Reportaje
Misc 13/12/2021

Yo soy yo y mi gemelo

Hablamos con seis parejas de gemelos monocigóticos, los llamados idénticos, sobre cómo se construye la identidad cuando desde el útero materno has compartido vida con alguien muy parecido a ti

16 min
Javier y Sergio Torres

“Es una relación que, si no eres gemelo, por muy buena relación que tengas con tus hermanos, es difícil de entender”. Si algo me ha quedado claro después de entrevistar a seis parejas de gemelos idénticos –o monocigóticos– es que, por mucho que lo pregunte y por mucho que lo intente, nunca podré acabar de entender qué significa tener un hermano gemelo o una hermana gemela. Si bien la relación entre gemelos pasa por diferentes fases –en la niñez o en la adolescencia hay más interés en diferenciarse, según explican algunos entrevistados–, la conexión que tienen sobrepasa la simple relación fraternal. “Siempre hemos dicho que somos más que hermanos porque hemos compartido mucho, hemos tenido mucha afinidad y mucha conexión, y la relación, comparada con la que tenemos con nuestro hermano pequeño, es diferente”, reconocen los gemelos Josep y Ramon Gonzàlez-Cambray. De hecho, los hermanos de los gemelos merecerían una entrevista aparte. Todos los gemelos con hermanos que aparecen en este reportaje reconocen que la relación no es comparable. “Tenemos una relación con nuestro hermano pequeño y una relación de gemelos entre nosotros, es inevitable”, dicen Gonzàlez-Cambray. Lo mismo les pasa a las gemelas Clara y Alícia Layunta, que tienen dos hermanas mayores, Lucía y Ada (Colau). “Ellas se quejan un poco”, reconocen. Los hermanos Torres, los chefs Sergio y Javier, también aseguran que su conexión “no se asemeja a ninguna otra”. “Es de hermano, pero también es de amigo. Es de gemelos, pero lo tienes que ser para saber lo que es, porque no se puede explicar, es diferente a tener un hermano”, admiten.

Esta conexión entre gemelos, tan difícil de comprender si no la vives en primera persona, impacta en la construcción de la propia identidad. “Vives un poco como si no estuvieras nunca solo. O sea, yo no soy Josep. Yo soy Josep y Ramon. Mi identidad es Josep y Ramon. Es como si formaras parte de algo más”, explica el conseller de Educación, Josep Gonzàlez-Cambray. De hecho, los dos hermanos se giran cuando los llaman por el nombre del otro. “Siempre nos han confundido y siempre hemos respondido a los dos nombres”, dice Ramon, que ahora tiene que ir con más cuidado, puesto que si bien él no es conocido, su cara sí. “Los profesores conocen a su conseller y a veces voy a un restaurante o a jugar a pádel y me miran o me hacen fotos pensándose que soy él”, explica Ramon. No les molesta que los confundan. “Ya nos iba bien”, dicen. Hace poco, en la toma de posesión de los nuevos consellers, algunos miembros del Govern felicitaron a Ramon al confundirlo con Josep. A Clara y Alícia Layunta también las han confundido, pero ellas no han jugado nunca a intercambiarse, al contrario que, por ejemplo, los hermanos Torres o Gonzàlez-Cambray. “Esto atraía más a la gente que a nosotros”, dicen ellas.

Clara cree que, en el caso de los gemelos, la identidad tarda más en construirse y se hace con más edad, puesto que durante la niñez y la adolescencia está la dificultad añadida de buscar el parecido o la diferencia con el gemelo. “Yo elegí cosas que no sé si me gustan o no por el solo hecho de que no se parecían a lo que ella quería”, explica Clara. Además, se le suman las etiquetas que la gente pone a los gemelos en un intento, también, de distinguirlos. Ahora, en cambio, se asemejan más de lo que se pensaban hace 25 años. “Porque ahora la otra ya no te hace competencia ni sombra. Ya no necesitas diferenciarte”, argumentan. Ser gemelas forma parte de su identidad. “Yo en mi identidad tampoco me concibo como yo sola porque soy Clara y Ali y todo el mundo tiene que saber que Ali existe. Siempre tengo a alguien. Ella es la primera a quien explico las cosas y, si no lo hago, es como que no lo he sacado, me falta algo”. Alícia coincide: “Tu hermano es parte de ti. Lo que tú eres también es lo que has vivido, y has vivido con esta persona muchas fases de tu vida”.

