¿Por qué las bolsas de patatas fritas hacen crujido? La industria se las piensa todas
La industria alimentaria inventó el truco para que el consumidor sintiera y pensara antes de abrir el paquete que aquellas patatas son muy crujientes
Abrid una bolsa de patatas fritas. Con las manos es muy fácil: solo necesitáis los pulgares y los índices. Con estos dos dedos de cada mano haced pinza y estirad la bolsa en sentidos opuestos. Y entonces oiréis el sonido: metálico, inconfundible. No es estridente, sino un clic-clic bonito, crujiente. Y el adjetivo no es vano: si abrierais la bolsa con los ojos cerrados, sabríais perfectamente que dentro encontraréis patatas fritas. El día que la industria alimentaria pensó en aumentar la venta de patatas fritas, “los especialistas en marketing intuyeron que tendría sentido hacer que el sonido del envoltorio fuera congruente con las propiedades sensoriales del contenido”, explica el psicólogo Charles Spence en el libro Gastrofísica. La ciencia de la comida (Paidós). Tiene sentido: si la industria alimentaria quería vender patatas fritas crujientes, que hacen crec-crec cuando se muerden, el envoltorio tenía que hacer el mismo sonido, porque así todos los sentidos del cuerpo se preparan para intuir que lo que están a punto de comerse es un bien de los dioses.
Pero hubo una marca de patatas que se dio cuenta de que tenía que hacer algo, porque vendía sus patatas fritas, todas idénticas y exactas, en una caja metálica. Me refiero a la marca Pringles, que estudió cómo podía aplicar también la teoría del crec-crec: “Pringles ha procurado realzar el sonido de la lámina metálica que precinta sus envases”. Y todo esto porque, “cuanto más fuerte es el ruido que hace la bolsa o el paquete cuando lo abrimos, más crujientes creemos que son las patatas fritas que hay en el interior”.
Matan el hambre, pero no alimentan
Todo esto son trucos de la industria alimentaria que está bien que conozcamos, porque en realidad las patatas chips son un alimento grasiento. Tal como salen de la tierra, cocinadas de una manera saludable (al vapor, hervidas, guisadas) aportan hidratos de carbono complejos, que quiere decir que el cuerpo obtiene energía durante más tiempo que los hidratos de carbono simples (los azúcares). Si estas patatas al vapor o hervidas las combinamos con verduras o legumbres, como hemos hecho toda la vida en casa, entonces la combinación hace una comida más completa. La patata hervida con judía verde, un plato que el cocinero Jordi Vilà prepara con éxito cada día tanto en el menú de degustación como en el restaurante Alkostat, es uno de los mejores ejemplos que podemos poner.
Ahora bien, todo esto cambia cuando las patatas se fríen a altas temperaturas y obtenemos las chips, hecho que se relaciona con la temida acrilamida, vinculada con enfermedades. Además, no alimentan, sino que solo matan el hambre. Y a menudo van ligadas a altos contenidos en sal y colorantes, como es el caso de algunas variedades (pensad, por ejemplo, en las chips de color naranja). Por suerte, en casa no están presentes en todas las comidas, como sí que pasa en otros países, donde los niños hasta llevan a la escuela para desayunar. Deberían ser una comida ocasional, una excepción. Y cuando comemos, cuando abrimos una bolsa, que seamos conscientes de que la industria alimentaria sabe cómo seducirnos con todos los sentidos.