16/01/2022

El catalán y la inmigración

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Ahora hará 90 años del decreto de bilingüismo que el 29 de abril de 1931 permitía por primera vez el uso de la lengua catalana en los centros de primaria oficiales, con exclusividad del catalán en párvulos, y que estableció una cátedra de catalán en las escuelas de formación de maestras. Este decreto lo impulsó el ministro de Educación Marcel·lí Domingo Sanjuán, nacido en Tarragona hijo de un Guardia Civil andaluz. ¡Un inmigrante salvo el catalán! No es una cosa excepcional. A pesar de las dictaduras y la incapacidad de la España democrática de asumir su pluralidad, sin la incorporación voluntariosa de muchos inmigrantes a la lengua catalana hoy el idioma propio del país tendría muchos menos hablantes. Es una obviedad, son habas contadas. La demografía no engaña.

Josep Antoni Vandellós, el padre de la demografía y la estadística catalana, coetáneo de Marcel·lí Domingo y autor del libro Catalunya, poble decadent, ya advertía en 1935 que el país iba escaso de nacimientos, de aquí la imprescindible atracción de gente de fuera. La baja natalidad nos viene de lejos. Alertaba, sin embargo, que si estos foráneos no se hacían suya la lengua, el futuro de esta peligraba. Tal como había predicho, en 1964 por primera vez hubo en Catalunya más personas nacidas fuera. Y aun así, el milagro del siglo XX ha sido que, a pesar de esto, y a pesar de las dictaduras, en buena parte esta población recién llegada se ha hecho suya la lengua y la catalanidad. Y como nadie les obligaba a ello -incluso en muchos periodos se les desincentivaba - lo han hecho “por libre elección y adhesión”, tal como remarca la también demógrafa Anna Cabré. Son lo que Candel llamó “los nuevos catalanes”.

Sin la inmigración del siglo XX e inicios del XXI, hoy Catalunya sería una pequeña región irrelevante. Según los cálculos de Cabré, solo con el crecimiento natural (mortalidad y fecundidad) de la población que había en el 1900, la población catalana del año 2000 no habría superado los 2,4 millones de personas. Difícilmente, pues, el país habría podido protagonizar el salto económico industrial que hemos vivido, sin duda no habría sido el motor de España ni habría generado una capital internacional de la fuerza de Barcelona. En este contexto, con muchos menos hablantes y con un país menos dinámico detrás, el catalán todavía estaría en una situación más difícil, más residual, que la de hoy. Es obvio que la España endémicamente centralista habría aprovechado esta debilidad cuantitativa. La influencia del castellano y el inglés estarían arrinconando todavía más el catalán.

La situación actual del catalán sin duda es delicada. Se ha producido un fuerte retroceso en pocos años. Pero el país tiene capacidad de reacción: tiene una experiencia histórica, tiene instituciones propias, tiene hablantes comprometidos, tiene una solidez cultural indudable, tiene potencia económica... Si en el pasado, en situaciones muy complicadas, ha sabido hacer atractivo y útil el catalán a población que no lo tenía como idioma propio, ahora también lo puede conseguir. Los tiempos son diferentes y los problemas también. Por lo tanto, las recetas tienen que ser nuevas. En ningún caso, sin embargo, no se conseguirá avanzar desde la confrontación: de hecho, esta es la gran lección que nos viene del pasado. El catalán ha cuajado cuando se ha vinculado a la causa de la democracia y la libertad, al progreso económico y la justicia social, es decir, cuando ha sido percibido como una ilusión, como una herramienta de futuro.

La lengua familiar de Marcel·lí Domingo era el castellano, que usó en la mayor parte de su producción escrita. Pero fue un firme defensor del catalán en la escuela y de la autonomía de Catalunya. Fue un político republicano, socialista y federalista, compañero de luchas de Francesc Layret y Lluís Companys, y de Manuel Azaña a nivel estatal. Murió en el exilio francés en 1939 en extrañas circunstancias, quizás envenenado. Vandellós también murió en el exilio americano unos años después, los dos convertidos en inmigrantes.

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