"No es amistad, es otra historia"

Gloria y Peté Soler tienen una complicidad más que evidente a pesar de reconocer que no necesitan llamarse cada día. “¿Llamarnos para preguntarnos cómo estamos? Eso nunca lo hemos hecho”. Su comunicación, dicen, funciona a otros niveles. “Nosotras no tenemos problemas para estar separadas. La gente se piensa que hay una comunicación como la del resto de personas, pero la nuestra no es igual. Con una amiga podemos hablar de cosas más íntimas. Funcionamos a otro nivel”, explican. No dirían que son las mejores amigas. “No es amistad, es otra historia”. Más bien son como una pareja, pero de gemelas. “Es más parecido a un matrimonio que vive separado”, razonan. Como las Layunta, ellas también son cuatro hermanas. En casa estaba la mayor, la pequeña y... las gemelas. “Cuando eres gemela normalmente no tienes un nombre. Nosotras éramos las gemelas, en plural”, dice Peté. Lejos de molestarlas, aprendieron a sacarle provecho. “Para un niño esta colectividad es genial, tenías más libertad y menos presión”.

Las Layunta eran ClarayAli o AliyClara. Todo junto. “A mí me sorprendía que a la gente le sorprendiera tanto que fuéramos gemelas –admite Alícia–. Nosotras no le dábamos importancia. De mayores es cuando hemos valorado la suerte que tenemos”. Se les suman las hermanas Soler: “Es un privilegio el ser gemela, es lo que quiere todo niño, un colega idéntico”. Ellas recuerdan que la madre pasó un embarazo muy complicado e incluso le dieron la extremaunción, pensaban que no sobreviviría. Los embarazos de gemelos, sobre todo si son monocoriales –es decir, que comparten placenta (y un 70-80% de los idénticos la comparten)–, tienen más riesgo de prematuridad, de muerte fetal, de anomalías y malformaciones o de preeclampsia para la madre, explica Francesca Crovetto, médico especialista en medicina maternofetal de BCNatal, que los califica “de embarazos de alto riesgo”. Un 15% de los monocoriales pueden hacer lo que se conoce como síndrome de transfusión fetofetal –un gemelo le pasa toda la sangre al otro– y la única solución para que no mueran los dos es la cirugía. En un 80% de los casos sobreviven los dos, y en un 10%, uno. “Los partos múltiples ponen en peligro a la madre y a los niños y a la naturaleza no le interesan, pero desde un punto de vista evolutivo no se han eliminado de nuestros genes. Se puede decir que es un accidente de la naturaleza”, dice el investigador de la Universidad de Leicester Salvador Macip.

Comparaciones odiosas

Una lección que han aprendido todos los gemelos es a no comparar nunca a sus hijos. Josep y Francesc Muntané no tienen más hermanos. “Todo es comparable siendo gemelo y las comparaciones son odiosas –dice Josep–. Nuestros padres querían que fuéramos iguales en todo y eso es imposible. En los estudios no lo éramos”, continúa, y reconoce que habría sido más fácil si su hermano hubiera sido más pequeño o mayor. Mientras hablamos miran las fotos de cuando eran niños y no se distinguen. La madre, sí. Incluso por el llanto los distinguía.

No creen en la telepatía entre gemelos, pero sí que reconocen que el mito tiene una base. “Tienes las mismas vivencias desde pequeño y te conoces mucho, conectas y entonces empiezas frases del mismo modo, los gestos al hablar son muy parecidos... y mirándonos podemos saber qué piensa el otro”, explican los Gonzàlez-Cambray. La madre de Clara y Alícia explica que cuando una se hacía daño, la otra lloraba aunque estuvieran en habitaciones separadas. “Que teníamos como un vínculo, pero al final ya no sabes si es el vínculo de ser gemelo o que has compartido el día a día con alguien durante tantos años que al final la conexión es brutal”. Clara explica que cuando Alícia entra en un lugar sabe qué piensa, si está cansada, triste o estresada o si alguien no le ha caído bien. “Pero creo que es más por el tono de voz”.

A muchos –no a las Layunta– los han vestido iguales hasta entrada la adolescencia. “Hay muchas cosas que cuando eres gemelo ni te las planteas, porque tu vida es aquella y la vives con naturalidad”, dicen los Gonzàlez-Cambray. “Muchas de estas preguntas nosotros no nos las hacemos, lo damos por hecho porque somos gemelos”, añaden los Torres. Ser gemelos, según loa Gonzàlez-Cambray, es, junto a sus hijas, de las “mejores cosas” que les han pasado en la vida.

