El nuevo imperialismo se impone y el mundo entra en modo imprevisible
El viejo multilateralismo posterior a la Segunda Guerra Mundial se deshace bajo una sensación de desorientación, desamparo y urgencia
Washington / Pekín / Londres / Beirut"El viejo mundo se muere, el nuevo tarde en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos", escribía Antonio Gramsci desde la cárcel donde le había encerrado el fascismo italiano. El comunista condensaba así las convulsiones de principios del siglo XX. Casi cien años después, el viejo multilateralismo posterior a la Segunda Guerra Mundial se deshace bajo la misma sensación de desorientación y desamparo. Después de que Rusia abriera la veda con Ucrania y de que China dejara claras sus aspiraciones sobre Taiwán, Donald Trump –devuelto al poder por la extrema derecha– ha intervenido ilegalmente Venezuela y se dispone a expoliar su petróleo mientras amenaza a Cuba, Colambia, México, México. Estocada fatal en el sistema de Naciones Unidas, después del desprecio que mostró desde el corazón de la ONU.
Trump se quita la careta
En 2012 el Consejo Nacional de Inteligencia (NIC) estadounidense preveía que en 2030 la posición hegemónica de Estados Unidos dentro del sistema internacional sería cuestionada por otros países, poniendo el foco en China. En esta pérdida de rol como "superpotencia", EEUU pasaría a un orden donde se convertiría en "el primero entre iguales" y, además, advertía de que la Pax Americana se estaba "deshaciendo". Catorce años después del informe premonitorio, Trump aparece como un síntoma más de esa quiebra. La lectura que ha hecho el republicano sobre la situación no es tan distinta al análisis del NIC, pero la solución sí lo es.
Trump aparece como un acelerador del derrumbe del multilateralismo que ya hace tiempo que se estaba dando. Pero en contra de lo que aconsejaba el NIC –que alentaba a EEUU a mantener el rol de mediador global–, el presidente ha optado por aplicar la geopolítica del XIX. Si el país va de camino a perder el rol de superpotencia, es mejor adelantarse al pronóstico y asegurar que Washington mantenga la primera posición en este nuevo mundo de competencia en el que ya ha reconocido a Pekín y Moscú como iguales.
La hegemonía económica, comercial y tecnológica estadounidense hace tiempo que se cuestionada, especialmente por parte de China. En los últimos años se ha puesto de manifiesto el temor de Washington a que Pekín le supere en el campo tecnológico. Ante este debilitamiento, el republicano se ha aferrado a la única pata donde, de momento, EE.UU. todavía es líder: la supremacía militar. Una de las muchas capas de la intervención militar en Venezuela es la de exhibición de músculo militar en el resto de competidores. Trump no ha parado de jactarse de que ningún otro país del mundo sería capaz de secuestrar a otro dirigente de manera tan eficiente.
Con esta vez sobre la mesa, el republicano quiere marcar el territorio ante los demás lobos y someter a aquellos que considera débiles, empezando por Europa a quien ha dejado claro que piensa ocupar Groenlandia. Antes de que el mundo que está por venir se acabe de configurar, Trump quiere avanzar y marcar las reglas: repartirlo en áreas de influencia. EEUU reclama para sí el control del hemisferio Occidental y mientras todos los ojos están puestos sobre Latinoamérica y la isla ártica, Canadá ya se está preparando para cuando Trump se gire hacia ellos con la reclamación de anexionarlos como el 51 estado.
Aunque está por ver hasta qué punto realmente el republicano se desentenderá de la presencia que había desplegado en otras regiones, como el mar de China Meridional. También resulta irónico que la principal herramienta de soft power de EE.UU., USAID, y que podía competir con su homólogo chino, la Nueva Ruta de la Seda, fue desmantelado por Trump nada más llegar al poder.
