La tarde más extraña de Barcelona
Sábado por la mañana, en el centro de Barcelona todavía había trabajadores cubriendo los cristales y los cajeros de las oficinas bancarias, como si tuviera que venir un huracán y estuviéramos en Miami.
Por la tarde, luces azules de policía en cada esquina, agentes pidiendo el carné y haciendo abrir las mochilas en las bocas de metro a chicos que daba la casualidad que iban vestidos de negro, mientras pasaban por el lado grupos de jóvenes con maquillajes fúnebres, manchados de rojo y mucha falda corta marchando alegremente de camino a alguna fiesta de Halloween.
Vivimos en las burbujas de nuestros intereses personales y de grupo, y en la misma calle coincidían un enorme dispositivo policial para prevenir violencia y gente que lo ignoraba olímpicamente.
Los acampados de la plaza Cataluña estaban vigilando y vigilados, sobre todo ahora que algunas cámaras de seguridad han sido inutilizadas. El paseo de Gracia amortiguado, con tiendas cerradas, con tiendas abiertas pero con los escaparates cubiertos por paneles de madera y un par de vigilantes en la puerta, terrazas con gente tomando algo y bares cerrados, gente con camisetas del Barça hacia el Camp Nou, las colas de turistas habituales para entrar en la Casa Batlló, hoteles de cinco estrellas blindados y con la fachada a oscuras, y muchos menos peatones cargados con bolsas arriba y abajo que los que habríamos visto cualquier sábado de otoño al anochecer.
Al final, el tan anunciado dispositivo policial “de máximos” funcionó. Hasta la próxima, claro, porque el malestar social es lo bastante profundo, sobre todo entre los más jóvenes, y no costará mucho volver a encender los ánimos, y menos a nueve días de la huelga general. Fue una tarde extraña, como corresponde a una ciudad a diversas velocidades y una sociedad donde cada cual vive por donde le da.