Las ideologías de tradición marxista o anarquista, es decir, lo que solíamos llamar “la izquierda”, tienden a considerar los entramados legales del Estado burgués y sus tentáculos diplomáticos como instrumentos más o menos opresivos. Friedrich Nietzsche, en cambio, afirmó algo muy distinto: la ley, según él, no es más que un invento de los débiles para subyugar a los fuertes.
A la vista de cómo va discurriendo el siglo XXI, no resulta descabellado deducir que Nietzsche tenía su punto de razón.
En materia de relaciones internacionales la cosa está clara. En palabras de Noam Chomsky, ese ámbito siempre ha mostrado “un parecido notable con la mafia”: los países poderosos tienden a exigir a los débiles un tributo como precio por su seguridad. Se trata del viejo negocio mafioso de la protección: paga y te protegeremos frente a otros y, evidentemente, de nosotros mismos.
Cuando empezó a desplegarse la globalización, acompañada de un tejido muy tupido de regulaciones, acuerdos multilaterales en la Organización Mundial de Comercio y contratos apelables ante determinados tribunales, pudo pensarse que el capitalismo (con sus inherentes mecanismos de explotación) alcanzaba su estadio supremo.
Sin embargo, parece que no. Desde que la hasta ahora superpotencia, Estados Unidos, se rindió a las chifladuras de Donald Trump, la fuerza y el capitalismo (que hoy vampiriza los recursos del Estado) han recuperado su antigua condición de leyes supremas.
No es un fenómeno nuevo, sino un agravamiento desbocado. Estados Unidos nunca aceptó someterse a los tribunales de La Haya, muy concretamente a la Corte Penal Internacional, creada en 1998 para juzgar a personas o países acusados de genocidio, crímenes de guerra o delitos de lesa humanidad. Tampoco lo hizo Israel, por supuesto. Ni Rusia.
Los tres países firmaron la creación de la Corte, pero no la ratificaron. En el caso de Estados Unidos y, sobre todo, de Israel, con el cinismo añadido de proclamar que tanto su diplomacia como sus ejércitos se ceñían siempre a la más estricta ejemplaridad moral. Rusia no se molestó en justificarse. En 2023, la Corte emitió órdenes de arresto contra el presidente ruso, Vladimir Putin, y contra su comisionada para los Derechos del Niño, María Lvova-Belova, a causa de la deportación ilegal de niños ucranianos. Sin ninguna consecuencia.
Rusia prosigue su guerra contra Ucrania. Israel comete las peores atrocidades en Gaza. Y Estados Unidos se ha embarcado en una guerra no declarada contra Irán sin que sepamos cuál es el objetivo: cada día hay uno distinto. Además de operaciones como el secuestro de Nicolás Maduro en Venezuela o el eterno bloqueo de Cuba. Los regímenes de Venezuela, Irán o Cuba son impresentables, pero, como ha quedado claro en Venezuela, Donald Trump no tiene ninguna intención de “liberar” a nadie.
Los aranceles arbitrarios, las amenazas de invadir Groenlandia (un país aliado) y las coacciones absurdas sobre los demás socios de la OTAN constituyen una demostración de que la superpotencia se siente más cómoda sin respetar las normas más elementales.
También se percibe un giro profundamente nietzscheano en la política interior de los países que se han adherido a la derecha extrema, camuflada bajo el pseudónimo de “anarcocapitalismo”. La supresión acelerada de los mecanismos de protección social (desde su inicio, los impuestos, hasta su conclusión, la salud o las pensiones) y el desprecio por los derechos humanos más elementales (las actuaciones en Estados Unidos del ICE, o Servicio de Inmigración y Aduanas, son una prueba irrefutable) dejan el campo libre a cualquier capricho de los poderosos.
Véase Estados Unidos, pero también Argentina, o Guatemala: el llamado anarcocapitalismo parece una ensoñación nietzscheana. Nietzsche no creía en la democracia, creía en el “ultrahombre” y en la voluntad de poder, criticaba el cristianismo y “la moral de los esclavos”, pero concebía la política como un fenómeno filosófico. Difícilmente pudo imaginar que, 40 años después de su muerte, Adolf Hitler regalara sus obras completas a Benito Mussolini denominándolas “tesoro”.
De una forma u otra, la realidad presente demuestra la lucidez de Friedrich Nietzsche: cuando no se atiene a leyes, por injustas que sean, la fuerza de las armas y el dinero provoca los desastres más terribles.