Pederastia

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La periodista Marta Plujà rememora en un libro las agresiones sexuales que sufrió y cómo ha conseguido recuperar la conciencia de ellas

La periodista Marta Plujà, en el parque de la Maquinista de Barcelona.
4 min

BarcelonaNo sabe si fue un olor, la sensación de frío de cuerpo y espíritu, pero el 24 de enero de 2014 Marta Plujà dice que casi tuvo que morir para renacer. Aquel día sufrió un ictus que la ayudó a, definitivamente, “despertar” y “romper con el silencio” que desde muy pequeña arrastraba sin siquiera saberlo. Tampoco sabe datar cuándo comenzaron ni acabaron las agresiones sexuales y las violaciones de un familiar. Hace el cálculo a partir de la biografía del agresor, que es 10 años mayor y ya era mayor de edad. “Yo tendría 9, 10, 11 años”, dice.

Nadie de su entorno notó nada extraño en el comportamiento del adulto ni en la tristeza y soledad de la niña y la adolescente Marta. Sin darse cuenta, se encuentra entre el reproche hacia los padres por no haber sabido interpretar la desesperanza de la hija y la comprensión porque en casa había otros problemas y que, para contextualizar, a finales de la década de los 70 nadie hablaba de ello.

Plujà (Camprodon, 1967) es periodista y como parte de la terapia para recuperarse del trauma de las violaciones recurrentes escribió Ca la tia Justa (Ediciones Oblicuas), en la que recurre a la autoficción para explicar el control y poder que ejercía el agresor sobre ella, pero también para sumergirse en el doloroso proceso de tomar conciencia de la violencia sufrida para iniciar el camino de la recuperación. “Ahora mismo yo la paz ya la he encontrado, he hecho el proceso –se explaya mientras toma una infusión–. Me da igual si la gente sabe quién es o no el agresor; tampoco me importa lo que piense él y lo que le pase, ya no es problema mío”.

La psicóloga Pilar Polo y Marta Plujà.

Junto a ella Pilar Polo, psicóloga de la Fundació Vicki Bernadet, entidad de referencia en la atención de la violencia sexual en la infancia. Se han conocido a raíz de que Plujà le presentara las galeradas del libro y de seguida Polo vio que era un texto útil para combatir estos delitos, que afectan a una de cada cinco criaturas. Destaca que puede ayudar a enfocar la mirada a personas que "han mirado a otro lado cuando no tocaba, a las que no encuentran las palabras para abordar la cuestión" o incluso, como en el caso de Plujà, "hacer hablar a quienes han callado".

Durante más de dos décadas Plujà olvida las violaciones, a pesar de que cada vez que ve al agresor se le remueve el alma. La falta de un espacio seguro hizo que nunca compartiera con nadie las agresiones, ni siquiera con el diario personal que aún conserva. Solo aparece una frase que la conecta con el hombre. Nada más. Es “la ley de la amnesia” que tapa el dolor, el asco, la rabia y disocia a la persona.

Hasta que un día, hace unos 25 años, se quiebra y verbaliza por primera vez su historia. Pero es un episodio puntual porque ni con la terapia que empieza vuelve a sacar el tema y entierra las agresiones. “Hay quien quiere recordar y no puede y hay quien quiere olvidar y no puede. Hay gente que tiene constantemente presente la violencia y otra tiene recuerdos muy pequeños que le hacen dudar de si es verdad o se lo está imaginando. O, de golpe, hay personas que no recordaban nada y de golpe lo recuerdan todo”, explica la psicóloga, en referencia a los mecanismos del cerebro y al hecho de que no hay ningún patrón.

"14 páginas a raudales"

En el caso de Plujà, el “desamparo y soledad” que sintió toda sola en urgencias por el ictus fue el punto de inflexión para darse cuenta de que ahora ya no podía callar más y que, primero, se lo tenía que explicar a ella y, después lo tenía que explicar a los demás. Admite que fueron días de mucha llorera, mucho dolor, de estar entre “la vergüenza y la culpa” por haber aguantado, por no haber sabido decir nada para que las agresiones acabaran. Son dos sentimientos, apunta Polo, que "van unidos al silencio".

Decidida a revelar la verdad, escribió "14 pàgines a raig", animada por su terapeuta y durante los siguientes ocho años se dedicó a darle forma al relato. "¡Yo ya he callado bastante!", afirma. Una vez desenterradas las violaciones, la Plujà adulta se enfrenta a su adolescencia y juventud en la que se engancha a relaciones tóxicas, que ahora comprende que son "consecuencias de la agresión". La violencia, la falta de afecto y amor en las violaciones –"juegos", según el hombre–, la sumisión al agresor, el silencio y las amenazas que le impone el adulto –"es nuestro secreto", "con los años te gustará", le repite– "dejan huella en el cuerpo", señala Polo, para quien esta segunda parte del libro tiene una fuerza y un valor extra porque puede ser "el empujón para hablar de cosas que son incómodas". Y indica que si bien "todo el mundo empatiza con una criatura violada", no siempre hay tanta comprensión con el comportamiento de una persona adulta violentada.

És casi obligado comparar la experiencia y el libro de Plujà con la vivida por la francesa Gisèle Pelicot, a quien su marido ofrecía para que hombres desconocidos la violaran mientras dormía. “El libro de Marta es más valiente porque, a diferencia de la señora Pelicot, ella sí que recuerda todo lo que vivió y eso es más doloroso”, apunta. "¡Pues qué suerte tiene!", responde Plujà, que afirma haberse "desnudado" como adulta.

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