El gran día de Donald Trump
Una de las secuencias más famosas de la historia del cine es la de la parodia de Hitler interpretada por Chaplin en El gran dictador (1940). El personaje Adenoid Hynkel juega a hacer volar un globo terráqueo como si fuera una pelota. Más allá de la belleza visual de la imagen, la escena está llena de ironía y crítica política.
Seguramente aquella alegría narcisista, el éxtasis megalómano que parece experimentar el pequeño dictador de la ficción, se ajusta al estado de ánimo que destiló el omnipresente Donald Trump a lo largo de la jornada que tenía que culminar con la firma del acuerdo de paz. Posiblemente uno de los mejores días de su vida. Un macroespectáculo televisivo de dimensiones internacionales que se retransmitía simultáneamente con él como protagonista victorioso. Trump por encima de cualquier paz. Una puesta en escena hecha a medida para recibir el próximo premio Nobel.
Las primeras imágenes del traslado de rehenes estaban desprovistas de la teatralidad que Hamás había incorporado en anteriores ocasiones. Desapareció el escenario en el que se hacían desfilar a los israelíes capturados y solo veíamos circular el convoy de coches y la base de Re'im donde se los esperaba a todos para trasladarlos. Las escenas se simultaneaban con la alegría de la gente en la plaza de Tel-Aviv, impacientes para el gran día. Todo estaba calculado. El aterrizaje de Trump en el aeropuerto de Israel coincidió con el reencuentro de algunas de las familias. La felicidad y la emoción de unos quedaba asociada a la llegada triunfal del otro.
El Air Force One del presidente de Estados Unidos era una especie de hilo conductor de la jornada. Un símbolo fálico que lo precedía por donde iba y que las televisiones mostraban para crear la expectativa del espectáculo delirante que Trump organizaba a cada paso. La intervención en el Parlamento de Israel era solo la cata de lo que nos esperaba por la tarde.
La llegada a Sharm al-Sheij, en Egipto, se convertía en el colofón de la gran fiesta que se había organizado el mandatario estadounidense. El director de orquesta rodeado de los líderes de todo el mundo haciendo de figurantes y con la invitación extra de su amigo Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, que lejos de pensar que el fútbol allí no pintaba nada participaba como uno más en el gran evento histórico. La comparecencia de Trump se convirtió en un monólogo grotesco para reivindicarse como el máximo artífice, el gran arquitecto de ese momento histórico. Los agradecimientos y menciones con sarcasmo y prepotencia a cada uno de los líderes eran un acto de representación de poder, embriagado de sí mismo. La televisión se convertía en una simple notaría que grababa las imágenes de archivo del futuro. El primer borrador de lo que trascenderá como histórico.
En El gran dictador, el globo de Chaplin acaba estallando, como una metáfora devastadora de la vanidad y la ambición desmedida del personaje. Veremos qué tiene de visionaria esa escena, y si todo lo que tiene de poética lo tendrá también de trágica.