Muere Josep Piera, el escritor y poeta que supo transmitir la pasión por la vida y la literatura
Piera, Premio de Honor de las Letras Catalanas, deja un vastísimo legado en narrativa, poesía y dietarios
BarcelonaEl poeta, narrador, ensayista, articulista y traductor valenciano, Josep Piera (Beniopa, Gandía, 1947), ha fallecido a los 78 años. Se consideraba sobre todo poeta, pero dejó un puñado de libros de prosa memorables, entre los que se encuentran El cingle verd (Destino, 1982) –con el que ganó el premio Josep Pla–, Estiu grec (Destino, 1985) y Ací s'acaba tot (Edicions 62, 1993), que la joven editorial Cap de Brot reeditó en una versión corregida y ampliada. En 2023 recibió el 55º Premi d'Honor de les Lletres Catalanes, que otorga Òmnium Cultural. En aquel momento, expresó su asombro por recibir el premio y cómo entendía la literatura: "Esto de escribir en nombre de todos lo encuentro de una petulancia extraordinaria. Uno escribe de lo que sabe, de lo que siente y de sí mismo. Pero eso tiene que devenir compartible, simbólico. Si no, a los demás, ¿qué narices les puede interesar? Aquí es donde entra la literatura, y yo soy un animal de palabras", aseguró.
Hace tan solo quince días, cuando lo ingresaron, lo único que le preocupaba era que su editora, Pilar Beltrán, recibiera la última versión de Una amistat proscrita, que publicará Edicions 62. "Estaba inquieto por hacérmelo llegar, y es un proyecto que lo ha mantenido muy ilusionado y motivado los últimos tiempos", asegura Beltrán. Es una novela histórica sobre los Borja en la Valencia del Siglo de Oro. "Piera era una persona muy vital, que buscaba el contacto con la naturaleza pero también compartir tiempo con los amigos. Para él, la literatura lo era todo, vivía por la literatura", explica Beltrán. "Tenía muchas vertientes: la narrativa, la poesía, la memorialística, las novelas de viajes… Pueden parecer mundos diferentes, pero todo es un solo corpus. Era muy sensorial. Es increíble cómo describía, por ejemplo, los olores", añade.
Tenía una salud precaria desde hacía tiempo. Hace poco más de un año, en una entrevista a l'ARA, explicó que seguía puliendo sus memorias y recordaba la emoción de recibir el Premi d'Honor. "Todavía tengo presente la tarde en que me entregaron el premio en el Palau. Todos me aplaudían y yo levantaba los brazos para dar las gracias. Iba alucinado y no había tomado nada, ¡te lo prometo!". Piera fue también un gran activista cultural, con actividades como el Any del Tirant y la revista Cairell. Con su poesía convirtió la memoria y vivencias y lugares concretos en algo íntimo que sabía hacer llegar al lector. Con sus palabras, fue capaz de llevar a quien lo leía por ciudades y personajes de las diversas orillas del Mediterráneo.
Piera estudió magisterio en Valencia, donde coincidió con el movimiento literario conocido como la Generación de los 70, de la que él fue uno de sus máximos representantes. En 1974 dejó la ciudad de Valencia para irse a vivir, con su compañera, a la Drova (Barx), donde pasó los veranos de su infancia y que acabó siendo uno de los paisajes míticos de su obra. En 1979 obtuvo el premio Carles Riba con El somriure de l'herba (1980). También durante estos años comenzó a viajar por el Mediterráneo. En Ací s'acaba tot (1993) explica precisamente su primer viaje a Sicilia y la larga temporada que pasó hospitalizado en Gandía a causa de un brote grave de la enfermedad de Crohn, que en aquellos momentos no era nada conocida. "A los 40 años tuve que aprender a ser otro –recuerda ahora–. Vivir casi un año ingresado en un hospital, muy enfermo, me hizo humano. Cada insignificancia que conseguía se convertía en una maravilla. Nunca olvidaré el día que pude salir de mi habitación y mirar, a través de la ventana, cómo los niños salían de la escuela y los viejos charlaban en la calle", dijo a l'ARA.
Pasión por el sur de Italia
El escritor y poeta disfrutaba mucho de aquellos viajes, se llevaba un cuaderno para tomar notas y la cámara de fotos. Recorrió países como Grecia, Marruecos, Israel y el sur de Italia. "Mientras el curso 1985-1986 hacía de lector de catalán en Nápoles me di cuenta de que mi Italia es la del sur –reconocía–. Nápoles y, más adelante, Sicilia, me educaron para entender la belleza de la degradación. Me di cuenta de que no había gran diferencia entre los montones de basura que había por todas partes y las esculturas e instalaciones de los museos".
En 1980 dejó atrás el mundo de la pedagogía para dedicarse plenamente a escribir. En 1981 obtuvo el premio Josep Pla con El cingle verd (1982). El título, escrito a modo de dietario, es un lugar real, un espolón de la sierra de Aldaia, y Piera, en primera persona, expresaba su amor por su tierra, pero también reflexionaba sobre el paso del tiempo. En esta época, escribió Estiu grec (1985) y Un bellíssim cadàver barroc (1987). De 1991 a 1993 dirigió la editorial Tres i Quatre. En 1991 le otorgaron la Creu de Sant Jordi.
Un gran biógrafo
Piera fue también un gran biógrafo. En cada una de estas biografías, Piera intentó entender a la persona a quien retrataba, ver más allá. Supo dotar a March de un perfil más humano en Yo soy este que me llamo Ausiàs March (2001); alejó a Francisco de Borja de los excesos místicos y religiosos en Francisco de Borja, el duque santo (2009), premio Joanot Martorell, y fue muy riguroso y ponderado en El sueño de una patria de palabras (2012), sobre Teodor Llorente, Premio de Ensayo Mancomunidad de la Ribera Alta.
Últimamente, había retomado su ciclo de memorias, que incluye títulos como Puta posguerra (Ediciones 62, 2007) y Cambio de rumbo (Alfonso el Magnánimo, 2023).