Glòria y Peté Soler, 65 años

“Hay gente que nunca ha hecho el esfuerzo y siempre nos ha confundido”

Explican, entre risas, que Gloria ha sido siempre más tímida, y Peté, más física. “Desde el principio asumimos roles diferentes. La profesora decía Gloria y yo levantaba la mano para responder por ella y, si tenía que ir al lavabo, era yo quien pedía permiso”, recuerda Peté, que se llama así porque es como Gloria decía Maria Josep. “Siempre digo que somos dos caras de la misma moneda. Una domina ciertos aspectos y la otra los contrarresta con otros”, razona Peté. Ser gemelo supone que permanentemente te comparen buscando la diferencia. “Vemos cómo nos miran los demás y buscan las diferencias: esta es más gordita, esta es más simpática... Esto ya nos lo hacían desde pequeñas. Notamos cuando la gente nos está distinguiendo. Te sientes más observada y más analizada”, opinan las hermanas Soler. De pequeñas, se peleaban por cual de las dos se cortaba el pelo. “Entonces queríamos ser totalmente diferentes”. Nunca han tenido conflicto por los chicos. “Porque tampoco la relación que buscábamos era la misma”, explica Gloria. “Y es más, cuando a un chico le gustaba una de las dos, siempre nos encontraba diferentes. Era una prueba. Si nos encontraba iguales es que no le interesábamos”, añade Peté. Hasta el bachillerato fueron juntas a clase y después las separaron: una a letras y la otra a ciencias, a pesar de que las dos –una periodista en TV3 y la otra historiadora– tenían vocación humanística. “Pero las monjas dijeron que sería mejor separarnos. En aquella época estaba de moda hacer tests psicotécnicos a los gemelos”. Pero recibieron una educación diferente que sí que consideran que las marcó. Peté tenía una madrina, amiga de la madre, muy culta y melómana que se volcó en ella. Y cuando Peté iba con su madrina, a Gloria la enviaban a casa de sus abuelos. “Nuestra madre tenía una conexión diferente con una hija a través de su amiga –reconocen–. Era un agravio comparativo y, en gemelos, cualquier pequeña cosa marca –admiten–. Piensa que la frase más repetida cuando éramos pequeñas era «¿Y yo? ¿Y yo?»”

Proyectos vitales coincidentes

Han tomado caminos diferentes, pero se han entrecruzado ahora, en la madurez. “Ambas estamos evolucionando de forma similar”, reconocen. Peté vive en un barco con su pareja con la intención de zarpar a navegar cuando se jubile, y Gloria y su marido se están construyendo una casa en una isla griega. “En eso nos asemejamos, no somos muy conservadoras en los proyectos. A nivel vital estamos en los antípodas de nuestras otras hermanas, que viven una vida más tradicional”. No han jugado a la confusión, a pesar de que cuando celebraron los 50 años hicieron una fiesta sonada en la que se intercambiaron la ropa a media fiesta y muchos amigos las confundieron. “Hay gente que nunca ha hecho el esfuerzo y siempre nos ha confundido”. ¿Pedís este esfuerzo a la gente? “Hombre, sí, es gratificante que sepan que eres tú”. Por si acaso, y como, según Gloria, Peté no saluda, siempre explican que tienen una hermana gemela. Las parejas han tenido la inteligencia de no meterse en su relación. “En nuestro territorio no se mete nadie porque sale malparado ”. Ambas tienen parejas del mismo signo zodíaco –piscis– con quienes comparten la afición por la navegación. “No sabes muy bien por qué, pero hay coincidencias”, admite Gloria. Y solo viéndole la cara, le dice a su hermana: “¿Qué, Peté? Ya tienes hambre, ¿no?” Y así se acaba la entrevista.

Javier y Sergio Torres, 51 años

“Nos quieren en ‘pack’. No quieren a uno, nos quieren a los dos”

