1. El Barça ganará la Liga. Tan solo es cuestión de semanas. Quizás, de días. De hecho, ya podría ser campeón el próximo domingo. Solo hace falta que los de Flick venzan el sábado en Pamplona y el Real Madrid no gane el domingo en campo del Español, y la vigésimo novena Liga será oficial. Tendría gracia que, sin jugar, el Barça la ganase porque un Español necesitadísimo de puntos le acabara regalando el título. Cada uno mira por sí, pero en el fútbol –como en la vida– hay divertidas paradojas. Sea cual sea el instante en que el Barça se proclame campeón, la afición ha de abstenerse de ir a Canaletas. Prohibido. El tramo alto de La Rambla está en obras, la fuente emblemática está envuelta y, a su alrededor, unas vallas ocasionales serían una trampa peligrosa para los miles de barcelonistas que se querrían congregar allí. Haría falta que este mismo lunes el Barça y el Ayuntamiento —“de la ciudad que lleva el nombre de nuestro club”— avisaran a los culés que La Rambla está anegada y tendrían que explicar dónde habrá que celebrar masivamente el título en el momento del estallido.
2. La fotografía que ilustra esta columna la hice la semana pasada. Además de cerciorarme de que el barcelonismo no podrá seguir la tradición en la celebración de las victorias, constaté que las baldosas ondulantes que durante décadas nos han acompañado desde Canaletas hasta el mar han pasado a la historia. Qué lástima. Collboni ha elegido, para la nueva pavimentación, un embaldosado impersonal, de una negrura triste, aburridísima. Dicen, dicen, dicen que la obra de La Rambla se acabará en 2027. Entonces ya solo habrá una parada de flores –la de la Carolina–, las terrazas de los restaurantes serán más estrechas, habrán unificado el modelo de sillas y ya no podrán colgar fotos de reclamo-engaño de paellas y sangrías. Los pajareros ya no volverán. Esperemos que tampoco haya puestecitos de entradas, ni de souvenirs de pan con aceite. Cuando el Barça gane la tercera Liga consecutiva —y quizás la Champions que obsesiona al entrenador— Canaletas ya ha de manar agua con toda la frescura. Los que beben de ella dicen que vuelven a la ciudad. Los que no beben, también. De hecho, no es que no vuelvan, es que de aquí ya nadie se quiere ir.
3. Esta semana, a raíz de otro Sant Jordi esplendoroso, hemos oído que grandes figuras mundiales como Amélie Nothomb, Joël Dicker o Ali Smith se quedaban boquiabiertos con Sant Jordi y el espíritu único que se vive en el centro de Barcelona, con permiso de los efectos secundarios de los frutos de los plátanos de sombra. Son autores que han ido por el mundo, con la alfombra roja, dedicando libros a diestro y siniestro, pero han descubierto que no hay nada comparable a nuestra gran fiesta del amor. Ellos saben que de Días del Libro hay en muchas ciudades del planeta, pero de Sant Jordi solo hay uno. Lo habían vivido y han querido repetir. La rosa y los libros son imbatibles. También para los que no son escritores y lo viven por primera vez. Una amiga de Turín, que no había estado nunca aquí un 23 de abril, salió de casa a las diez de la mañana y, a las nueve de la noche, su reloj le marcaba que había caminado más de veinte kilómetros. Más allá del susto de haber quedado atrapada dentro de una librería y no poder salir, quedó fascinada por un espectáculo humano que no podía explicar con palabras. Ni tan solo con las fotografías que colgó en Instagram. Al día siguiente, con la ciudad normalizada, la acompañé a pie desde los Jardinets de Gràcia hasta Consell de Cent, donde paseamos sin prisa. No quería marcharse. Quería quedarse a vivir aquí. Entendió a su prima, una eminencia en matemáticas, que hace once años que se instaló en el Eixample y no se ha movido. Entonces la estrella era Messi, ahora es Lamine Yamal. Pero Barcelona continúa siendo Barcelona, la ciudad de los prodigios. Quizás.