Slavoj Zizek, en una conferencia en 2015
11/09/2026 - 18:01 h.
Filósofo, pedagogo y ensayista
3 min

Aprovechando los datos de PISA, había esbozado un artículo sobre la cursilería del lenguaje pedagógico. Pero, una vez terminado, he creído preferible tratar un tema menos conflictivo: el pene. San Agustín, que antes de fraile fue cocinero, fue el primero en imaginar la historia íntima del Paraíso en La ciudad de Dios. Nuestros primeros padres, dice, tenían relaciones sexuales porque debían obedecer el mandamiento de "creced y multiplicaos". Ahora bien, ni eran libidinosos ni conocían la vergüenza. En el Edén no había nada impúdico. Se hablaba del sexo como quien habla del codo izquierdo. Todo esto acabó el mismo día que el hombre desobedeció a Dios para complacerse a sí mismo. La libido se independizó de la voluntad y apareció el rubor ante la desnudez. Adán y Eva, avergonzados de su propio cuerpo, corrieron a esconderlo.En el tratado De nuptiis et concupiscentia, san Agustín vuelve a ello para subrayar que, después de la pifia de la manzana, los genitales se hicieron autónomos y, “aunque la templanza o la continencia frenen un poco su uso, su excitación es descontrolada". No nos debe sorprender el dominio absoluto del cuerpo que había en el Paraíso. Hoy también hay auténticos virtuosos capaces de dominar el movimiento de las orejas o de imitar cualquier sonido. No faltan quienes, "sin hacer hedor, emiten por la parte inferior de su cuerpo sonidos tan armoniosos que dirías que cantan por aquella boca". ¿Cómo no creer, pues, que en el Paraíso todos nuestros miembros estaban sometidos a nuestra voluntad?Moisés Nahmánides, gerundense nacido en 1194, trasladó al judaísmo esta interpretación agustiniana del pecado original. En su Comentario al Génesis asevera que en el Jardín del Edén los cuerpos de Adán y Eva seguían el orden perfecto de los cuerpos celestes: precisos, pero sin libre albedrío. En sus relaciones sexuales no había ni un ápice de lujuria. Pecaron cuando, queriendo una voluntad propia, la consiguieron.El rabí David ben Josef Kimhi, de Narbona, reforzó la misma tesis. Después de probar el fruto del árbol, los genitales de Adán y Eva rechazaron toda autoridad externa, tal como ellos habían rechazado la autoridad de Dios.

Siguiendo esta tradición, Slavoj Zizek escribe en The sublime object of ideology (1989) que la experiencia fálica básica es como un cierto “todo depende de mí, pero, a pesar de todo, no puedo hacer nada”. Para explicarnos esta contradicción, despliega dos argumentos. El primero, erudito, y el segundo, popular.El argumento erudito toma de san Agustín la idea de que el pecado original implicaba la liberación del sexo de cualquier dimensión funcional; por eso es indomable. Su pulsión no funcional convierte al falo en "la parte del cuerpo del hombre que escapa a su control, el punto donde el propio cuerpo se venga de él por su falso orgullo. Alguien con suficiente fuerza de voluntad puede morir de hambre en una habitación llena de comidas deliciosas; ahora bien, si pasa por ahí una virgen [sic], su voluntad no detendrá la erección de su falo".El argumento popular, como es habitual en Zizek, es un chiste. "¿Cuál es el objeto más ligero de la tierra?", nos pregunta. La respuesta es: "El falo, porque es el único que puede levantarse solo con el pensamiento".La conclusión de Zizek es que falo designa la encrucijada donde la radical exterioridad del cuerpo –en tanto que independiente y resistente a nuestra voluntad– confluye con la pura interioridad del pensamiento. "Si bien mi cuerpo depende de mí, con el falo esta dependencia se vuelve un rompecabezas”. El falo marcaría el punto de coincidencia entre la omnipotencia del “todo depende de mí” y la impotencia total del “no puedo hacer nada al respecto”.Añado un apunte sobre aquellos que, "sin oler mal, emiten por la parte inferior del cuerpo sonidos tan armoniosos que dirías que cantan". Este fue el caso del reusense Josep Pujol, que se hizo famoso en el mundo de los music-halls parisinos haciéndose pasar por un marsellés con el nombre artístico de Le Pétomane. Tocaba Au clair de la lune con un flautín...Abril de 1970. En las Cortes franquistas se debate sobre educación sexual. El cronista Joaquín Aguirre Bellver resumía así el debate: "Un chico sin educación sexual ve pasar a Sophia Loren, piensa lo que quiere y silba. En cambio, un chico con educación sexual ve pasar a Sophia Loren, piensa lo mismo y no silba". Resulta que educar también es intentar contener dentro de sus límites (y de manera siempre precaria) lo que siempre vuelve, porque no todo en el hombre es un constructo social. El problema de la escuela actual, a mi parecer, no es su resistencia al cambio, sino, muy al contrario, su voluntaria ignorancia de lo que no cambia en la naturaleza humana: de lo que siempre vuelve.

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