Con 51 años acabados de hacer continúan siendo muy parecidos físicamente e incluso la voz es difícil de distinguir. “A nuestra madre todavía se la colamos por teléfono”, dicen los chefs Sergio y Javier Torres. De pequeños les bordaban una J y una S en los jerseys para saber quién era quién, a pesar de que ellos jugaban a intercambiárselos. Se han intercambiado en clase, en exámenes, en firmas y en situaciones que prefieren no explicar. Siempre han sido los gemelos, pero nunca les ha molestado. “Y todavía ahora. Nos quieren en pack. No quieren a uno, nos quieren a los dos, y se vive con naturalidad”, explica Javier. Un día, después de estar meses separados, se encontraron para comer y ambos sacaron del bolsillo una castaña que habían recogido del bosque. “Para nosotros era normal, pero a la gente la sorprendía”. ¿Coincidencia? “Al final, cuando estás tanto tiempo con la misma persona, tienes una relación en la que casi no hay que hablar para decirse las cosas. Puedo mirarlo y saber qué piensa. Se comparte tanto desde la barriga de la madre que al final llegas a entenderlo muy bien”, dice uno. Y el otro añade: “Hay bastante química”. Construirse su propia identidad no ha sido un problema. “Ha sido una ventaja, nos hemos apoyado. Es una cuestión de lógica: uno más uno son dos y ser gemelos suma”.

Comparten vocación y negocio, el restaurante Cocina Hermanos Torres. Empezaron su carrera profesional separados, pero con el objetivo final de unirse. “Decidimos recorrer los grandes restaurantes de Europa para formarnos uno en carne, el otro en pescado, uno en pastelería, el otro en caza... y así cada cual tendría una base. Era una estrategia”. Ellos que podían, se desdoblaron. La vocación culinaria nació a coro en la cocina de la abuela, donde pasaban las horas ayudándola a pelar guisantes. También comparten aficiones y, hasta hace poco, si uno iba a comprar ropa, siempre compraba dos piezas para darle una al otro. “La gente dice que somos muy iguales”. También dicen que Sergio es más abierto y Javier más serio. Coinciden en su plato favorito: la becada. Y admiten que sus parejas alguna vez les han dicho aquello de “estás más con tu hermano que conmigo”. Pero, por ahora, no se cansan: “Nos necesitamos”.

Josep y Francesc Muntané, 59 años. Dolors y Assumpció Alsina, 59 años

“Mi hermano es mi cuñado”

A Antonieta la paraban por la calle cada vez que salía a pasear por Igualada con sus hijos. Era en 1962 y dos gemelos idénticos llamaban la atención. Antonieta los vistió igual hasta muy entrados los 14 años. “No me gustaba, no quieres ir igual vestido que otra persona”, admite Josep. Ahora, con 59 años, los parecidos físicos se han ido atenuando, pero Josep y Francesc Muntané comparten todavía gustos y aficiones. Eligieron, sin saberlo, el mismo vestido para su casamiento. Pero al final uno de lo dos lo cambió. Compartir celebración de casamiento y vestido ya habría sido demasiado. “Nos casamos el mismo día porque las familias eran las mismas”, explican. Josep y Francesc no son solo gemelos, también son cuñados, puesto que están casados con dos hermanas, Asunción y Dolors Alsina, también de 59 años y también gemelas, a pesar de que no idénticas. El viaje de boda, eso sí, lo hicieron por separado. “El único que no estaba de acuerdo en casarse el mismo día era yo –dice Josep–. Yo quería que mi boda fuera mía. Es tu día”. Los cuatro han tenido vidas paralelas. Se conocieron con las hermanas Alsina a los 13 años en el grupo sardanista en el que bailaban y a los 17 empezaron a salir, con semanas de diferencia. Se casaron el mismo día, viven en la misma casa –en el primer piso, Josep; en el segundo, Francesc, y en el tercero, su madre– y comparten, también, segunda residencia. Josep y Francesc tienen un negocio conjunto y Asunción y Dolors han trabajado muchos años juntas. Juegan los dos a pádel y a fútbol sala y solo una cosa los separa. Uno es del Espanyol y el otro del Barça. “Nos han gustado las mismas cosas. Hace 37 años que jugamos juntos a fútbol. Si no nos sintiéramos bien, uno de los dos habría hecho las maletas”, dice Francesc. “Tenemos carácteres muy parecidos, si no pensáramos tan igual la relación no duraría lo que ha durado. No hay muchas diferencias”, añade Josep. De pequeños tenían los mismos amigos, pero con los años cada uno ha hecho los suyos. “Somos hermanos y amigos”, dice Francesc. “Más hermanos que amigos”, apunta Josep. No han tenido necesidad de hacer vidas separadas. “Tenemos muchas cosas conjuntas y nuestros hijos –tienen dos cada uno– han crecido juntos”, explican. Si hay un punto medio entre hermanos y primos, es aquel donde están sus hijos. Dolors y Asunción dicen que su relación es de hermanas, pero que la de sus maridos es “especial”. “Si un día no se ven, se llaman”, dice Asunción. “Es que se ven y se llaman”, añade Dolors. “De jóvenes ya era así. Os necesitáis”. Ellos dicen que “no es una cosa querida, sino instintiva”. “Aparte del matrimonio existen ellos como pareja, y eso no se puede romper”, concluye Asunción.

