Cuando hacerse grande significa que te vuelvan a tratar como a un niño

¿Cuidar de los nietos evita el deterioro cognitivo?
21/08/2026 - 18:01 h.
Psicóloga social y escritora
3 min

Imaginemos esta escena: una persona de ochenta años, una consulta y un hijo o una hija. El profesional mira al acompañante y pregunta: "¿Y cómo se encuentra?" La persona está allí. Oye. Puede hablar. Pero la pregunta no va dirigida a ella. No hace falta decir nada ofensivo para rebajar a alguien: a veces basta con hablar de la persona en lugar de hablar con ella.Hace décadas que estudiamos el elderspeak, la forma de hablar excesivamente protectora o condescendiente hacia las personas mayores: simplificar el lenguaje, abusar de los diminutivos o hablar como si el otro no fuera del todo capaz de decidir por sí mismo. Y todo "por su bien". En un trabajo que Howard Giles y yo acabamos de publicar en Frontiers in Language Sciences analizamos esta paradoja: el elderspeak puede devaluar a quien lo recibe y, sin embargo, ser tolerado porque llega revestido de afecto, protección o cuidado.Pero hacerse mayor no viene solo: si bien hombres y mujeres pueden perder visibilidad y ser infantilizados, la investigación muestra que no envejecen socialmente de la misma manera y que estos procesos comienzan antes en las mujeres. El edadismo no sustituye al sexismo: se añade a él. Durante buena parte de la vida, muchas mujeres han tenido que luchar por ser escuchadas. Y un día, sin saber muy bien cuándo ha pasado, descubren que los demás ya las tratan como a viejas. Antes podían ser demasiado jóvenes o demasiado emocionales. Siempre había algún demasiado. Ahora basta con la edad: habla por ellas. La condescendencia encuentra entonces el camino allanado: "Venga, vamos, despacio, que no nos caigamos". "Esto ya se lo explico yo a su hija". "Deje, deje, que ya lo hago yo". En los hombres, esta infantilización puede hacerse más visible cuando la fragilidad o la dependencia hacen necesaria la cura.El problema no es ayudar o proteger a quien lo necesita, sino cómo lo hacemos y si confundimos necesidad de ayuda con incapacidad para decidir. O para pensar. Y las palabras tampoco son condescendientes por sí solas. A mí, que mis nietos me digan abuela o abuelita me parece encantador. No es una palabra, ni siquiera un diminutivo, lo que convierte el afecto en condescendencia: es quién habla, a quién, en qué contexto, desde qué posición y con qué tono.¿Por qué la edad acaba tapando a la persona que tenemos delante? ¿Hemos asociado juventud y belleza con interés, capacidad y competencia? Solo hay que mirar quién sale en la televisión o a quién seguimos concediendo autoridad. Y aquí el género vuelve a hacer de las suyas: ¿por qué toleramos mejor el envejecimiento visible de un hombre que el de una mujer? En él, el pelo blanco puede significar experiencia; en ella, simplemente, edad. A él las arrugas le dan carácter; a ella le recomiendan un sérum antienvejecimiento. Quizás la vejez nos incomoda porque nos pone ante una realidad a la que preferimos dar la espalda: envejecer nos recuerda que la vida tiene un final.El pasado 15 de junio, Día Mundial contra el Maltrato a las Personas Mayores, la Generalitat puso el foco en los micromaltratos. El Parlament impulsa también una nueva ley centrada en el edadismo. Ahora bien, las leyes protegen derechos. Y una parte del edadismo se juega cada día en las palabras: al médico, en la panadería o alrededor de la mesa en una comida de Navidad. Porque respetar a una persona mayor no es solo hablarle con dulzura. Es continuar hablando con ella de adulto a adulto.

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