La reciente visita de la roja a Cataluña no fue un éxito publicitario, por decirlo de forma suave. A pesar de los esfuerzos de los gobiernos catalán y español, del mundo federativo y de las plataformas de activismo españolista, la tristísima exhibición de nacionalismo feixistoide y xenófobo en las gradas del estadio de Cornellá puso de manifiesto que la selección española, en Cataluña, corre el riesgo serio de verse convertida en icono de la extrema derecha. Desde el punto de vista del marketing, es una derrota del reencuentro que representan el PSOE y el PSC. Tenían entre manos un juguete fabuloso: un equipo joven, talentoso y repleto de catalanes cobijado por la simbología “común” y sin competencia (porque la ley prohíbe a Cataluña competir oficialmente, y los deportistas catalanes se exponen a duras sanciones si se niegan a representar al equipo español). Pero ahora, la roja puede pasar de símbolo del españolismo cool a refugio del torrentismo.Los estados con identidad en conflicto han entendido la utilidad del deporte. Los esfuerzos que España dedica a ello, como valor refugio del patriotismo, demuestran que en Madrid saben que el poder de verdad no consiste solamente en dinero, ejército y Código Penal; también se expresa en visibilidad y sentimiento. En Cataluña, sorprendentemente, ningún partido catalán tiene en lo más alto de su lista de prioridades el tema de las selecciones deportivas, que es quizás la única rendija que nos puede permitir existir nacionalmente y ser reconocidos internacionalmente, condiciones básicas para que venga todo lo demás. En cambio, nos tenemos que conformar con jugar un amistoso contra Palestina, con un ambiente inmaculado, eso sí; pero sin valor competitivo, sin nuestras estrellas en el campo, y con el recelo del arcaico mundo federativo catalán.Mientras Junts y ERC tengan poder para condicionar a los socialistas deberían jugar fuerte esta baza, que es la auténtica prueba de carga de la pluralidad del Estado. Compartir competencias y recursos está muy bien, pero la verdadera respuesta a la diversidad identitaria es compartir, también, la presencia simbólica. Es muy difícil, de entrada, que el PSOE acepte esto (tanto como la amnistía, quizá). Pero diría que Pedro Sánchez está vislumbrando que su supervivencia ante el bloque PP-Vox pasa por un entendimiento duradero con los defensores de la plurinacionalidad.Hay maneras de afrontar la cuestión evitando fracturas o dilemas imposibles: de entrada, por ejemplo, Cataluña podría disputar los campeonatos europeos, e integrarse en el equipo español en las competiciones mundiales u olímpicas. O podría tener selecciones propias en los deportes con más arraigo y tradición, como el rugby, el hockey y el waterpolo. Solo especulo; no sé lo suficiente, para decir cuál es la mejor solución. Pero creo que si los políticos pretenden representar la mayoría amplia de la población catalana, hay que llegar a una solución híbrida de este estilo.Somos un país que, a pesar de la reciente irrupción de la ultraderecha nostrada, ha demostrado una gran generosidad y una gran cintura en la gestión de la propia diversidad. Por lo tanto, los que nos sentimos nacionalmente catalanes nos merecemos existir políticamente –y, por lo tanto, deportivamente–. Pensamos que en el próximo Mundial de fútbol, si hay una victoria de España habrá gente celebrándolo en las calles de Barcelona... pero también la habrá si hay una victoria argentina, o una victoria marroquí. Y no se hundirá el mundo, porque la Cataluña diversa es eso. Pero, si resulta que en Cataluña todo el mundo celebra sus goles excepto los catalanes, ¿equé mierda de diversidad es esta?