Ficción, mentira y relatos de poder
BarcelonaHace unas semanas escuché una conversación de Jordi Puntí, en la que hablaba de su novela Confete, sobre la vida de Xavier Cugat (Proa). En un momento dado, Puntí dice que "un escritor es un mentiroso por antonomasia", porque la ficción crea mundos verosímiles que no son reales.
Estos días he estado pensando en ello. La ficción, efectivamente, inventa, pero inventar no es mentir porque, a la postre, no esconde que construye un mundo, ni que lo hace desde un punto de vista concreto (el de un narrador). La mentira, en cambio, no es una cuestión de verosimilitud sino de responsabilidad: nace con la intención de engañar. La ficción propone un "como si" compartido y el lector (o espectador u oyente) acepta que lo que recibe no es literalmente cierto. Uno de los ejemplos más paradigmáticos de esta distinción es el de Orson Welles y la primera emisión radiofónica de La guerra de los mundos: la obra era una ficción, pero se presentó con los códigos informativos de una transmisión real, y muchos oyentes entraron en pánico porque no sabían interpretar lo que estaba pasando.
Hoy en día no existe riesgo de confundir una ficción con una invasión alienígena. El problema es que este mecanismo se ha normalizado fuera de la ficción narrativa: lo vemos en la política contemporánea, cuando el poder construye relatos sobre sus propias actuaciones e intenta arrojar luz de gas a los mismos hechos, presentando la realidad de una manera que disuelve las responsabilidades, hasta el punto de hacer dudar de lo evidente.
Perder la identidad
Cuando este mecanismo se instala en los relatos culturales, políticos o sociales, resultan crónicas de la realidad explicadas en voz pasiva: las cosas "pasan", se "transforman", "evolucionan", pero no encontramos quién ha decidido, quién ha intervenido o quien es responsable. Esta forma de narrar la realidad sin asumir responsabilidad se aprecia, por ejemplo, en algunas entrevistas a Jordi Amat, a propósito de su ensayo Las batallas de Barcelona (Ediciones 62), en la que presenta la descatalanización de la capital de Cataluña como una consecuencia casi natural de la globalización, la inmigración o el éxito urbano. Amat adopta el tono de un cronista que observa entristecido a una ciudad que pierde su identidad como si le fuera ajena, a pesar de hablar desde una posición de poder cultural que ha contribuido activamente a hacer posible esta transformación que presenta como inevitable.
Otro ejemplo reciente de este mecanismo narrativo de echar las culpas hacia fuera lo encontramos en la respuesta de Jaume Ripoll, cofundador y director editorial de Filmin, después de la polémica por la programación del documental Ícaro: la semana en llamas, sobre las cargas policiales contra manifestantes independentistas en Barcelona. Ripoll defiende que programar una obra no equivale a suscribir su enfoque. Pero editar, programar o publicar nunca es un gesto neutro: implica un marco mental, una jerarquía y una toma de posición. Cuando las decisiones culturales se presentan como simples actos técnicos o de libertad de expresión, el relato vuelve a operar en voz pasiva, es decir, sacudiéndose de encima las responsabilidades.
Paradójicamente, quizás la ficción acaba siendo el lugar más honesto: no porque diga la verdad, sino porque no se esconde y asume, siempre, desde donde habla.