Guerra en Ucrania
Internacional 25/10/2022

Una bicicleta para huir de Putin: “A cualquier lugar del mundo, menos volver a Rusia”

Estambul es uno de los principales destinos de los jóvenes que no quieren ir a la guerra en Ucrania

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Colas de personas para sacar dinero de un cajero a Santo Petesburg

EstambulCuando Igor empezó a pedalear, cargado con una vida entera dentro de una mochila de montaña, no miró atrás. Empezó una mañana del mes de septiembre, cinco días después de que Vladímir Putin llamara a los rusos a una movilización parcial por la guerra de Ucrania. Pero no era la primera vez que emprendía el viaje al exilio, lejos de su Rusia natal. “Mi historia empieza el 28 de febrero. La guerra empezó días antes y no entendíamos nada de lo que pasaba en el mundo. Tenía miedo y me marché a Georgia”, explica este joven de San Petersburgo. Mientras estaba en el país vecino su abuela se puso enferma y decidió volver a territorio ruso. “Y todo iba bastante bien –detalla–, trabajaba en un bar y estaba con mi familia”. Pero el 21 de septiembre por la mañana empezaron a circular rumores sobre la movilización parcial que horas después se anunciaría de forma oficial.

“Volvía a tener miedo, estaba estresado y todos mis amigos empezaron a huir". Mientras veía cómo su círculo cercano iba haciendo las maletas, mantuvo una conversación con su madre. “Han reclutado a veinte hombres de la empresa donde trabajaba tu padre”, le dijo. Y eso lo hizo decidirse: “Era miércoles y dejé pasar el fin de semana. El lunes cogí la bicicleta para llegar a Finlandia”, explica. De familia de clase media acomodada, Igor aprovechó el visado Schengen que todavía tenía para dar el salto a Finlandia, a doscientos kilómetros de San Petersburgo. Esta frontera ha sido el paso de miles de rusos que se niegan a coger un fusil en Ucrania, aunque la decisión les pueda costar diez años de cárcel.

A pesar de que él no ha recibido la carta de conscripción, muchos de sus amigos sí han sido llamados a filas. Los del pueblo son más propensos a ser reclutados que los que viven en las grandes ciudades, una lotería macabra que afecta, asegura, a las clases sociales más bajas. “Los del pueblo no tienen tanta información y son más obedientes que los que viven en la ciudad”, afirma. La máquina propagandística del Kremlin es una "trituradora", admite Igor, que lamenta que muchos chicos muy jóvenes han muerto luchando en la guerra de Ucrania. Al principio de la guerra muchos de ellos ni sabían que los mandaban a primera línea de frente.

Apoyo opositor

Eva Rapoport, de la asociación Kovcheg, del opositor Mijaíl Jodorkovski, se dedica a acoger en Turquía a los rusos que no pueden pagarse un alojamiento. La agrupación donde trabaja tiene pisos en Estambul, Ereván (Armenia) y el Kazajistán, y también da apoyo legal a los que soliciten un visado humanitario o asilo político. Según afirma, durante los primeros días de guerra hubo muchas llegadas de rusos que no estaban de acuerdo con la embestida de Putin contra los hermanos ucranianos o eran perseguidos por protestar, pero con la movilización parcial hubo un cambio. “Ahora cualquier hombre ruso de entre 18 y 60 años está en peligro de ser reclutado; por lo tanto, gente que antes incluso se creía la propaganda estatal, ahora ya no quieren jugarse la vida”, explica.

No es de extrañar que se haya podido ver a rusos luciendo la Z –símbolo que apoya la guerra– mientras atraviesan la frontera. “Yo creo que merecen algún tipo de ayuda, porque repetir la propaganda oficial no puede ser una ofensa punible con la muerte. Ser enviado a la guerra es una muerte muy probable, así que cualquier persona que busque huir tendría que recibir alguna ayuda para salir de Rusia”, afirma. "Cuanto más fracase la movilización, mejor será para el mundo", añade. Pero es cierto que la Unión Europea ha cerrado sus fronteras a Rusia y deniega visados de turista a los rusos que quieran marcharse. Países como Georgia, Armenia o Turquía están entre los destinos factibles, pero un pasaporte y unos cuantos miles de dólares son indispensables.

“San Petersburgo es la mejor ciudad del mundo”, dice Igor con orgullo. Su cariño hacia las calles donde ha crecido y su gente es infinita, pero la decisión de un solo hombre ha deshecho el plan de futuro de este joven que se dedicaba a la química. En Estambul, donde ahora vive sin muchas ganas de arraigarse, quiere esperar que le surja una oportunidad laboral. Pero tiene muy clara una cosa: “A cualquier lugar del mundo, menos a Rusia”.

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