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Opinión 18/11/2020

La voz de Ernest Lluch

Mònica Planas
2 min

El sábado se cumplirán veinte años del asesinato del economista y político Ernest Lluch por parte de ETA. El Sense ficció emitía un reportaje de homenaje para repasar su trayectoria profesional y vital a través de su entorno más cercano. Ernest Lluch. Lliure i atrevit arrancaba con fragmentos de los informativos de la noche en la que se cometió ese atentado terrorista. Un inicio que inmediatamente transportaba a la audiencia a la angustia, la tensión y el luto no solo de esos días sino de una época. El reportaje era muy riguroso, preciso y detallado a la hora de reseguir la evolución política de Lluch y explicar todo lo que supo aportar en el ámbito de la gestión de gobierno. Más allá de destacar sus méritos en los cargos que ocupó, se explicaba a la audiencia una característica muy singular y representativa del protagonista: su talante. A lo largo del reportaje se profundizaba en su manera de ser y de hacer. Su carácter independiente, su habilidad para construir puentes de diálogo, su don para entender las discrepancias y afrontar las complejidades políticas e ideológicas. También quedaba reflejado su espíritu inquieto y la enorme capacidad de trabajo. Especialmente al final del reportaje, cuando se afrontaba su vertiente más mediática, y se ponía en valor la destreza de Lluch a la hora de socializar el conocimiento y ser extremadamente divulgativo. “No he conocido a nadie que fuera tan erudito y hablara tan normal”, decía Xavier Sardà. Pero lo que le faltaba al reportaje era más Ernest Lluch sin intermediarios. Recuperar su esencia viéndolo y escuchándolo a él. Aparte de las imágenes del famoso mitin en San Sebastián donde se dirigía lleno de furia a los defensores de ETA, se echaban de menos fragmentos de su voz y su manera de comunicar. Faltaba, quizás, investigación en este sentido. Al margen de las imágenes de archivo que ilustraban el reportaje, faltaba espacio para incluir imágenes o documentos sonoros en los que fuera el propio Lluch quien se explicara en lugar de explicarlo solo a través de los entrevistados.

Ernest Lluch. Lliure i atrevit recogía la sensibilidad más íntima del protagonista: las transiciones narrativas se hacían a través de la música clásica que tocaba al piano su amigo Albert Guinovart y se fusionaba a menudo con el sonido de la txalaparta. La txalaparta es el instrumento que no falta nunca en cualquier reportaje sobre Euskadi. Seguramente el sonido percutido y la musicalidad un poco misteriosa contribuyen a expresar muy fácilmente una esencia identitaria. El reportaje jugaba también, desde el inicio, con el simbolismo de unos cuadrados que se repetían a lo largo del relato, pero no se acababa de entender muy bien qué mensaje metafórico pretendían transmitir, hasta el punto de que acababan reducidos a un recurso un poco engañoso y puramente estético. A pesar de todo, se captaba muy bien la dimensión política del personaje, su papel y posicionamiento en un momento muy determinante de la historia de España y, sobre todo, mostraba la emoción de los amigos al recordarlo y el dolor, todavía presente, de su ausencia.

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