La frase "La cocina catalana es el paisaje en la cazuela", no aparece en ninguno de los libros de Josep Pla, como asegura el estudioso Xavier Pla, aunque constantemente se le atribuye. Tanto Xavier Pla como Jaume Subirós subrayan, eso sí, la voracidad insaciable del escritor, por lo que los restaurantes le interesaban, porque allí pasaban cosas que podía relatar. Una anécdota final que Subirós recuerda con una sonrisa: "Un día, con Josep Mercader y su amigo Francis Guth se fueron a comer, y volvieron a los quince días: llegaron a ir a Yugoslavia ya Londres para conocer su cocina".
El escritor que fue acusado de ser espía de Franco y que elogiaba a los peces del Empordà y los negronis
Reunimos en el Motel Empordà el biógrafo de Josep Pla, Xavier Pla, y el cocinero y jefe de sala Jaume Subirós, que le trató desde los años 70 hasta su muerte
HiguerasHubo un día, hacia los años 70, que Josep Pla hizo hacia el Motel Empordà, y hasta su muerte estuvo ligado a él para siempre. Se hizo muy amigo de Josep Mercader, el fundador del Motel, y más tarde, de Jaume Subirós, yerno de Mercader, a quien Pla pidió, en la muerte de Mercader, que no tocara nada del restaurante, que siguiera haciendo los mismos platos. Las frases literales fueron: "Hay casas en las que el heredero empieza a realizar cambios, y entonces se hunden". Y le dio otro consejo: "Hay clientes con los que tendrá que vigilar, porque solo vendrán para ver si se cae y cierra; así que no cambie nada".
Sobre el escritor Josep Pla se ha escrito y dicho de todo, pero hay dos personas en el mundo que pueden conjugar ambos verbos con seguridad. El primero es Xavier Pla, el biógrafo, autor del libro Un corazón furtivo (Destino), que ha consultado toda la documentación escrita de Josep Pla para redactar un libro de más de 1.000 páginas, que lleva más de 15.000 ejemplares vendidos. El segundo es el cocinero y jefe de sala Jaume Subirós, que dirige el Motel Empordà junto con sus hijos Jordi, Albert, Lluís y Sílvia, y su esposa, Anna Maria Mercader, hija de Josep Mercader. Subirós trató a Josep Pla durante años, y fue él quien le preparaba y le llevaba la comida mientras se estaba ingresada en una clínica de Figueres, que él mismo le había buscado. Para preguntarles sobre lo que comía y bebía Josep Pla los reunimos a ambos, Xavier Pla y Jaume Subirós, en el Motel Empordà un mediodía de invierno. La conversación comienza con un negroni en sus manos, recordando que el 8 de marzo era el aniversario de Josep Pla. Este 2026 habría cumplido 129 años.
"Josep Pla hizo beber un negroni al padre abad de Poblet un día, y cuando se le bebió, le dijo: «No se aficione ahora usted»", dice Jaume Subirós, que le recuerda con vehemencia. Xavier Pla asegura que el escritor era muy aficionado a los vermuts italianos, y de ahí la manía con el negroni, que lleva, a partes iguales, ginebra, Campari y vermut rojo dulce. Subirós opina que al escritor siempre se le recuerda viejo, con la boina, con los achaques de la edad: "¿Por qué no sacamos fotos de él como el hombre corpulento, alto y de buena estampa que fue de joven?", dice, y añade que, como cliente, demostró muy pocas dotes económicas. Y la frase la remarca porque en la biografía Xavier Pla pudo comprobar que durante los años de juventud, en los años 30, el escritor estaba obsesionado por el rendimiento económico del patrimonio familiar. Y lo hacía a pesar de estar lejos de la masía solariega, porque mi padre no se ponía, y, además, con la poca traza que tenía, lo complicaba todo. En cambio, en el Motel, "hacía una comida que costaba más de 3.000 pesetas, nos daba quinientas y nos decía que el cambio nos lo quedáramos", dice Subirós, quien también recuerda que de sus viajes por Europa le traía billetes. "Me dio un día billetes suizos, y me dijo que no los llevara al banco; que me los quedara".
Pan con aceite de oliva, mojado con leche
Como se quedaba a dormir a menudo en el Motel, Subirós observó que el escritor se iba tarde a dormir, bajaba a desayunar a las doce pasadas el mediodía, y entonces tomaba un vaso de leche con una tostada con aceite de oliva. Una vez bien mojada con aceite, la ponía dentro del vaso de leche, la ablandaba, y así se la comía. La mezcla del aceite con la leche a Jaume Subirós siempre le ha sorprendido, pero él sabe que Josep Pla se lo comía así porque tenía pocos dientes, no podía masticar demasiado. "Con estos horarios que hacía, cuando he oído que Josep Pla fue un espía franquista he pensado: «Ojalá todos los espías franquistas hubieran sido así»". Subirós opina que era imposible que trabajara, porque el escritor se preocupaba en exclusividad de sus cuartillas y la pluma, que llevaba a todas partes, por escribir. En este sentido, Xavier Pla comenta que en la biografía, con la documentación que encontró, escribió que durante unos años trabajó en una oficina de información y propaganda en Marsella junto a su pareja, Adi Enberg. Allí preparaban dossieres de prensa, "no era espionaje"; "lo hizo durante unos meses para sobrevivir, y no es cierto que estuviera de espía", afirma el biógrafo, Xavier Pla, quien añade que, cuando el dictador Franco entró por la avenida Diagonal de Barcelona cuando la ciudad cayó, él iba en otro coche, detrás. "Siempre le interesó el poder, pero fue él quien logró una brecha del franquismo para convencer a la censura de que debían dejar que se escribiera en catalán".
