El presidente Donald Trump habla con los medios antes de salir de la Casa Blanca hacia Florida.
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La generación de los boomeros de Estados Unidos, entre ellos Donald Trump, mantiene una relación compleja con el petróleo, profundamente marcada por las crisis energéticas de los años 70. Las colas interminables en las gasolineras son una imagen que tienen grabada en la mente. Para ellos, ese choque supuso la ruptura del romance económico vivido durante la posguerra y, desde entonces, el precio de la gasolina se ha convertido en su barómetro sobre la salud de la economía del país, aunque muchas veces no lo sea.

De las dos crisis de aquellos años, la de 1973, provocada por el embargo árabe como castigo por el apoyo a Israel en la guerra del Yom Kippur, y la de 1979, la que más les impactó fue esta última. Si la primera crisis puso fin a la era del petróleo barato, la de finales de la década fue un trauma colectivo que trascendió a la economía.

La Revolución Iraní de 1979 no sólo provocó un corte en el suministro que desató el pánico en los mercados, disparó los precios del carburo y empeoró la alta inflación, sino que se convirtió en una humillación nacional cuando un grupo de estudiantes seguidores del americano-estadounidense la embajada de Estados Unidos en Teherán. El cautiverio, que se prolongó más de un año, se agravó con un intento de rescate militar en el desierto que acabó en un desastre absoluto: ocho soldados muertos y helicópteros en llamas. Todo ello provocó una sensación de impotencia que paralizó la presidencia de Jimmy Carter y sentenció su reelección.

Trump tiene muy presente ese final de Carter. En muchos mítines, le citaba como el peor presidente de la historia por no haberse hecho respetar e insistía en que había que ignorar a los ecologistas para tener soberanía energética absoluta. Es en esta perspectiva de no mostrar nunca más debilidad ni dependencia donde es necesario enmarcar sus decisiones: desde las primeras bombas contra las instalaciones nucleares de Irán en junio del pasado año hasta el inicio de una nueva guerra después deasesinar al ayatolá Jamenei a principios de este mes.

Pero más allá de su lema Peace through strength (paz a través de la fuerza), que empruntó de Ronald Reagan y que utiliza para justificar sus intervenciones, la estrategia de Trump no está clara. Su gobierno no ha explicado cuál es el objetivo final de la guerra y ha ido cambiando de razones varias veces, mientras que el cambio de régimen en Irán parece haberse descartado. Algunos analistas creen que podría haber actuado bajo la presión del primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, y envalentonado por el aparente éxito de la intervención en Venezuela a ojos de los estadounidenses. Es una lectura muy plausible, pero Trump puede cambiar de opinión en cualquier momento porque los mercados y el precio de la gasolina le pesan más que la opinión de cualquier aliado o asesor.

Pasar factura

Este viernes, el Brent, el crudo de referencia mundial, cerró a los 112 dólares por barril, un 50% más desde el inicio de la guerra, y la gasolina subió casi un dólar. Si el conflicto se alarga e Irán mantiene bloqueado el estrecho de Ormuz, la economía podría darle la vuelta: la inflación se acelerará, el crecimiento se frenará y el paro empezará a repuntar. Un escenario que podría pasar factura a los republicanos en las elecciones de medio mandato de noviembre.

De ahí que Trump insista desde hace días que pondrá fin a esta "excursión" en breve. Pero, al mismo tiempo, no quiere que se le vea como un líder débil o que claudique a las condiciones iraníes; por eso, tampoco ha descartado del todo enviar tropas. De hecho, el Pentágono tiene ya sobre la mesa opciones como la ocupación de la isla de Kharg para cortar las exportaciones de petróleo, un asalto a Esfahán para capturar el uranio u operaciones anfibias para neutralizar las bases de drones en la costa de Ormuz y reabrir la navegación. Son operaciones arriesgadas que podrían fracasar o, simplemente, enquistar el conflicto e, irónicamente, acabar hundiendo la presidencia de Trump como la de Carter.

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