Ababacar Mboup, presidente del colectivo No a la Homosexualidad y excoordinador y presidente honorario de And Samm Jikko Yi, una red senegalesa que ha impulsado una ley anti-LGBTIQ, habla con periodistas en su casa en Dakar.
27/03/2026
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Senegal captó la atención de muchos medios internacionales cuando, hace pocos días, su Parlamento aprobó endurecer las penas contra la homosexualidad. Si antes ya estaba penada con 5 años de prisión, ahora el castigo será de 10 años y multas económicas que pueden llegar hasta los 15.000 euros –en un país donde el PIB per cápita no llega a los 1.800 dólares anuales—. La noticia ha permitido retratar a la derecha y la izquierda europea, que la han interpretado a partir de los prejuicios habituales. La derecha ha difundido esta noticia como una muestra definitiva para llegar a una conclusión precocinada: la homofobia imperante en la sociedad senegalesa nos obliga a impedir la entrada de personas procedentes de este país, y olvidan que no hace falta ir a África occidental para encontrar homofobia. La izquierda ha huido de estudio o ha culpado de la situación la homofobia impuesta legalmente durante el período colonial francés en el país. Este último argumento tiene un punto de partida razonable: fueron las potencias coloniales las que, horrorizadas ante las costumbres paganas de muchos africanos en el campo sexual, aplicaron códigos legales basados en la homofobia de la época edificando los argumentos en torno a la moral cristiana. De todas formas, el argumento deviene ridículo precisamente porque ignora los deseos de buena parte de la sociedad senegalesa, 66 años después de la independencia: tanto en las filas del gobierno actual, de ideología panafricanista anticolonialista, como en el gobierno anterior, más cercano a París, la lucha contra la homosexualidad ha sido una constante en la historia reciente del país. Si hubieran querido eliminar las leyes homófobas, ya lo habrían hecho. Nunca han estado tan lejos de eso. De los 138 diputados que votaron castigar la homosexualidad, 135 votaron a favor y 3 se abstuvieron. Nadie votó en contra. Las asociaciones islámicas que habían impulsado la propuesta en las calles llevaban en campaña desde 2020. El mensaje dominante en Senegal y en otros países de la región es que la homosexualidad es una importación occidental, y que hay que proteger las culturas locales de esta contaminación extranjera. Una huida hacia adelante

La voluntad de proteger la cultura senegalesa contrasta con los compañeros de viaje de los movimientos que han impulsado la iniciativa: según Reuters, ultraconservadores de los Estados Unidos se han coordinado con la red de asociaciones senegalesas que han promovido el endurecimiento de la ley. En nombre de la protección de los africanos contra influencias exteriores, los diputados del gobierno soberanista senegalés hacen piña con extremistas cristianos que prueban en África lo que querrían hacer algún día en los Estados Unidos. Estas coincidencias deberían alertarnos: los que creemos que las leyes democráticas y las libertades individuales están por encima de los libros sagrados estamos, globalmente, cada vez más en minoría. Senegal afronta este 2026 un año crítico en el que tendrá muchas dificultades para pagar su deuda. La persecución de los homosexuales, en este contexto, es una victoria soberanista contra los occidentales junto a una derrota económica: ante la imposibilidad de cumplir su programa, el gobierno senegalés ofrece a sus ciudadanos un chivo expiatorio que apenas ofrecerá un alivio temporal: Senegal aplicará medidas de austeridad durísimas y la mayoría de los senegaleses vivirán peor –y los homosexuales senegaleses, todavía peor que el resto.

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