Europa tiene que estar preparada para defenderse

El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, saludando al secretario general de la OTAN, Mark Rutte, durante la primera jornada del foro de Ankara de la alianza militar.
Act. hace 1 min
Historiador, catedrático de estudios europeos en la Universidad de Oxford
4 min

Europa, hoy, tiene dos pilares. Un pilar económico y político, que es la Unión Europea, y uno político y militar, la OTAN. Ambos tienen su sede en Bruselas, pero han pasado décadas casi sin hablarse. Sin embargo, la fortaleza de Europa deriva, precisamente, de este doble pilar. Durante la cumbre de la alianza militar que se está celebrando este martes y miércoles en Ankara, los líderes europeos deberán reconocer sin rodeos que es necesario reconstruir el segundo pilar de Europa con urgencia.

Ambas organizaciones han crecido de manera espectacular desde sus inicios: la OTAN ha pasado de 12 miembros en 1949 a 32 en la actualidad; la UE, de los seis miembros de la Comunidad Económica Europea original, en 1957, a 27 hoy. Ni más ni menos que 23 países, que representan aproximadamente dos tercios del PIB total de Europa, pertenecen a ambas agrupaciones.

Ahora bien, si la UE se ha caracterizado por los cambios constantes, la OTAN ha tenido una continuidad estructural extraordinaria. Cuando fue creada, era una alianza hegemónica dominada por los Estados Unidos y lo siguió siendo, en esencia, hasta 2025, cuando ya tenía 32 miembros. Pero el inicio del segundo mandato del presidente estadounidense Donald Trump puso en duda su futuro.

En su historia, la Unión Europea se ha apoyado en la existencia del otro pilar. En realidad, casi todos los países que se encuentran en la primera línea del flanco oriental, hoy amenazado, de esta Europa doble –desde Estonia, al norte, hasta Bulgaria, al sur– se unieron a la OTAN antes de incorporarse a la UE. (Finlandia y Suecia, que eran dos países no alineados, son los únicos que siguieron el orden contrario.) Actualmente, Montenegro y Albania son miembros de la OTAN y confían en incorporarse a la UE.

A lo largo de las décadas, la alianza militar encabezada por EE. UU. protegió la evolución pacífica de la Europa económica y política ante una posible agresión soviética y, posteriormente, rusa. Y, además, protegió Europa de algo menos visible: la reaparición de las antiguas rivalidades entre europeos por el poder militar y el liderazgo. Ahora la amenaza externa ha vuelto con fuerza redoblada, pero también hay indicios claros de que el viejo problema intraeuropeo está resurgiendo. Tras la preocupación de Francia y Polonia por el hecho de que el enorme aumento del gasto alemán en defensa esté dedicado exclusivamente a Alemania, está el fantasma de los miedos históricos al dominio militar germánico.

Después de un año y medio de presidencia de Trump, queda claro que Europa no puede continuar con su defensa en manos de EE. UU. ¿Puede ser que la situación cambie cuando llegue un nuevo presidente, en enero de 2029? Es posible. Pero darlo por hecho sería imprudente. Además, hay un riesgo considerable de que, antes de que llegue ese hipotético día feliz, el presidente ruso, Vladímir Putin, ataque algún territorio de la OTAN. Sabiendo que Trump podría no acudir a defender el continente y que Europa empieza a rearmarse de manera seria, el acosado dictador ruso podría pensar que esta es la última y mejor oportunidad para demostrar que la OTAN es un tigre de papel.

Por tanto, la reconstrucción del segundo pilar europeo es importante y urgente. La UE debe tener un rol fundamental en el aumento y coordinación de la financiación del rearme de Europa. Así lo demuestran las iniciativas que ya se han emprendido en este sentido, como la SAFE (Security Action for Europe) y el Fondo Europeo de Defensa. Cuanto más dinero recaude, mejor podrá ejercer su función catalizadora. Pero sería un espejismo peligroso pensar que la UE podrá convertirse por sí sola en el pilar político y militar de Europa, y que el artículo 42.7 del tratado de defensa mutua cumplirá un papel similar al del artículo 5 de la OTAN. Más bien, las dos organizaciones con sede en Bruselas deben ser conscientes de qué es lo que mejor han sabido hacer y qué deben volver a ser después de esta transformación: dos pilares profundamente complementarios que se refuerzan mutuamente.

Para la defensa militar de Europa propiamente dicha, el punto de partida ha de ser la europeización de la OTAN, siguiendo dos calendarios diferenciados: uno de 10 años y otro de 10 meses. Europa y Canadá (aquel gran país europeo honorífico) deberían proponerse –en colaboración con los EE. UU., en la medida de lo posible– el objetivo estratégico de una Europa que disponga de fuerzas convencionales –los llamados facilitadores estratégicos– y, con el tiempo, de los medios de disuasión nuclear necesarios para defenderse.

Al mismo tiempo, la OTAN necesita elaborar inmediatamente planes de contingencia para que Europa dirija su propia defensa y para que, en el peor de los casos –esto es, si Trump se comporta de la peor manera posible–, se pueda defender sola ante una posible agresión rusa, ya sea una escalada drástica de los ataques híbridos o un intento de incursión directa en algún territorio, desde Svalbard hasta el mar Negro. En el caso de que Europa se quedara sola, la capacidad de reacción rápida de grupos minilaterales como la Fuerza Expedicionaria Conjunta britanico-nórdico-báltica podría ser crucial. Es fundamental mantener la ayuda militar y económica a Ucrania, que ya está llevando la guerra hasta el corazón de Rusia. Ucrania nos ha demostrado lo que pueden conseguir el espíritu de lucha y la improvisación heroica incluso con todo en contra. Unos planes de contingencia así, debidamente enmarcados, deberían ser bien recibidos por el gobierno de Trump.

Los estrategas de defensa habrán de cuadrar todos los detalles, si es posible en secreto. Pero lo que se ha de decir en público y con claridad, a Ankara y más allá, es que los líderes europeos tienen la voluntad política de abordar la situación a largo plazo, pero también los problemas más inmediatos. La demostración de que Europa está firmemente decidida a defenderse es la única cosa que conseguirá, de verdad, disuadir a Putin.

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