Manifestación de docentes el mes de junio pasado.
04/09/2026 - 18:40 h.
Doctora en ciencias de la educación
4 min

Este verano, en una pequeña velada musical de un pueblo de la Alta Segarra, dos niñas de 7 y 11 años subieron al escenario y recitaron dos poemas aprendidos en la escuela y dos poemas propios. Tenían presencia sobre el escenario, buena dicción y buena pronunciación y dos voces claras y alegres. La imagen me hizo pensar en la crisis educativa que vivimos. En medio de todas las dificultades que arrastra la educación, dos niñas encontraban suficiente coraje para exponerse ante un público numeroso. Los poemas que habían escrito eran originales y divertidos, y construían un relato personal. "¿Vais a la misma escuela?", les pregunté al terminar. "No –me dijeron–, pero sí que hemos tenido el mismo maestro y tutor: ¡nos gusta mucho!". Detrás había, pues, un maestro que les había ayudado a descubrir que podían escribir, pensar, tener una voz y ser escuchadas.Esta es una de las grandezas de la escuela. Y también una de las razones por las cuales es muy preocupante que la desconfianza se extienda como una mancha de aceite: entre las familias y los centros, entre los docentes y la administración, entre las direcciones y el sistema. Es el síntoma rotundo de una crisis educativa que el país debe afrontar.El curso comenzará con huelga. Los sindicatos celebran las mejoras acordadas pero quieren seguir negociando y siguen denunciando unas condiciones de trabajo que dificultan la labor docente: falta de tiempo, calor insoportable en las aulas, burocracia, cansancio, dificultades para atender la diversidad y una inclusión que a menudo se proclama sin ofrecer los recursos necesarios. También exigen que se defienda el catalán sin ambigüedades, política y normativamente, para asegurar que sea la lengua de aprendizaje, de acogida y de cohesión del sistema educativo. No es un malestar nuevo ni se puede resolver apelando simplemente a la responsabilidad de los maestros. Si queremos una buena escuela, debemos garantizar las condiciones para que los profesionales puedan hacer bien su trabajo.

El Gobierno ha anunciado mejoras significativas. Son medidas necesarias. Pero no basta con añadir recursos, también será necesario saber muy bien dónde hacen más falta, cómo se deben organizar y qué impacto tienen. El sistema tiene problemas que los datos han puesto en evidencia: desigualdades persistentes, resultados insuficientes, dificultades de aprendizaje y una capacidad limitada para compensar el origen social del alumnado. En algunos ámbitos hace falta un plan de choque. No hacen falta más diagnósticos generales sino decisiones concretas, sostenidas y evaluables.El episodio PISA ha agravado la crisis de confianza. La “guinda del pastel”, decía en este diario hace unos días Antoni Bassas, la del “amargo pastel” en que se ha convertido la educación en este país. Todo ello revela que hay que reformar el departamento de Educación. No basta con señalar y sancionar a los que han cometido el error, porque se ha constatado que han fallado los mecanismos de garantía de un sistema en quiebra, que necesita datos fiables para tomar decisiones.

¡Datos, datos propios! No podemos seguir acumulando informes sin construir una cultura de la evaluación apropiada. Cataluña necesita una agencia de evaluación independiente, con autonomía real, capacidad técnica y recursos suficientes. Necesitamos datos fiables para recuperar confianza, para mejorar y para exigir responsabilidades a quien gobierna. También conviene no pensar tanto en nuevas reformas sin usar lo que ya tenemos. La ley de educación de Cataluña estableció un marco ambicioso: autonomía de centro, liderazgo educativo, profesionalización de las direcciones, evaluación y rendición de cuentas. El problema es que este modelo –por falta de acuerdo político y sindical– no se ha podido desplegar nunca plenamente. Hace falta un acuerdo para abordar una cuestión todavía más profunda: la inteligencia artificial obligará a repensar qué debe enseñar la escuela, qué significa aprender y qué valor tiene la transmisión del conocimiento cuando una máquina puede responder en pocos segundos casi cualquier pregunta. La cuestión escolar más importante hoy es para qué queremos la escuela. La respuesta no puede ser solo mejorar resultados o preparar mejor para el mercado laboral. La escuela también debe formar personas capaces de pensar, convivir, crear, discernir y participar en una sociedad democrática. En este propósito, ninguna tecnología sustituye el vínculo educativo.Vuelvo, pues, a las dos niñas sobre un escenario. Vuelvo al maestro que les ha ayudado a encontrar sus propias palabras. En una profesión sometida a una crisis de reconocimiento, de condiciones y de sentido, recuperar el propósito de ser maestro es una necesidad política. Hay que dar tiempo a los docentes, proteger su profesionalidad y hacer posible que puedan dedicarse a educar. Los niños y jóvenes tienen derecho a empezar el nuevo curso con ilusión y con la sensación de que algo nuevo es posible. Y los maestros también: necesitamos que recuperen la emoción de abrir la puerta del aula, de reencontrarse con los alumnos, de empezar de nuevo. Para hacerlo será necesario sin duda que se llegue a un pacto entre partidos y sindicatos que nos dé estabilidad. Por favor, pónganse de acuerdo, dejen de lado los intereses particulares, sean imaginativos y generosos, cuiden de este tesoro tan valioso que es la educación.

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