Alícia y Clara Layunta, 39 años

“Con ella puedo ser yo sin filtros”

Clara y Alícia Layunta quisieron desmarcarse tanto cuando eran niñas, que ahora se sorprenden de cómo se asemejan y se entienden mucho. El sentido del humor es una de sus señales de identidad. Les gusta reír y hacer reír. Son las amigas que todo el mundo querría tener. Pasa el tiempo volando escuchando el relato de sus partos, la anécdota de cuando se presentaron a un casting o el verano en el que fueron a unas colonias de flauta. Las dos hablan muy rápido y lo viven todo intensamente. Pero cuando tienen un problema, también encuentran rápidamente la solución. Y saben que si se encallan, pueden acudir a la otra: “Es quien mejor me entiende”. Durante muchos años, oyeron aquello de “ClarayAli, castigadas”. “Daba igual que tú no te portaras mal, éramos un pack. Y a nosotras no nos gustaba”. Incluso en las competiciones de atletismo les repartían las medallas porque no sabían cuál de las dos había llegado primero. Reconocen que de pequeñas eran rivales y que ser gemelas era más bien una molestia. “Nosotras reivindicábamos que cada una tuviera su papel, porque lo compartíamos todo: clase, amigas, extraescolares, habitación...” Sus padres potenciaban las habilidades de cada una “pero fuera, en todas partes, éramos las gemelas, las Layunta”. “Lo pasábamos mal porque de pequeña tampoco lo entiendes y competíamos en todas partes. Y más cuando veías que a tus otras hermanas no les pasaba”. De pequeñas los roles estaban más diferenciados. Clara era más extrovertida y Alícia más tímida. Ya no. “A veces una acapara más protagonismo, pero también depende del espacio. Alícia tiene una gracia brutal escribiendo y en Instagram [es Mrs Layunta] tiene muchos seguidores, y yo no tengo espacio allí”, dice Clara.

Pero incluso cuando el ser gemelas no lo vivían de forma positiva, tenían una relación estrecha: “Porque, al final, pelearse también es relacionarse”. Cuando en el instituto fueron a clase separadas, la relación mejoró. Y cuando se fueron de casa se encontraban mucho a faltar. Vivieron juntas un año y después se les sumaron sus parejas. “Todo lo que no hacíamos de pequeñas, de grandes lo buscamos”. Ahora viven en ciudades diferentes, pero hablan dos veces al día. Alícia fue la única de la familia a quien Clara dejó entrar en el hospital cuando nació su primer hijo, y la relación con los respectivos hijos también es más estrecha. “Pero es que mis sobrinas son, en parte, como mis hijas”, dice Clara. Se acompañan en el viaje lleno de curvas que es la maternidad: “Sobrevivimos sin intentar juzgarnos”. “Entre nosotras no tenemos que guardar la compostura, puedes ser tú sin filtro”. “No podríamos ser así con nadie más”.

Ramon y Josep Gonzàlez-Cambray, 49 años

“Ser idéntico marca mucho, todo el mundo te lo recuerda”

La primera persona a quien Josep Gonzàlez-Cambray llamó al saber que sería conseller de Educación fue Ramon, su hermano gemelo. Su twinee, así es como se llaman cariñosamente, es su hermano y su mejor amigo. Según Ramon, el hecho de ser gemelo hace que no hayan tenido tanta necesidad de tener amigos. “Yo no he sido muy de amigos porque ya lo tenía a él, ya tenía cubierta esta necesidad de tener a alguien con quien compartir cosas o tomar una cerveza”. Josep coincide: “Primero va el hermano gemelo, y después, los amigos”. Creen que el hecho de ser idénticos potencia esta relación tan estrecha, “de amor infinito”, puesto que sus hijas –los dos son padres de gemelas no idénticas– no lo viven del mismo modo. “Para nosotros, el hecho de ser iguales era un punto más y también jugábamos a ello, siempre hemos jugado a hacer de gemelos”. Un juego que se ha mantenido más allá de la niñez. El día en el que hacemos esta entrevista hay una reunión de directores territoriales en la consejería y, en un gesto improvisado, Ramon entra a saludar a los directores como si fuera Josep. En un pregón en Almenar, el pueblo en el que fueron a la escuela, hicieron la misma broma.

