacionalista, los paparazzi , los editores que ofrecían lo que no estaba escrito por unas imágenes, las que fueran, de la princesa.

Los príncipes Guillermo y Enrique después del funeral de su madre.
Montañas de flores como tributo a Diana en el palacio de Kensington.

La penitencia que pagaba la sociedad británica estaba en el origen del pecado: la adoración por la prensa sensacionalista y la impunidad de los grandes señores de Fleet Street, másteres de un universo acostumbrado a negociar con la vida de los otros. Es un pecado que, modernamente, venía de tres décadas atrás y que se anclaba en una tradición que se remonta mucho más allá: un mínimo de dos siglos. A finales de la década de 1960, el magnate de los medios de comunicación australiano Rupert Murdoch entró en la industria de la prensa británica y compró The Sun. Sabiendo que el diario, con pocos recursos, no ganaría a los competidores con un periodismo riguroso, se centró en el sensacionalismo. A medida que la población miraba cada vez más la televisión, The Sun fijó su atención en la vida de los actores y famosos tanto dentro como fuera de la pantalla. El contenido de los artículos se desplazó hacia una fascinación por la vida sexual y amorosa de estos famosos. Otros diarios siguieron el ejemplo, incluido The News of the World, que cerró el 2011 a raíz del escándalo de la piratería telefónica como forma de obtener noticias.

En el fondo, hay un sustrato enormemente clasista en esta actuación de los magnates de la prensa. Los grandes medios se benefician de la necesidad de entretener, y se sirven de la mejor carne posible para atraer a las fieras: en aquellos momentos, años ochenta y noventa, Diana de Gales. Este ecosistema informativo enfermizo es el mismo contra el cual, más de veinte años después, se rebelará el hijo pequeño de Diana, Enrique, una rebeldía después de toda una vida de privilegio, que quiere seguir manteniendo, haciendo de la rebeldía sin riesgos negocio y razón de ser. Todo ello se había originado en el siglo XVIII, cuando los diarios tabloides empiezan a ganarse la fama de groseros y divertidos. Y la tradición más la visión de Murdoch del negocio es lo que en buena parte explica o da contexto al ascenso, glorificación, desgracia y muerte de Diana de Gales, la primera instagramer e influencer del mundo mucho antes de que existiera Instagram y que los influencers se ganaran la vida vendiendo su mercancía más íntima.

Capítulo II:

Construcción y deconstrucció de los mitos

¿Cuándo nace el mito? ¿Mito o industria, sin embargo? ¿Construcción o deconstrucción? ¿De qué, exactamente? ¿De la princesa rebelde, de la “princesa del pueblo”, o de una muy estirada monarquía británica, de cejas altas y alejada de la sociedad? Porque a medida que nace el mito de Diana, el que también se va deshaciendo, como un terrón de azúcar amargo y agrio, es el de la familia real. La tradicional. Y por eso, porque lo entienden, abren los brazos a Kate Middleton y más tarde a Meghan Markle, si bien la actriz les acaba aguando la fiesta. Es el fantasma de Diana, sin duda, que como el de la Rebecca de Hitchcock pesa como una losa.

¿El mito nace cuando Diana declara que actúa según su corazón y no según su cabeza? ¿Un desafío, otro, a la monarquía con la que se había casado el 1981, ante la mirada de 2.650 invitados en la catedral de Saint Paul y 700 millones de personas a través de la televisión? ¿El mito nace cuando estrecha la mano, sin guantes, a un enfermo de sida? La escena tuvo lugar el 1987. Su matrimonio con Carlos de Inglaterra ya era un desastre, solo una fachada más, como la del Palacio de Buckingham, y cualquier gesto que se saliera del protocolo habitual era una forma de protesta, de rechazo contra la prisión dorada y sus carceleros.