Blanco y negro, otra vez
Por cuarto año consecutivo, los nietos de Manuel Carrasco i Formiguera han organizado un Acto de Otoño, y el de este año lo han dedicado a la vigencia del ejemplo de su abuelo: un cristiano independentista que no tuvo cabida en la Cataluña que persiguió la religión durante la Guerra Civil y que acabó criminalmente fusilado por la España de Franco en 1938. Un político que, a pesar de sus esfuerzos por negociarlo todo con los contrarios excepto los ideales, acabó sucumbiendo al blanco o negro de una época en la que unos le reprochaban el ser cristiano y los otros apoyar a Cataluña, a la República y a la democracia.
Hoy vivimos un ambiente en blanco o negro, donde parece que no haya lugar fuera de los bandos. Es un juego peligroso porque pronostica futuras y nuevas exclusiones. La semana que viene entraremos en la campaña electoral de las elecciones españolas y parte de la inquietud de estos días es el convencimiento de que un gobierno de PP-Vox llegará con ánimo de revancha y que, desde el poder ejecutivo, aún le será más fácil activar las conexiones con el poder judicial y el estado profundo con el que se ha perseguido a los adversarios políticos.
Puede ser una revancha acompañada de un intento de refundación de España donde, por decirlo con un símbolo, no tengan cabida nunca más los auriculares de traducción del catalán al castellano en el Congreso de los Diputados. A la izquierda, la alternativa es un contrato de adhesión desesperado, hijo de la necesidad y no de la convicción, y que cuando es la hora de cumplir con los compromisos adquiridos hace el desentendido y deja que corra el reloj porque el anticatalanismo es un hecho constitutivo de la política española gobierne quien gobierne, y es mucho anterior al estallido independentista. El proceso solo será excusa para hacer la limpieza de siempre. Corremos el riesgo de un nuevo blanco o negro, que recuerda al de hace noventa años, cuando todavía no había color.