Fueron juntos a clase –en la misma escuela donde sus padres eran maestros– hasta la universidad, cuando se separaron. Uno en Lleida y el otro en Barcelona. Si bien los dos se han dedicado al mundo de la educación. Josep, ahora conseller, es profesor de instituto, y Ramon, de universidad. El hermano pequeño, David, también es profesor.

Cuando están un tiempo lejos el uno del otro, necesitan verse y siempre han buscado espacios para encontrarse, ya sea en los partidos del Barça, en los encuentros de ERC, donde los dos militan, o haciendo escapadas. Ellos se “priorizan” mucho y reconocen que cuando están juntos pueden crear, sin darse cuenta, un microclima, bromas internas que solo entienden ellos. De carácter se reconocen bastantes parecidos: sociables, extrovertidos, trabajadores, persistentes... A uno le dicen que es más guapo, pero ellos creen que, en todo caso, están “empatados”. A pesar de que entre los gemelos la comparación es habitual, la clave de su relación es que no se han visto nunca como rivales. “Siempre nos hemos querido mucho, no ha habido competitividad”. “Las cosas buenas que me pasan a mí me gusta poderlas compartir con él y lo que le pasa a él también es como si me pasara a mí. Y él también lo vive así”, dice Josep. “Porque no nos hemos tenido envidia, y esto tampoco es fácil”, añade Ramon. “El hecho de ser idéntico marca mucho, porque todo el mundo te lo recuerda constantemente durante toda la vida”, aseguran. “A mí me ha cambiado la vida”, reconoce Ramon. Lo dice porque ahora que su hermano es conseller, a veces lo confunden con él. Y eso que, con los años, se han acentuado las diferencias físicas. “De hecho, nos extraña que todavía nos confundan”. Un viaje de tres meses que Ramon hizo un verano de hace veinte años es el máximo de tiempo que han pasado separados. “Y cuando volví Josep me dijo: «¡Esto no me lo hagas más!»”. ¿Os necesitáis? “Sí, sin duda. Lo necesito para hacer de conseller, para vivir”.

Marta y Núria Feliu, 10 años

“No nos asemejamos nada”

Lo dejan claro desde el primer momento: no les gusta ser gemelas. “No me gusta ser igual”, dice Núria. Tienen 10 años, y Núria y Marta Feliu, gemelas idénticas, ya han salido en este diario. Fueron las primeras siameses separadas con éxito en Catalunya. Su madre, Meritxell Feliu, se los ha explicado y han visto vídeos de la operación. Pero están entrando apenas en la preadolescencia, y ahora mismo tienen más interés en marcar diferencias entre ellas que en hablar de lo que las une. Van a clases separadas, no comparten habitación ni grupo de amigas, no tienen los mismos gustos para la ropa y se esfuerzan en llevar el pelo con peinados diferentes. Tampoco se asemejan de carácter. Núria es más impulsiva y Marta se lo queda todo dentro. “No quieren ser las siameses ni las Feliu, sino Marta y Núria. Están cansadas de que la gente las confunda y de ser un pack. Son dos personas independientes, cada una con su carácter”, explica su madre. Nunca han jugado a intercambiarse y les molesta que las confundan. “Porque no nos asemejamos nada”, opinan. Celebran dos aniversarios. El de nacimiento, el 10 de agosto, y el de independencia, el 27 de febrero. Núria y Marta nacieron unidas por el abdomen y compartían el hígado, pero fueron separadas con éxito cuando tenían seis meses en una compleja operación de casi siete horas en el Hospital de la Vall d'Hebron. Aquel 27 de febrero renacieron. “No me aseguraron que sobreviviera ninguna de las dos hasta el final de la operación, y, para mí, el nacimiento real fue aquel día”, explica Meritxell. Conserva fotografías de cuando las niñas estaban unidas, pero no las tienen a la vista. “Es una etapa superada”. De pequeñas se necesitaban. Cuando después de la operación las pusieron en UCIs separadas, no pararon de llorar hasta que su madre propuso que las pusieran juntas en una sola cama. Y ahora son más amigas y más cómplices de lo que quieren admitir. “Creo que es una fase, esto de que no quieran ser gemelas. Están en la época del yo y buscan más el diferenciarse, pero de complicidad tienen mucha, y para jorobarme a mí, más”, dice Meritxell mientras sus hijas la miran con una sonrisa pícara.

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