Una sesión con un psicólogo. Los psicólogos son un colectivo muy feminizado.
08/05/2026
Profesora de la Facultad de Ciencias de la Salud Blanquerna-URL
4 min

“Priorízate”. Nuestra es una época en la que proliferan las recomendaciones de dedicarse a uno mismo. “Te has desvivido demasiado por otras personas que no te aportan nada”. Son ideas que circulan en los cafés con los amigos, en las redes sociales y en los libros de autoayuda, pero también en las consultas de muchos psicólogos. “Ya es suficiente de estar siempre pendiente de intentar satisfacer los deseos de los demás en lugar de los tuyos”.

Nunca he oído decir a nadie cercano que el psicólogo le haya recomendado ser más generoso, más acogedor, más paciente. A mí tampoco me ha animado nunca ningún psicólogo. Pero cuántas veces personas cercanas me han explicado que ahora, finalmente, gracias al psicólogo, han comprendido que “hay que empezar a priorizarse”, lo cual invariablemente significa que ahora toca dedicarse más a ellos mismos en detrimento de los demás.

En un artículo académico punzante y desgarrador, Jeff Sugarman nos advertía que buena parte de la psicología contemporánea, especialmente la llamada psicología positiva, a pesar de las buenas intenciones, está cada vez más impregnada de una idea del yo individualista, típica del neoliberalismo, que fundamentalmente vela por sí mismo y que solo establece vínculos si obtiene algún beneficio (“Journal of Theoretical and Philosophical Psychology, 2015). Sugarman es contundente: "Hay psicólogos que están contribuyendo a un clima ideológico en el que la gente no está obligada a tener en cuenta el bienestar de los demás, y menos aún a asumir ninguna responsabilidad". Así, argumenta: “La psicología, especialmente la psicología positiva, opera de manera que sostiene y promueve la agenda neoliberal que domina el mundo”.

Generalmente, el término neoliberalismo se usa para referirse a una manera de entender la economía en la que el estado se desentiende progresivamente del bienestar de los ciudadanos. Es el individuo quien debe velar por proveerse a él y a su familia de vivienda, de educación y de asistencia médica. Pero el término neoliberalismo también se usa para referirse a la mentalidad que está asociada a él: el individuo es absolutamente responsable de su suerte y desgracia personales. Si no quiere naufragar, le toca gobernar su vida individual con criterios de eficiencia propios del mundo empresarial. Dentro de esta lógica, los demás son o bien medios o bien obstáculos para alcanzar los éxitos propios.

Cuando el amigo, TikTok o el psicólogo nos dicen que debemos dedicarnos a nosotros mismos, están reflejando –y, al mismo tiempo, promoviendo– esta noción del yo. Y, muchas veces, este consejo bienintencionado no nos hace ningún bien ni a nosotros mismos. Edgar Cabanas, en un artículo académico sobre la misma cuestión, llega a preguntarse si no resulta que “la psicología positiva y su concepción del bienestar humano no están contribuyendo a sostener y crear parte de la insatisfacción para la cual prometen una solución” (Theory and Psychology, 2018).

De este esquema también salen malparados los demás, claro, porque nos insta a desentendernos de ellos con máximas como “no malgastes esfuerzos con gente que no vale la pena”. Lo que sucede es que, en el imaginario predominante, esos demás en quienes debo “dejar de invertir esfuerzos” son personas tóxicas que se aprovechan de mí, no me quieren o les importo un bledo. Evidentemente, esto sucede y hay que hacer algo al respecto. Pero la realidad es que muchos de esos demás no son en absoluto esta clase de personas.

Por ejemplo, puede suceder que ese otro del que parece que el amigo, TikTok y el psicólogo te animan a deshacerte de una vez sea una persona que, en realidad, nos resulta pesada porque nunca se encuentra bien. Tiene fibromialgia, tiene síndrome de fatiga crónica o tiene un conjunto de síntomas que la tienen abatida buena parte del tiempo. El próximo martes es 12 de mayo, día internacional de estas enfermedades, y por eso pienso en estas personas.

Está bien documentado que la mayoría de estos pacientes consideran que lo peor de padecer estas enfermedades no es que les mortifiquen físicamente, sino dos cosas sobre las cuales los demás podemos incidir. La primera es la falta de credibilidad que sufren. La segunda es el abandono por parte de las personas del entorno afectivo porque les consideran una carga. Entre las personas con estas enfermedades hay una prevalencia del suicidio bastante más alta que en el resto de la población. Impresiona oír la interpretación que hacen personas involucradas en las asociaciones de pacientes de estas enfermedades: la mayoría no se han quitado la vida propiamente o exclusivamente por el sufrimiento físico en sí, sino por el menosprecio y abandono que sufrían.

Me parece que este abandono está parcialmente instigado por los discursos que he descrito más arriba, que a menudo adquieren la forma de un expiador “no puedes ayudar a los demás mientras tú no estés bien”, idea que se ha convertido en la excusa magistral de nuestro tiempo para no ayudar nunca a nadie. Puede parecer que exagero. Por eso, transcribo literalmente a continuación comentarios de algunos de estos pacientes. "La Tal ya no quiere quedar conmigo porque el psicólogo le ha dicho que se tiene que priorizar". "A mi hermana algunos psicólogos le han aconsejado alejarse de las personas enfermas, como yo, porque sobrepasan o agotan a los demás". “Muchas personas, con el discurso de que «tienen que cuidarse», se han desentendido de mí porque les agobia”.

Ojalá la conmemoración del Día Mundial de la Fibromialgia y el Síndrome de Fatiga Crónica no solo nos lleve a prometer que haremos más investigación, porque el bienestar de estas personas depende también de un montón de cosas que podemos hacer los demás aunque no sepamos ni un ápice de biomedicina. Y ojalá esta facción de la psicología positiva deje de presentarnos al otro como a alguien al servicio de nuestro bienestar.

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