Pese a que Trump sea un gran negacionista climático, no escapa que parte de este giro en geopolítica hacia una visión extractivista también se enmarca en un mundo inmerso en plena crisis climática. El colonialismo empezó a finales del siglo XV como necesidad de buscar más recursos en una Europa que ya estaba al límite de sus capacidades. Ahora, el nuevo imperialismo del siglo XXI viene dado por la necesidad de asegurar recursos –no sólo tierras raras– en medio de esta nueva carrera donde los refugiados climáticos serán cada vez un fenómeno más recurrente. Desde 2020, el agua ya cotiza en el mercado de futuros de Wall Street.
Xi Jinping quiere todo el mundo
Si siguiéramos la doctrina Monroe, actualizada como Donroe en honor de Donald Trump, el mundo se dividiría en áreas de influencia bajo el control de una gran potencia hegemónica. En este caso, Estados Unidos reinará sobre el continente americano y China dominará Asia.
La fórmula es simple, pero tiene fisuras. En primer lugar, no es creíble que Estados Unidos se retire de Asia-Pacífico, abandone a su suerte aliados fieles como Japón y Corea del Sur y deje el campo libre en la República Popular China. También cuesta creer que el gobierno de Xi Jinping –y los que vendrán– se conforme sólo con Asia. China es el nombre occidental de Zhongguo, que significa país del centro. Y los chinos tienen muy claro que éste siempre ha sido su sitio en el mundo. Actualmente, una China desarrollada, convertida en la segunda potencia económica mundial, desea liderar el mundo o al menos moldearlo a sus necesidades. Lo está consiguiendo con la ayuda de Washington. El derecho internacional ya no es sagrado, el sistema democrático se resquebraja y los derechos humanos no son respetados. Pekín defiende que en vez de ser universales pueden adaptarse a las necesidades de cada país. La ley del más fuerte, y no el consenso, se impone en las relaciones internacionales.
Aunque niega todo afán hegemónico, para conseguir ese liderazgo global, Pekín, más que un gran ejército, que lo tiene, confía en el comercio. La Nueva Ruta de la Seda, la red de corredores comerciales, infraestructuras y telecomunicaciones que intenta desarrollar por todo el mundo, es el vehículo de conquista. Con esta red, se ha garantizado el acceso a recursos naturales y un mercado ampliado para sus productos. China ya ha logrado dominar la producción de minerales raros, una pieza clave para negociar con todo el mundo. Es en este contexto, por ejemplo, en el que Washington considera que adquirir la estratégica Groenlandia es clave para sus intereses.
El gigante asiático está muy presente en Latinoamérica y en África, y lo ha hecho con una visión diferente del colonialismo occidental. Pekín no sólo compra energía, minerales o alimentos, sino que también invierte para desarrollar infraestructuras en estos sitios y los invade con sus productos. El resultado es que se convierte en estados dependientes de las inversiones chinas.
De momento, su zona de influencia natural es Asia-Pacífico, una zona que muchos expertos consideran que marcará la geopolítica del futuro. Otros gigantes como India pueden plantarle cara y vecinos como Japón o Corea del Sur tienen Estados Unidos comprometidos en la defensa militar con un despliegue de unos 100.000 soldados, pero Pekín es ahora, y con diferencia, el principal socio comercial de la región. En este área hay foco de fricción que pueden determinar el mundo que vendrá. El primero es Taiwán, que China aspira insistentemente a reunificar con su territorio. El segundo, el control sobre el mar de China Meridional, donde Pekín se enfrenta a sus vecinos reivindicando la soberanía del 90% de sus aguas basándose en un mapa creado en 1949 que exigen supuestos derechos históricos. China ya ha construido siete islas artificiales desde 2014, donde ha instalado bases militares. Este mar, rico en recursos naturales, es una de las rutas más transitadas del mundo, por donde pasa el 30% del comercio mundial.
