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Deportes 28/02/2022

Asedio a Roman Abramovich, el propietario del Chelsea y fiel aliado de Vladímir Putin

Las sanciones pueden afectar al campeón de Europa por los vínculos de su propietario, que fue gobernador por el partido de Putin, con el Kremlin

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BarcelonaEn marzo del año 2000 Roman Abramovich aterrizó en el aeropuerto de Anadyr subido en un vuelo privado. En el mismo aeropuerto, negoció con las autoridades locales disponer de un helicóptero para pasar una semana visitando a un montón de poblaciones de la región de Chukotka, el punto más al este de Rusia, justo al otro lado de Alaska. Una zona mayor que la península Ibérica habitada por apenas 50.000 personas, buena parte de ellas en Anadyr. Una de las regiones más frías y remotas del planeta, con más renos que personas. Un paraje gélido rodeado por el estrecho de Bering y el océano Ártico. Abramovich aterrizaba para darse a conocer. Aunque nunca había vivido ni tenía ningún familiar allí y era la primera vez que pisaba la región, estaba dispuesto a convertirse en su gobernador. Y para ganar las elecciones, le tocaba darse a conocer y prometer una subida de millones. Hizo ambas cosas, claro. Ganó las elecciones por el partido de Vladímir Putin.

Esta semana Roman Abramovich ha explicado que se aparta de la gestión diaria del Chelsea, el club que compró en 2003, y cede las responsabilidades a la fundación del club. Una jugada para evitar que las sanciones que pueda recibir por ser un fiel aliado de Putin afecten al equipo del oeste de Londres. Abramovich, que del 2018 al 2020 no pudo entrar en Reino Unido porque le denegaron la visa por sus negocios en Rusia, hace tiempo que no se deja ver por la capital británica, donde tiene una mansión. Según el diputado laborista Chris Bryant, el movimiento del magnate ruso no deja de ser "teatro" para evitar posibles sanciones. Bryant pidió al Parlamento que Abramovich sea castigado por las autoridades británicas porque "en 2019 ya se informó de su conexión con el estado ruso y con actividades corruptas". En declaraciones al The Guardian, Bryant ha pedido que los bienes del magnate de 55 años en Reino Unido sean congelados. Y uno de sus bienes es el Chelsea, club que emitió el domingo un pequeño comunicado en el que afirmaba: "La situación en Ucrania es horrible. Nuestros pensamientos están con la gente de Ucrania. Todo el mundo en el club ruega por la paz". A la espera de ver si una acción del gobierno británico contra el magnate afecta al club, el día a día ahora recae en la fundación y en la CEO del club, la rusa Marina Granovskaya. El Chelsea, vigente campeón europeo, espera novedades, consciente de que se puede pinchar la burbuja en la que vive desde el año 2003, cuando aterrizó en la ciudad este empresario, fiel aliado de Vladímir Putin.

Abramovich vendía patitos de juguete por las calles de Moscú a finales de los años 80, cuando las autoridades soviéticas le detuvieron más de una vez por vender sin permiso. Cuando la URSS cayó, Abramovich y su esposa Olga estaban dispuestos a todo por no pasar hambre nunca más. El primer paso fue empezar a producir juguetes en su pequeño piso. 10 años después ya era uno de los hombres más ricos de Rusia, después de comprar decenas de empresas. Algunas las liquidaba. Otras las potenciaba. En los años 90, en la salvaje era de la privatización de toda la economía soviética, aquellos que estaban dispuestos a todo hicieron fortuna, en muchos casos. Otros acabaron perdiendo la vida en revanchas mafiosas. Abramovich salió adelante bastante bien, aunque pasó algunos meses en prisión acusado de apropiación ilegal de bienes públicos. El juicio fue declarado nulo.

De Yetsin a Putin, dejando amigos por el camino

El actual propietario del Chelsea se había convertido en uno de los grandes oligarcas en el sector del petróleo y el gas, cuando en 1995 compró buena parte de la empresa del sector del petróleo Sibneft junto a Borís Berezovski, un empresario bien conectado con Borís Yeltsin. Para ello, pagaron sobornos a trabajadores estatales para poder rebajar artificialmente el precio de las acciones. Acusados por la justicia, admitieron haber pagado los sobornos y gozar de la protección de grupos criminales. Abramovich tuvo que pagar una fuerte multa, pero evitó la cárcel. Y no perdió las acciones de Sibneft, una de las empresas que sufre las sanciones de la comunidad internacional estos días.

