Gisele pelicot entrando en el Palacio de Justicia de Aviñón para escuchar la sentencia sobre Dominique Pelicot
15/02/2026
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El martes saldrá publicado el libro en el que Gisèle Pelicot ofrece su testimonio directo sobre la violencia machista que sufrió: como es sabido, durante diez años su marido, Dominique Pelicot, la drogó para ofrecerla a más de ochenta hombres, que la violaron mientras él lo grababa todo. El llamado asunto Pelicot conmocionó a la sociedad francesa y occidental, de forma más profunda cuanto más abección salía a la luz durante la celebración del juicio, en contraste con la serenidad, la lucidez y la dignidad que ella mostró al afrontar públicamente el horror que había tenido que sufrir en su entorno más íntimo. El libro tiene publicación simultánea en veinte países y un título que es a la vez irónico, melancólico, esperanzador y terrible: Te la joy de vivre.

Para acompañar su lanzamiento, Gisèle Pelicot hace la correspondiente campaña de promoción (no, ni eso ni el dinero que pueda ganar le quitan un poco de importancia ni de verdad a su testimonio): la primera entrevista la dio al diario Le Figaro y, entre otras cosas relevantes, hacía dos reflexiones que merece la pena destacar. Por un lado, Gisèle Pelicot rechaza el estatus de víctima: le correspondía durante el juicio, pero no le quiere para ella en la vida que quiere hacer en adelante. Por otro, a pesar de ser consciente del impacto que tiene su historia en muchos sectores y foros de la sociedad occidental, le molesta enormemente ser considerado un icono de nada.

El comportamiento de Gisèle Pelicot tiene todo el sentido y la coherencia, pero resulta insólito en un momento –una época– en el que tantas y tantas se muestran dispuestos literalmente a lo que sea por aparecer como víctimas y por ser considerados icónicos. En particular, el victimismo es una de las trampas retóricas más extendidas de nuestro tiempo: quien logra ser reconocido como víctima –sea persona, sea organización, sea ideología– adquiere automáticamente una especie de inmunidad que le hace inatacable e incuestionable. Es, con mucho, el instrumento preferido de las extremas derechas: para ellas, el victimismo sirve de justificación previa a los discursos de odio, incluso a los crímenes contra la humanidad. Por ejemplo, el genocidio de Palestina es perpetrado por el gobierno de Israel como supuesto acto de defensa frente a los supuestos "antisemitas". Por ejemplo, los ICE trumpistas ejecutan a activistas a pie de calle para protegerse de los supuestos "terroristas". Por ejemplo, las extremas derechas españolas y catalanas exacerban el odio contra los inmigrantes como respuesta a los supuestos "enemigos de España" o los "que odian a Catalunya". Etc. En cuanto a la voluntad de convertirse en iconos, en un tiempo de máximo individualismo y exhibicionismo sin ningún contenido (que significa con un contenido tóxico), nos encontramos cada día en todos los órdenes de la vida pública y no tan pública. Por eso la actitud de alguien como Gisèle Pelicot, que tiene algunas ideas sustantivas para compartir y que rechaza explícitamente ser tratada como víctima y ser vista como icono, es tan higiénica, tan saludable y tan de agradecer.

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