El imperialismo nostálgico de Putin amenaza a Europa
El imperialismo de Vladimir Putin tiene raíces que van más allá de la reacción a la expansión hacia el este de la OTAN, cuando la Alianza Atlántica, rompiendo las promesas hechas en Moscú en 1991, invitó durante la cumbre de Praga de 2002 a Rumania, Bulgaria, Eslovenia, Eslovaquia, Letonia, Estonia y Lituania a convertirse en miembros. Varios analistas de la política rusa coinciden en que la acción exterior del Kremlin desde el año 2000 –con la llegada de Putin al poder– se inscribe en una continuidad histórica de expansión y restauración del poder ruso en la antigua área de influencia soviética.
Uno de los textos de referencia es Putin's wars: rise of Russia's new imperialism, del neerlandés Marcel H. Van Herpen, que interpreta la segunda guerra de Chechenia, la de Georgia y la de Ucrania como piezas de un mismo horizonte estratégico. De acuerdo con esta tesis, la expansión militar y geopolítica del Kremlin va de la mano de un cada vez más firme control interno y una narrativa de recuperación del prestigio perdido tras el colapso soviético. Un colapso del que, en el discurso que Putin pronunció en el 2005 ante la Asamblea Federal rusa, dijo que "fue la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX". La frase sintetiza una visión del mundo según la cual el fin de la URSS significó la mutilación de la gran Rusia del siglo XIX.
El propio Putin ha reforzado el uso instrumental de la historia para soñar con el imperio. Otros analistas han visto también una insistencia del Kremlin en trazar una línea directa entre Pedro el Grande, el imperio de los zares, la Unión Soviética y la actual Federación Rusa. No es casual que Putin haya reivindicado explícitamente su figura afirmando que "no conquistaba territorios, sino que los recuperaba". La fórmula resuena con fuerza en la guerra de Ucrania.
El nuevo imperialismo de Putin –sustentado también en los postulados de Aleksandr Duguin y su idea de Eurasia– se ha traducido en guerras sucesivas en la antigua periferia soviética y en conflictos congelados –Transnístria, Abjasia, Osetia de los estados de los estados de la Estado de Ossetia. Lejos de aportar estabilidad, el imperialismo de Putin en el siglo XXI erosiona el orden europeo surgido de la caída del Muro, amenaza a los estados bálticos –antes integrados en la URSS– ya los que habían formado parte del Pacto de Varsovia, y condena a Rusia a una confrontación permanente, sobre todo con Europa, cada vez más a Europa, cada vez más a Europa, cada vez más expuesta.
Netanyahu remodela Oriente Próximo
Oriente Próximo todavía es el tablero de un nuevo colonialismo moderno. Recursos estratégicos, rutas comerciales y poder militar atraen la mirada de potencias externas, que buscan consolidar su influencia mediante acuerdos, presión diplomática y despliegue militar. Pero la región no es sólo un escenario pasivo. Los actores locales actúan, negocian y proyectan ambiciones, aprovechando cada oportunidad para reforzar su posición.
Israel se mueve con precisión quirúrgica. Combina la disuasión militar, operaciones puntuales y alianzas estratégicas con Estados Unidos y algunos estados árabes para mantener su papel dominante. Cada conflicto, desde Gaza hasta Siria y Líbano, es una oportunidad para reafirmar poder y recalibrar amenazas, sobre todo frente a Irán. Arabia Saudí, Emiratos, Qatar y Turquía buscan expandir su influencia mediante la inversión, la diplomacia y la mediación en crisis ajenas, conscientes de que la inestabilidad puede ser negocio y oportunidad. En ese escenario, alianzas y tensiones cambian rápidamente, mientras las potencias externas compiten por presencia y control, calculando riesgos y beneficios a cada paso.
El resultado es un Oriente Próximo que ya no es sólo víctima de intereses extranjeros. Es un espacio donde las potencias locales se reinventan, ajustan estrategias y buscan protagonismo en un mundo multipolar, mientras la sombra del nuevo colonialismo se cierne sobre todos, marcando el futuro de la región y de quien la observa.