Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal en el pleno del Congreso del pasado 11 de febrero
hace 22 min
Filósofo
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El gobierno español se ha prestado a acoger en Canarias un barco con personas infectadas por el hantavirus y se han desatado las bajas pasiones de las derechas. Sin ninguna aportación ni información sobre un caso que está en manos de las autoridades sanitarias, se han centrado en la burda especulación con la memoria del incomparable y doloroso episodio de la covid. Todo vale para sacar partido de la situación. Pero una cosa es hacer política y la otra es jugar a hacer política buscando meter el miedo en el cuerpo de los ciudadanos sin ninguna justificación, solo para debilitar al adversario. Una fórmula que demuestra la pobre conciencia que se tiene de la política y la escasa consideración por las personas. Un tiro que les puede salir por la culata.

Alimentar el pánico como estrategia política es un ejercicio de irresponsabilidad. Si, además, se hace sin ninguna evidencia, es una exhibición de ignorancia que solo genera confusión y que no forzosamente beneficia al que se mece en el ruido. El oportunismo ha sido siempre una expresión de impotencia y de mezquindad. Es el estilo Feijóo, aunque en este caso es Abascal quien ha batido un récord de estupidez: “Sánchez es capaz de crear una pandemia para que no se hable de corrupción”.

La economía humana del deseo es compleja y determina en buena parte nuestra condición. Siempre seremos diferentes de la IA porque esta difícilmente tendrá la intensidad que las pasiones y las ilusiones otorgan a los humanos. Uno de los territorios en que la dinámica deseo-frustración se hace a menudo visible es la política. El objetivo es el poder y entre tenerlo y no tenerlo se pierden a menudo los papeles. El poder estructura la sociedad: no hay dos personas iguales, en cualquier relación hay una diferencia potencial, una desigualdad latente presente en cualquier experiencia. De la pareja al trabajo, de la escuela a la fiesta, de la fábrica a la política, en todas partes el poder, en sus diferentes manifestaciones, es factor estructural.

En política, el principio democrático de acceso al poder es la mitad más uno de los votos, que tiende a simplificar el juego traduciéndolo en una dinámica en blanco y negro (los buenos –los nuestros– y los malos –los demás–). Es una lógica que en democracia requiere una responsabilidad y un cuidado por parte de los adversarios que la dinámica posesiva del poder hace difícil de mantener, entre otras razones por los intereses que representa cada uno de los actores. En una palabra, alimentar el pánico en un caso como el que nos ocupa es una sobreactuación miserable.

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