¿De qué depende que Vox siga creciendo
MadridLa primera parte del ciclo electoral iniciado en Extremadura y continuado en Aragón no ha tenido ningún aspecto positivo. De entrada, no lo ha sido para la ciudadanía, en la medida en que no ha servido para facilitar la formación de equipos de gobierno que estén a punto de empezar una nueva etapa de gestión con cierto entusiasmo y proyectos concretos. La gente ha votado como ha considerado, naturalmente, y el objeto de estas observaciones no es incurrir en el error de censurar a la comunidad por el veredicto de las urnas.
Pero hay que constatar que la partida no se ha iniciado bien, que con el resultado de esta tirada de dados nadie puede cantar victoria. Si lo vamos mirando partido por partido, ni siquiera Vox puede pensar que su subida, indiscutible, le garantice un futuro determinante en la política española. Cabe recordar las expectativas que levantó Podemos en sus inicios. Se trata de una fuerza política que ahora intenta sobrevivir rodeada de otros peces del mismo tamaño relativo y que no acaban de decidir si les conviene nadar juntos y en qué dirección. Podemos llegó a tener cerca de cinco millones de votos. Ciudadanos estuvo en una situación similar, y en estos momentos ni siquiera tiene agua en la que mover la cola.
Se comprende, en todo caso, que el incremento de voto de la extrema derecha provoque más preocupación que la causada por la irrupción de Ciudadanos y Podemos en momentos de crisis de los dos grandes partidos estatales, cuestionados por la ola del antibipartidismo. Las de Albert Rivera y Pablo Iglesias eran organizaciones que venían a corregir el sistema, pero difícilmente a modificarlo de forma radical. Aunque unos pedían, por ejemplo, la supresión del concierto vasco, y otros nacionalizaron entidades bancarias. Vox, en cambio, sí pretende más mutaciones que en muchos aspectos obligarían, por coherencia, a revisar la Constitución, lo que pone en peligro el mantenimiento de algunos de los derechos fundamentales que proclama. Y también la supervivencia de la propia estructura del Estado, sobre todo en lo que se refiere al modelo autonómico.
No hay duda de que el PP se le ha jugado bastante con estos llamamientos en las urnas. Basta con ver cómo se está comportando Vox, que, por un lado, reclama cargos y, en definitiva, tocar poder y, por otro, no hace nada por avanzar rápidamente en las negociaciones. Más bien parece que no tienen ninguna prisa, que quieren esperar a ver qué ocurre en Castilla y León –próxima etapa electoral, el 15 de marzo– antes de asumir ningún tipo de responsabilidad ejecutiva. La presidenta extremeña en funciones, Maria Guardiola, tiene motivos para estar nerviosa.
En cierto modo, se está repitiendo la historia de las anteriores elecciones autonómicas. Ella no quería pactar con Vox, le obligaron a rectificar desde la dirección del partido, y ya se vio el fracaso de esa coalición. Vox prefirió salir de los gobiernos autonómicos. La extrema derecha le hará ahora sudar tinta, después de haber pasado de 5 a 11 diputados. La cuestión es hasta qué punto este resultado, y el de Aragón –donde la extrema derecha ha pasado de 7 a 14 escaños–, se traducirá en una etapa de acción de gobierno, o si Vox optará por jugar con estrategias de desgaste, atacando al PP tanto o más de lo que persigue a los socialistas.
El precedente de Ciudadanos
Tanto en uno como en otro caso, el partido de Abascal se juega mucho. Quedarse en la agitación terminará teniendo techo. Rivera se equivocó cuando no aceptó la coalición con el PSOE. Ahora parece mentira, pero lo cierto es que en algunos momentos el PP llegó a ver al líder de Ciutadans como una seria amenaza para su continuidad como principal fuerza aglutinadora del voto del centroderecha.
Menciono esto porque, a pesar de considerar que el ascenso de Vox interpela al conjunto de las fuerzas políticas, las experiencias de los últimos años permiten comprobar que las subidas más o menos espectaculares de otros partidos no les han colocado definitivamente en una posición sólida. Sé que las incertidumbres de la política internacional, el crecimiento de la extrema derecha en varios países, la presidencia de Trump y otros factores globales hacen pensar que Vox puede tener expectativas de ir escalando posiciones. Pero creo también en fenómenos reactivos, sobre todo si se equivoca en su juego de cartas. Pesamos en las recientes elecciones en Portugal, por ejemplo.
¿Por qué sube Vox?
Es cierto que cada país tiene sus circunstancias y dinámicas. Por lo que se refiere a España, está contrastado que entre la gente joven Vox ha ganado terreno por muchas razones, desde la precariedad laboral hasta la gran dificultad para acceder a la vivienda, pasando por la inflación y los bajos salarios. Lo que discuto es que estos factores hayan determinado una fractura social, especialmente entre generaciones. La democracia y los derechos que garantiza se echan de menos mucho cuando no se pueden ejercer. Por saberlo, no es condición indispensable haber conocido el franquismo por propia experiencia. Reconozco que decisiones como la regularización de medio millón de inmigrantes pueden crear controversia, en especial si no se realiza ningún esfuerzo de explicación y justificación. Podemos estar en una etapa de transición, lo que no quiere decir que dé por sentado que la evolución de la vida política e institucional española –tampoco la catalana– haya tomado un camino de regresión irreversible.
Todos hemos visto subidas y estancamientos, así como caídas en picado. Lo que tenga que ocurrir en el cuadro político español está sobre todo en manos del PSOE y el PP. La historia democrática del país confirma que han tenido y tienen liderazgo compartido. Disputarse el poder hasta la extenuación es lo que más puede ayudar al crecimiento de la extrema derecha. No censuro la decisión que ha tomado Felipe González: votará en blanco si Pedro Sánchez vuelve a presentarse. Pero sí creo que está fuera de juego.
Entiendo que tiene una discrepancia política con la dirección socialista y su líder, al que ha calificado de "puto amo". Aunque González pueda pensar que con él en la Moncloa la evolución de Cataluña en los últimos años habría sido distinta y no habría llegado tan lejos. Pero la retirada del voto en su partido no tenía por qué explicitarla. Con Feijóo el problema es distinto. Por un lado, debería ser capaz de definir un proyecto alternativo. Por otro lado, debe entender que Vox no se conformará con ser un complemento. Llegar a la Moncloa con la extrema derecha colgada del brazo sí le impediría dormir más de una noche.