Leemos en el ARA que la futbolista Esther González, exdavantera del Madrid y campeona del mundo con España, ha “borrado de sus perfiles públicos las fotos que tenía con su mujer y su hijo, justo cuando se ha hecho oficial su fichaje” por el Al-Qadissiyya, un club de Arabia Saudí. Ya saben, lectores, que el país de Lawrence condena las relaciones entre personas del mismo género (condena a muerte, concretamente).
Entiendo muy bien que Esther González y su señora hayan decidido coger la pasta, asegurar el futuro de su retoño y celebrarlo, cuando se acabe el contrato, con unas fotos bien amorosas en Honolulu (lugar que hace, aquí, la función de “idílico genérico”). Yo misma, si fuera la esposa, le habría dicho: “Esther, borra, que ya publicaremos en Mejores amigos y, mientras tanto, iré amueblando la mansión con lo que vayas ingresando”. Lo que no entiendo es el papel de Arabia Saudí. ¿Les ha pedido que borren las fotos pecadoras por si acaso incitan a la cándida población femenina a abrazar el lesbianismo? ¿O quizás es el mánager quien se lo ha sugerido? Lo que no entiendo es esto: si no te gustan las lesbianas, ni tampoco las mujeres sin velo negro en la cabeza, ¿cómo es que aceptas el fútbol femenino? El supuesto Dios que te has inventado que quiere a las mujeres desaparecidas (y que no tiene nada que ver con los textos llenos de sensualidad, libertad, humor y gozo de vivir del Corán), ¿encuentra bien que estas mujeres enseñen muslo, con los cabellos al viento, jugando a un juego infernal y pecaminoso propio de machos? Si hasta hace dos días no querías que las mujeres condujeran un coche, ¿cómo es que quieres que conduzcan una pelota? ¿Por las pelas? Qué hipocresía.
Espero, pues, que la mujer de la jugadora irá al estadio, convenientemente tapada, claro (ella no podrá evitarlo), y con el niño a cuestas, como si fuera la niñera.