17/04/2022

Europa se recalienta

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Europa se reescalfa

La idea de que la historia no se ha acabado no necesita más elaboración. Ni se ha acabado la historia ni el ser humano parece dispuesto a salir del bucle de la barbarie que ha ido perfeccionado poniendo su inteligencia –o, mejor dicho, su capacidad técnica– al servicio de la más refinada de las brutalidades.

Hacía décadas que Europa no veía desafiado directamente con tanta crudeza su modelo político y económico. De hecho, hace décadas que el foco geopolítico del mundo ha ido virando hasta dejar al Viejo Continente a la sombra de los grandes, convertido en un escenario secundario. En teoría, tanto Estados Unidos como las potencias emergentes calificaban Europa de vieja dama decadente mientras se volvía una lateral, próspera y segura zona del planeta. Una especie de reserva india de civilización y seguridad social.

Hoy la invasión de Ucrania va más allá de una guerra expansionista de un megalómano que quiere hacer renacer el Imperio Ruso. La invasión de Ucrania amenaza la libertad de una democracia que prefiere ser una estrella de la Unión que un satélite bajo la bota rusa. La Ucrania de Zelenski quiere entrar en la esfera del respeto a los derechos humanos, la democracia y una economía libre, y huir de la paranoia securitaria de Putin.

Casi dos meses después de empezar la invasión, los ucranianos continúan resistiendo y alargando la lista de ciudades martirizadas a la manera del ejército ruso. Los ucranianos resisten con un coste muy alto y obtienen algún éxito militar, como el hundimiento del buque insignia de la armada rusa en el mar Negro, el Moskva. Un barco hundido en medio del silencio de las madres de los militares muertos y de una opinión pública adocenada por la propaganda estatal.

La duración de la guerra y los golpes de efecto ucranianos elevan el tono de las amenazas de Putin, que habla de “consecuencias imprevisibles” si se continúa armando a Ucrania y advierte que desplegará armas nucleares en el Báltico si Suecia y Finlandia ingresan en la OTAN.

Mientras tanto, Europa continúa dando largas a Kiev, que pide que se corte el suministro de gas que financia la guerra de Putin. Y es que Alemania está preparando un paquete de 2.000 millones de euros en ayuda militar, pero a la vez no se atreve a cerrar el grifo del gas ruso.

Putin ha reconocido “ciertos efectos” de las sanciones comerciales y anuncia la adaptación a un nuevo contexto. El Banco Mundial habla de una profunda recesión y de una caída del PIB ruso del 11% este año, pero las sanciones solo serán determinantes si afectan al petróleo y al gas, las principales exportaciones rusas, que se han beneficiado de una espectacular subida de precios desde el comienzo de la guerra. Europa tiene que estar dispuesta a hacer sacrificios si quiere defender un modelo de vida que está amenazado.

Una Francia dividida e infeliz

El modelo de Europa está amenazado desde el interior de sus democracias. El 24 de abril, por tercera vez en los últimos veinte años, un candidato de extrema derecha llegará a la segunda vuelta de las presidenciales francesas.

El habitual temor a la extrema derecha está desapareciendo y la angustia y el mal humor llevan a la opinión pública al distanciamiento de los políticos tradicionales. Francia –como Italia o España– vive una incertidumbre que cristaliza en una brecha social y económica creciente que divide la sociedad entre los que se han beneficiado de la globalización y los que están asfixiados por la inflación. Unos y otros parecen haber perdido el miedo a la extrema derecha, que ve cómo desaparece lo que se denominaba “frente republicano” con la amenaza de la abstención.

Éric Zemmour ha dado respetabilidad a Le Pen, que hábilmente ha moderado su discurso y ha preferido hablar más del precio de la energía que de la inmigración. Se acerca así a un votante medio a quien no le gusta que lo tilden de xenófobo pero que quiere ser la prioridad.

La campaña está abierta y, de hecho, desde 1965 solo dos presidentes franceses han sido reelegidos. En la primera vuelta Macron obtuvo el 28% de los votos, cuatro puntos más que en 2017, y se ha centrado en el empleo, el crecimiento y la acción exterior para borrar la gestión del covid y la inflación. Macron necesita un buen puñado de votos del líder de la tercera fuerza, Jean-Luc Mélenchon.

Una victoria de Le Pen sería un desastre para Francia y para Europa. No es imposible que uno de los motores europeos sea liderado por una presidenta que expresa admiración por Donald Trump, Vladímir Putin y Viktor Orbán, que quiere excluir Francia de la estructura integrada de mando de la OTAN y que ya no defiende salir del euro pero sí desarrollar el “franceses primero” con una política de inmigración contraria a los valores republicanos. No hay ni que decir que el efecto contagio en el continente a través de Italia y España sería el final del sueño de una manera de entender la democracia y Europa.