Una imagen de archivo del rey del Marruecos, Mohamed VI.
04/09/2026 - 18:30 h.
Escritora
3 min

Este verano no he vuelto a “casa”, como dicen los emigrantes marroquíes residentes en Europa, porque ya hace tiempo que entendí que mi pequeño Marruecos (el de mis abuelos, las tías que me besaban tan fuerte que me hacían daño, el alud de primos que se reunían en la casa familiar cada verano) está dentro del gran Marruecos, la dictadura autoritaria que dirige el destino de los magrebíes desde que el país obtuvo la independencia. Independencia de los colonizadores europeos, pero no de otra dominación extranjera –en tanto que ajena a los intereses generales de la población– como es la del régimen alauí, con Hassan II y ahora Mohamed VI (y Dios nos libre del heredero, Hassan III).

No volveré a pisar el país donde nací porque no es un lugar seguro para cualquiera que defienda los derechos humanos y la libertad de expresión o denuncie los abusos cometidos por el makhzen. Por no hablar del islam, intocable aunque el Príncipe de los Creyentes, el rey, cuyo poder viene legitimado por razones religiosas (se supone que es descendiente de Mahoma), lleve un estilo de vida digamos que poco musulmán. El lema de Marruecos, con el cual termina su himno nacional es: "¡Patria! ¡Rey! ¡Dios!" (escrito con grandes letras sobre algunas montañas yermas, como si fuera “Hollywood”). Y estos tres estamentos son intocables y criticarlos o mofarse de ellos puede ser motivo de delito.

El año pasado Ignacio Cembrero explicaba el caso de una ama de casa, madre de cuatro hijos, condenada a cuatro años de prisión por haber hecho una broma en Facebook después de saber que la bombona de gas volvía a subir de precio. ¿Su delito? Mostrar un billete de 50 dírhams y decir: “Ni con tres reyes puedo pagar una bombona” (porque en el billete de 50 está la imagen de los tres últimos reyes de Marruecos). El caso de Bety Lachgar, condenada a la cárcel por llevar en Londres una camiseta con el lema “Allah is lesbian”, demuestra que los tentáculos de la vigilancia marroquí se extienden más allá de sus fronteras.

Los turistas que disfrutan del exotismo de Marrakech y la hospitalidad de los habitantes de un país que está “tan cerca y tan lejos” (una hospitalidad que admiran mucho pero no importan) no ven o no quieren ver cómo viven los ciudadanos amables y serviciales que les atienden. Que las prisiones atestadas de disidentes políticos o simples críticos con el poder o la corrupción o la falta de derechos y libertades no les estropeen la escapada de fin de semana. Periodistas, dirigentes de movimientos sociales, activistas, cualquiera que se atreva a plantar cara al régimen o a señalar su funcionamiento corrupto corre el riesgo de ser encausado y encarcelado. El último movimiento que desafió al poder, el Hirak, nacido en el Rif, tiene a buena parte de sus protagonistas en la prisión, incluyendo al carismático Nasser Zefzafi. En julio, el periodista Ali Lmrabet, que lleva décadas de intenso combate contra los abusos de la dictadura alauí, fue detenido cuando puso los pies en Marruecos, acusado de varios delitos, todos de expresión. Tres días después fue liberado pero con la causa judicial pendiente.

Resulta sorprendente, entonces, que desde el gobierno español se afirme con contundencia que Marruecos no ha estado implicado en la entrada masiva de personas a Ceuta de este verano. Y de una ingenuidad (si suponemos buena fe) que da vergüenza ajena, teniendo en cuenta que antes de la era tecnológica el país ya disponía de unos servicios secretos capaces de detectar el movimiento más minúsculo que se produjera en cualquier rincón de su territorio, que ha espiado con Pegasus a dirigentes extranjeros, que tiene ojos y oídos en todas partes. Y teniendo en cuenta también que el control de las fronteras es una responsabilidad por la que, además, recibe cuantiosos ingresos de la Unión Europea. Cornudo y pagar la bebida, que decimos en catalán.

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