La gran paradoja del fútbol catalán
Por qué en Cataluña, la demarcación líder del Estado en fichas federativas, casi no hay estadios aptos para jugar en las grandes categorías?
BarcelonaLa semana pasada comenzaron las obras para sustituir el césped del Narcís Sala, que a partir de noviembre ya podrá acoger partidos de Primera Federación. El ascenso de categoría del Sant Andreu le obliga a instalar césped natural en su estadio, una norma que ha levantado mucha polvareda últimamente. “A los jugadores nos gusta. Si está en buen estado, es mucho mejor la superficie natural que la artificial. Casi es como si fuera otro deporte. El balón corre diferente y lo golpeas y controlas mejor”, dice Robert Simón, que ha jugado buena parte de su carrera sobre césped natural: “Es un aspecto a tener en cuenta cuando valoras ofertas de clubes. Puede decantar la decisión”.
“Con césped artificial tienes más dolencias porque suele estar más duro”, añade el extremo, que el año pasado sufrió fascitis plantar a causa del estado del césped sintético del campo del Badalona, su actual equipo. “Es habitual que jugadores que vienen de césped natural tengan problemas en el tobillo o en la planta del pie. También dolores articulares, de rodilla o cadera, y sobre todo fatiga muscular. De todas formas, el aspecto clave es el estado de la hierba, sea natural o artificial. Y la de Badalona es muy vieja”, comenta Pau Vela, fisioterapeuta del club escapulado, que también está en proceso de cambio de césped.
El equipo badaloní juega en Tercera RFEF y no tiene la obligación de jugar sobre superficie natural, pero comparte estadio con el Badalona Women; la Primera División femenina sí que lo exige. La temporada pasada sus futbolistas se entrenaban en Badalona y jugaban en Palamós, donde hay hierba natural. Robert Simón sabe muy bien lo que comporta: “En medio año en el Cornellà, jugué de local en cuatro campos diferentes: RCDE Stadium, Ciudad Deportiva del Espanyol, la Bòbila de Gavà y Palamós. Es evidente que esta es una de las causas de que bajáramos de Primera RFEF”.
El exilio forzoso del Europa
Al igual que el Sant Andreu, el Europa también compite en la categoría de bronce. Pero su situación es más enrevesada: debajo del Nou Sardenya hay un gimnasio y un parking, y la obra requiere unos estudios previos de viabilidad y seguridad mucho más complejos. Las perspectivas más optimistas apuntan a que hasta principios de la temporada 2027-28 no dispondrá de césped natural. Esto significa que el equipo de la Vila de Gràcia volverá a jugar un año más en el exilio, en Can Dragó, en una pista de atletismo reconvertida.
“En el Sardenya llegamos a los 3.400 socios y esta temporada prevemos que tendremos alrededor de unos mil menos. La marcha a Can Dragó también afecta en términos de patrocinio y muy significativamente el ticketing: hemos pasado de vender 1.000-1.500 entradas por partido a estar cerca de 200 o 300”, explica el presidente del Europa, Hèctor Ibar, sobre el impacto económico del cambio de estadio y de barrio, cifrado en casi 400.000 euros. En este sentido, el Ayuntamiento de Barcelona, propietario del Sardenya, asume este curso el alquiler y mantenimiento de Can Dragó y el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, se comprometió públicamente a ayudar al Europa a encontrar fórmulas para sanear la brecha económica derivada del destierro.
El drama infraestructural catalán
Al perjuicio pecuniario, hay que añadirle el traslado de buena parte del fútbol base europeísta al campo de las Llars Mundet y el impacto deportivo que supone abandonar el Sardenya: “Hemos estado un año entero sin perder en casa”. Desde el club gracienc se sienten engañados por Louzán –“Nos dijo que nos ayudaría y no lo hizo”– y consideran que se trata de una norma absurda: “En la Champions se puede jugar con césped artificial, ¿eh? Y aquí hay campos que son auténticos patatales”.
La norma del césped, por cierto, fue aprobada con el visto bueno de Joan Soteras, máximo responsable de Primera RFEF al inicio y actual presidente de la Federación de Fútbol de Catalunya, una comunidad autónoma con un grave déficit de campos aptos para competir en la categoría de bronce: de césped natural y con una capacidad mínima de 3.000 espectadores. Aparte de Barça, Espanyol, Girona, sus respectivas ciudades deportivas y Montjuïc, solo Nàstic, Sabadell, Lleida, Palamós, Reus, Gavà y Olot cumplen los requisitos que pide el ente federativo. Un drama infraestructural que no se reproduce en Andalucía o Madrid (en la capital española hay seis estadios que son aptos; en Barcelona solo dos), por la gran cantidad de equipos con pasado y presente en Primera y Segunda.
La decisión responsable del Tona
“Aunque parezca que un campo de césped natural es muy sostenible y económico, no es así. Nosotros hemos dejado de lado el romanticismo de jugar en césped natural y planteamos al Ayuntamiento pasar a artificial para dar un impulso al fútbol base. Así dispondremos siempre de dos campos”, expone Joaquim Carandell, presidente del Tona, de Tercera RFEF. Por responsabilidad, a partir de octubre cambiará de superficie, tal como hizo hace años el Vic o más recientemente el Riuprimer, otro campo icónico de Osona.
“Entre agua y mantenimiento, tiene un coste de 50.000 o 60.000 euros al año. Todo ello porque solo se jueguen cuatro partidos al mes. Además, durante la sequía de hace dos años casi nos quedamos sin hierba”, añade Carandell, que entiende que la superficie está muy ligada al número de licencias: “Quizás en Navarra o La Rioja hay pueblos que se pueden permitir tener un campo de césped natural. Pero aquí, un Hospitalet o un Europa puede llegar a tener 500 o mil niños en el club. Es inviable”.
Un oasis en la Garrotxa
“Cuando Eudald Morera, que era directivo del club, arrancó el negocio de RoyalVerd, comenzó a desarrollar su producto en nuestro campo”, desvela Jordi Sargatal, directivo de operaciones de la UE Olot, un club de Segunda RFEF que juega y se entrena sobre césped natural. El conjunto volcánico es la envidia del fútbol modesto y en verano los grandes clubes catalanes e internacionales se pelean por jugar partidos de pretemporada en su estadio y en el campo de les Brides de RoyalVerd, una empresa garrotxina líder en la instalación y mantenimiento de césped con un vínculo muy estrecho con el equipo de su casa.
“El césped natural también tiene sus cosas negativas, ¿eh? Es lógico que los clubes se planteen si es imprescindible. Por ejemplo, nosotros tenemos el fútbol base desplazado a otras instalaciones”, dice Sargatal, que vive permanentemente pendiente del tiempo: “Aunque tengas los mejores cuidadores, la climatología lo es todo. Y el clima de la Garrotxa ayuda. Pero si llueve, tenemos que reubicar las sesiones para no estropear el césped. Te lo puede destrozar. Hay que tener muchísima cura”, comenta el de la Garrotxa, que conoce como pocos la letra pequeña del césped natural y trabaja para hacer brillar cada quince días la hierba del campo del Olot, un pequeño oasis en medio del drama infraestructural que sufre el fútbol catalán.