Tras la cautela de los días inmediatamente posteriores al accidente de Córdoba, los periódicos de la derecha comienzan a sobrevolar haciendo círculo y desplegando sus majestuosas alas, con el pico afilado. "Puente escurre el bulto y apunta a un problema en la vía casi indetectable", titula La Razón, y lo dejo en versión original para conservar esta prosa mortadélica y filemónica. Un día antes, en elAbc, la primera página se abría con "Puente es incapaz de esclarecer datos claves del descarrilamiento en más de dos horas de comparecencia". Y El Mundo no se quedaba atrás, con el antetítulo "El cúmulo de evidencias desmonta los argumentos de Óscar Puente". Qué contraste con El País, que no le pintaba como huidizo, incapaz o desmontado, sino como alguien que estaba encima del asunto: "Puente admite la posibilidad de que las vías dañaran los trenes". Este tipo de desgracias son, lamentablemente, como el juego de la patata caliente: las deficiencias de mantenimiento que las cuentan se arrastraban desde hace años, pero quien se quema las manos es quien ostenta el poder en ese preciso momento. El debate se centra en ponerle la soga al cuello al rival, en vez de revisar dónde la desidia y el abandono de la exigencia convierten en vulnerable y potencialmente mortífera la red de transporte. Hay que saldar las responsabilidades, pero sería naïf creer que al día siguiente de la dimisión de alguien tendremos una red ferroviaria más segura.
En todo caso, queda claro que la prensa de la derecha tiene claro quién debe pagar por la tragedia. Es el ministro del ramo, claro, pero también el ministro tuitario, el más desenvuelto y el que ha intentado contrarrestar el haterismo de internet con las mismas armas. Que le tienen ganas, vamos. En los próximos días veremos cómo el juego de los señalamientos (y defensas) sube de intensidad, que es la excusa perfecta para no coger el toro de la obsolescencia de las infraestructuras por los cuernos.