Con 30 años, Abramovich ya era tan poderoso que llegó a vivir en 1996 en uno de los edificios interiores del Kremlin para estar cerca de Yeltsin. Su socio Borís Berezovski, por cierto, sí acabaría en prisión, acusado de corrupción ya con Vladímir Putin en el poder. Abramovich no, porque supo acercarse a Putin cuando la estrella de Yelstin ya se apagaba. En 1999, un año antes de la llegada al poder de Putin, Abramovich ya estuvo en su fiesta de cumpleaños. Cuando Putin decidió castigar a un Berezovski demasiado poderoso, Abramovich declaró contra su antiguo socio en el juicio.

Y para demostrar su fidelidad a Putin, entró en su partido Rusia Unida, pactando con el que se convertiría en el gobernador de la remota región de Chukotka, una zona deprimida, con una población cada vez más vieja, un grave problema de alcoholismo y donde uno de los pocos negocios es vender colmillos de morsa. Abramovich llegó ese año 2000, y se dejó ver en las pocas ciudades y en las remotas villas de los chukchis, la población autóctona, algunos de ellos todavía hoy nómadas que andan persiguiendo animales por parajes helados. Abramovich, naturalmente, ganó las elecciones. Y tan buen recuerdo dejó, que fue declarado hijo ilustre de la región a pesar de haber nacido en Saratov, a 10 horas de vuelo, y dejarse ver poco. A partir del 2003, cuando compró el Chelsea, menos. Prefería Londres a Anadyr, donde se creó una peña de seguidores del club inglés. Abramovich se gastó más de 900 millones de euros para mejorar las condiciones de vida de la población construyendo bibliotecas, piscinas climatizadas, escuelas, calefacción para las calles y creando puestos de trabajo. La natalidad creció. El alcoholismo bajó. Y cuando fue reelegido, lo logró con más del 90% de los votos. Ni el propio Putin conseguía generar tanto consenso en unos comicios.

Abramovich dejó de ser gobernador de la región en 2008, cuando Putin sacó adelante un decreto según el cual los cargos públicos debían tener toda su fortuna en Rusia. Más de un oligarca con cargo dimitió, uno de ellos Abramovich, que ya estaba harto de hacer un viaje anual a la otra punta del mundo. El decreto de Putin tenía la intención de ver claro quién le era leal, puesto que más de un oligarca había parecido coquetear con los opositores. Abramovich no era uno de ellos. Su fidelidad estaba fuera de toda duda, ya que entonces era una de las figuras clave para asegurar que Rusia organizaría el Mundial de fútbol de 2018. La candidatura, oficializada en 2009, lograría ganar en 2010, con Abramovich aprovechando los contactos realizados como presidente del Chelsea para ganar apoyos.

Pendientes de las sanciones

Putin confía tanto en él que en 2012 llegó a ordenarle que comprara acciones de la firma minera Norilsk Nickel porque se vivía una guerra entre dos oligarcas para controlarla. Y Putin decidió que para evitar el conflicto, pondría de por medio a Abramovich, que acabó declarando ante un juez por este caso. "Abramovich siempre se sale con la suya", explica el periodista Dominic Midgley, autor de un libro sobre este oligarca que ha hecho que el Chelsea, tradicionalmente un club de segunda fila en Inglaterra, gane 22 títulos en 19 años, entre ellos dos Ligas de Campeones. Su llegada al fútbol no era una casualidad. “Le invitaron a un partido en el Bernabéu y se dio cuenta del poder que tenía. Fue entonces cuando empezó a estudiar el mercado. Y tenía claro que quería un club de Londres, donde los oligarcas rusos prefieren vivir e invertir”, explica Midgley. "El Chelsea es una operación de imagen y Abramovich sabe que pierde dinero", añade. Ahora el futuro del Chelsea puede cambiar de nuevo por culpa de Abramovich. La hija del magnate, Sofía, de 27 años, ha utilizado las redes sociales estos días para publicar mensajes contra la guerra, así como uno donde decía que "una de las mayores mentiras es decir que todos los rusos apoyan a Putin". Su padre se calla. Y el día que comenzaba el ataque sobre Ucrania su jet aterrizó en Mónaco; donde se ha refugiado, esperando novedades.

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