¿Qué tienen en común León XIV, Donald Trump y Xi Jinping? Que los tres han entendido que la eclosión de la inteligencia artificial ya no es solo una cuestión tecnológica, sino un hecho estratégico de alcance mundial. El Santo Padre abre su encíclica Magnifica Humanitas advirtiendo que la humanidad se encuentra ante una “elección decisiva”, y la cierra con una pregunta de fondo: ¿cómo podemos cuidar de la persona humana en el tiempo de la IA? Trump, a su vez, presentó hace ahora un año el plan norteamericano para “ganar la carrera” de la inteligencia artificial, convencido de que quien domine este ecosistema fijará los estándares globales y recogerá los beneficios económicos y militares. Xi Jinping, con un lenguaje más contenido, pero no menos ambicioso, también ha situado la IA en el centro de la China de los próximos años, hasta el punto de querer introducirla masivamente en los procesos industriales y avanzar hacia una inteligencia artificial general.Y mientras tanto, ¿qué hacemos en Europa? No gran cosa, la verdad. Ante un continente achicharrado por el cambio climático, con una derecha insolidaria, nacionalista y antieuropea ganando espacio, y con una guerra enquistada en el patio trasero, la Unión Europea se muestra lenta, dubitativa y, demasiado a menudo, ineficiente. El problema no es solo que nos cueste reaccionar ante la IA; es que la IA llega en un momento en que todo el viejo orden mundial parece deshacerse a la vez. Por eso, la discusión sobre los algoritmos, los datos y las máquinas es también una discusión sobre poder, dependencia y futuro político.Conviene leer la encíclica papal no como un texto estrictamente sobre tecnología, sino como una advertencia sobre el rumbo de un planeta más inseguro, más imprevisible y más multipolar que el que hemos conocido los hombres y mujeres de mi generación. Asistimos —primero, con condescendencia; después, con incredulidad, y ahora, con estupefacción— a la quiebra de un orden que nos parecía más sólido de lo que era.Trump ha puesto en cuestión instituciones y alianzas que creíamos intocables: las Naciones Unidas, la OTAN, el libre comercio, incluso la idea misma de Occidente. Hoy, los europeos ya no sabemos del todo si los Estados Unidos son o no son un aliado fiable. Y esta es quizás su lección más dura: en política internacional, lo que ayer era blanco hoy puede ser negro, y bajo la capa civilizada de las instituciones continúa latiendo la vieja ley del más fuerte.
La cumbre reciente de la OTAN en Ankara lo ha vuelto a hacer evidente. Las presiones norteamericanas para que Europa multiplique el gasto militar no son solo una exigencia presupuestaria: son también el recordatorio de una dependencia que hace demasiado tiempo que hemos disfrazado de alianza.En materia de defensa, Europa continúa viviendo bajo un paraguas que no controla del todo: compra armas, tecnología y garantías de seguridad a los EE. UU., pero no decide ni el ritmo, ni las condiciones, ni los límites de esta protección. Y en el otro gran frente del siglo –el tecnológico, industrial y comercial–, la presión viene sobre todo de China, que no necesita grandes proclamas para alterar el equilibrio mundial: le basta con hacer fábricas, puertos, patentes, baterías, minerales críticos, plataformas y cadenas de suministro. Washington nos recuerda que sin músculo militar no hay autonomía; Pekín nos demuestra que sin base productiva, tampoco. Entre uno y otro, Europa corre el riesgo de descubrir demasiado tarde que la soberanía no se proclama: se fabrica, se financia y también –digámoslo claro– se defiende.Refiriéndose a los peligros de la tecnología (¡y mostrándonos la importancia que, en catalán, puede tener un acento!), Hans Jonas escribió que “solamente sabemos qué está en juego cuando sabemos que está en juego”. Hoy, lo que está en juego es Europa: la misma idea de Europa. Pero no todo está perdido. Si esta idea es atacada desde fuera –desde la Casa Blanca y desde el Kremlin– y también desde dentro –por fuerzas que desprecian el proyecto europeo–, es, precisamente, porque todavía importa.Hölderlin escribió que “allí donde está el peligro, crece también lo que salva”. Hace demasiado tiempo que la integración europea parece una ambición aplazada, una promesa que invocamos en las crisis y olvidamos cuando la urgencia afloja. Ha llegado la hora de recuperarla, incluso con horizontes que hoy parecen impensables, como unos Estados Unidos Europeos. También nosotros tenemos una elección decisiva: apostar por un estado continental capaz de defender a sus ciudadanos, su industria, su tecnología y su democracia, o resignarnos a ser espectadores debilitados e irrelevantes de un siglo que no esperará a nadie.