Volvemos a los platos que comía. Para desayunar, pues, una rebanada de pan con aceite mojada dentro de la leche. Para el almuerzo, sopa de tomillo, y de segundo, quizá un zorzal o un corball en el horno, que era su pescado preferido. Y así lo dejó escrito en el libro Lo que hemos comido. "Tenía curiosidad por cualquier cosa de la vida; conozco a pocas personas que sean capaces de hablar con conocimiento del filósofo Montaigne y de los guisantes o de los peces", dice Xavier Pla, que recuerda que en 1925 publica Cosas vistas, en el que escribe por primera vez sobre comida. Cuando lo hace, Josep Pla había estado en Italia, y había llegado a la idea política de que Cataluña debía tener una cocina propia, y de ahí todos los demás textos que escribió más tarde, como Langosta y pollo (publicado en 1952) o lo mismo Lo que hemos comido (de 1972). O también la Guía de Mallorca, en el que dedica líneas a la comida.
En este punto, el biógrafo, Xavier Pla, recuerda que en la Guía de Mallorca (de 1948), Josep Pla explica que visitó Pollença y se fue a una fonda. Allí vio que en la carta había bistec con patatas y merluza rebozada. Entonces, Josep Pla pregunta al dueño qué va a comer para cenar, y le responde: sopas mallorquinas. "Yo quiero sopas mallorquinas para comer, también", le dijo Pla, que opinaba que a los clientes de la fonda les daba una comida adocenada, y el propietario se reservaba lo mejor. En resumen, que al final le pusieron en la mesa un plato de sopas mallorquinas, y logró que todo el mundo que almorzaba en la fonda se interesara por el plato, y lo acabó compartiendo. "En 1948, Josep Pla había captado que los restaurantes vivían al margen de la tradición culinaria del país, y él la reivindicaba para que nadie se acomplejase, que es lo que hacía el propietario de la fonda, que se comía las sopas en la trastienda", dice Xavier Pla, que piensa que el hecho podría pasar por actual.
De la anécdota, el escritor sacaba una lección. Mejor, un libro. Jaume Subirós está de acuerdo, y recuerda que el día que su suegro, Josep Mercader, le llevó el plato de habas a la catalana con la versión que había hecho de 1973, que era de una ligereza exquisita, Josep Pla lo rechazó y le pidió las habas a la catalana tradicionales. En el Motel, la reinterpretación de las habas a la catalana, con ese toque de menta y ese mordisco al dente de las habas, que no son ablandadas, marcaron un antes y un después en la cocina catalana, y hoy en el restaurante aún se pueden comer cuando es temporada. Es un plato sublime.
Años más tarde las hermanas de Josep Pla, Maria y Rosa, confiaron a Jaume Subirós que el hombre no comía nada. No estaba bien. Era el último año de su vida, en 1981. Subirós le buscó una clínica de Figueres, y todos los días que estuvo allí, tanto al mediodía como por la noche, le trajo la comida (arroz a la cazuela con zorzal; albóndigas con sepia; pescado a la brasa; huevos fritos, huevos; naranja en la naranja). Había mediodías que le sacaba de la clínica para que comiera al Motel, y después se lo volvía a llevar a las 16 h. Y así estuvo febrero y marzo, entrando y saliendo. Por San José, Subirós le llevó a Perpiñán. Al día siguiente, en Poblet. Y en abril, Josep Pla se trasladó al Mas Pla. Allí, el 21 de abril, las hermanas volvieron a llamar a Jaume Subirós y le dijeron que se encontraba muy mal, pero que, sin embargo, se había tomado el caldo de una escudilla y había sabido, sólo con la cata, que no la habían preparado ellas dos, sino que la había cocinado Lola de la Pera. "Literalmente, dijo a las dos hermanas: «Vosotros en tu puta vida habéis hecho escudilla; la ha hecho Lola de la Pera»", dice Subirós, que remarca el refinado paladar que tuvo hasta los últimos días de su vida. "Y después se ha dicho que Josep Pla no sabía, que no sabía comer, que todo era una máscara y falso; no fue así", dice Jaume Subirós, y Xavier Pla asiente: él mismo también lo escribió en la biografía. Finalmente, el escritor murió un día memorable, el 23 de abril de 1981. "Nos lo amamos mucho, Josep Pla", concluye Jaume Subirós.