Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados en una imagen reciente.
15/02/2026
Periodista y escritor
3 min

1. Intuía que el fenómeno era grave. Y se me ha ocurrido certificarlo. Me he preguntado desde cuándo España, Cataluña y Barcelona viven con los presupuestos prorrogados. España va tirando con los presupuestos de 2023. Cataluña también malvive con los presupuestos de 2023. Barcelona, ​​por su parte, hace la vivo-vivo con los presupuestos aprobados en mayo de 2024 gracias a un procedimiento especial como es una cuestión de confianza. La parálisis, por tanto, es triple y en todos los ámbitos. Hace tres años, como quien dice, que se conservan los gastos estructurales previstos, de sanidad, educación, servicios sociales o los sueldos de los funcionarios, pero no se pueden poner en marcha nuevos programas ni inversiones estructurales. Prorrogar los presupuestos significa asegurar que, administrativamente, el país no se detiene, pero que tampoco mejora en nada. Es una condena. Se resienten los proyectos, las infraestructuras y, por tanto, los ciudadanos. Y así nos va, por ejemplo, con médicos protestando por un nuevo convenio, con maestros en la calle y las Cercanías paradas. Pero vayamos a palmos.

2. Pedro Sánchez no ha logrado aprobar unos presupuestos generales del Estado ni en el 2024 ni en el 2025, y parece que tampoco lo conseguirá en el 2026. La Generalitat de Catalunya hace la vivo con los últimos presupuestos que logró aprobar Pere Aragonès, gracias a los votos de Esquerra, el PSC y Comuns, el 20, el 10. imposibilidad de llegar a un acuerdo con esos mismos partidos, o con otros que garantizaran la mayoría, Aragonés dimitió y se convocaron elecciones. Aquellos presupuestos expansivos que quedaron en el cajón en el 2024 habrían ayudado mucho a la salud, a la educación, a la vivienda ya la cultura, la conselleria maría que sigue afanando para que se llegue, de una vez, al 2% de todo el gasto global del país. Las elecciones las ganó el PSC, pero Salvador Illa también lidera un gobierno en estanteza minoría. Como el de Pedro Sánchez en España o el de Jaume Collboni en Barcelona. Socialismo en todas partes, pero sin ninguna mayoría que les permita respirar y aprobar ninguna mejora significativa en ninguna parte.

3. Gobernar en minoría significa esto. Tener que pactar con otros partidos que tienen una ideología o unas prioridades distintas a las tuyas. La geometría variable obliga a los gobiernos, pero también a los opositores, a ceder en algunos aspectos para llegar a acuerdos que busquen el bien común y beneficien al 100% de los ciudadanos, voten lo que voten, o aunque prefieran quedarse en casa y no poner nunca una papeleta en la urna. Sin embargo, estamos instalados en un perverso mundo de blanco o negro. Las políticas sectarias, radicales y de líneas rojas provocan el desgaste del gobierno de turno, pero son un suicidio social de una irresponsabilidad no cuantificada. Nadie gana. Por el contrario, todo el mundo pierde. Los partidos actúan más para joder al otro que pensando en el bien de la gente. Y esa mirada, corta y envenenada, no tiene castigo. A los partidos se les debería decir: tóquese la pera tanto como quiera unos a otros, pero está obligado a aprobar unos presupuestos.

4. Éste no a todo de nuestro caleidoscopio de partidos me hace señalarlos, sin excepción, como unos sinvergüenzas. En España, la vergüenza se ha perdido del todo y, ahí, la palabra que tienen es sinvergüenza. Poco a nada. Si aquí vamos justos de moralidad, en Madrid ya no tienen ni una brizna. Ellos siempre, más de todo. También con el lenguaje. En este caso, el conjunto de partidos políticos son la suma exacta de sinvergüenzas y de sinvergünezas. Los votamos para que gestionen lo público, y para que nos mejoren la vida, no para que nos lo estanquen con posiciones maximalistas con el único objetivo de tirar piedras en el tejado de quienes mandan. A la larga, quien en el cielo escupe, en la cara se le cae.

stats