Juegos Olímpicos
Deportes 18/07/2021

Tokio, los Juegos Olímpicos más extraños de la historia

Sin espectadores y en estado de alarma, la cita llega justo en pleno debate sobre el movimiento olímpico

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Vista de las sortijas olímpicas en Tokyo

BarcelonaUna semana antes del inicio de los Juegos de Tokio, el presidente del Comité Olímpico Internacional, el alemán Thomas Bach, aterrizó en Japón consciente de que llegaba a un país donde casi tres cuartas partes de la población había expresado su deseo de cancelar definitivamente la cita. Bach fue recibido por supervivientes de la bomba atómica de Hiroshima que lo acusaban de usar el dolor del pueblo japonés cuando afirma que “los Juegos serán la salida del túnel después de tantos muertos” y evitarán pérdidas económicas millonarias. No se puede decir que aterrizara con buen pie. En su primer discurso, dijo que confiaba en la capacidad de los “chinos” para organizar tal como Dios manda la cita olímpica. Los traductores japoneses intentaron maquillar su error, sin suerte.

Los XXXII Juegos Olímpicos de Verano son los “más extraños de la historia del movimiento olímpico”, tal como admite el vicepresidente del COI, Pere Miró. Tanto, que los Juegos del 2020 se hacen en 2021. “La pandemia lo ha alterado todo, pero se ha trabajado para organizarlos creando una burbuja segura para toda la familia olímpica”, explica. Nunca antes en la historia de los Juegos la cita se había pospuesto un año. Sí que se habían cancelado ediciones por culpa de conflictos bélicos, como pasó con Tokio 1940, pero mover los Juegos un año en el calendario es un hecho nunca visto. Tampoco se habían visto nunca unos Juegos sin espectadores, como finalmente anunció el gobierno japonés hace ya una semana. “La prioridad ha sido evitar pérdidas económicas como sea”, explica el periodista japonés Shingo Sugawara. “No podemos olvidar a los deportistas que llevan años entrenando y el dolor que habría comportado dejarlos sin Juegos. No todo es dinero”, se defiende Miró.

Un hombre mira el estadio olímpico de Tokio

Cuando el Comité Olímpico Japonés decidió presentar su candidatura para ser sede de los Juegos de Verano de 2020, Tokio ya venía de fracasar en la carrera por acoger la cita del 2016. Entonces la carencia de apoyo de la población fue evidente. Pero el terremoto y posterior tsunami en la región de Fukushima, en 2011, lo cambió todo. Organizar unos Juegos modernos podía servir como símbolo de renacimiento después de años de inflación económica y de ver cómo el gran vecino, China, se iba haciendo cada vez más potente. El primer ministro Shinzo Abe quiso hacer como su abuelo, Nobusuke Kishi, que era jefe de gobierno cuando en 1964 Tokio fue la sede de unos Juegos convertidos en el símbolo de un nuevo Japón, capaz de impresionar a los occidentales con sus trenes bala y edificios.

El verano de 2013 Tokio conseguía ser elegida sede por delante de Madrid y Estambul, con un gran apoyo tanto de la población nipona como del movimiento olímpico. “Apostar por Japón era apostar por un estado serio que podría ofrecer una imagen de modernidad a un movimiento olímpico que necesitaba reinterpretarse, después de casos de corrupción y de algunos Juegos donde se había gastado demasiado, como Rio de Janeiro”, explica el periodista británico Andrew Jennings. Pero el coronavirus lo cambió todo. “Lo estamos viviendo sin mucha ilusión y con mucha ansiedad”, admite Shingo Sugawara. “La sensación es que no estamos a punto para organizar estos Juegos”, reconoce, y en este sentido recuerda que menos del 15% de la población está vacunada. En la zona de Tokio, el gobierno confía en tener a toda la población de más de 65 años vacunada esta semana, un ritmo mucho más bajo que el de Europa, por ejemplo. 

El peso de los derechos televisivos

El gran miedo de los japoneses es que los Juegos provoquen una nueva oleada de contagios, a pesar de que el gobierno ha decretado el estado de alarma y ha prohibido, finalmente, la presencia de espectadores. “Japón es un país que ama los Juegos Olímpicos, siempre les hemos dado mucho valor. Pero recuerdo el ambiente los días previos al Mundial de fútbol de 2002, cuando todo era una fiesta. Y ahora parece un funeral”, admite Sugawara. Hiroshi Mikitani, CEO del grupo empresarial Rakuten, ha ido más allá, y ha definido los Juegos como un “suicidio colectivo”. Mikitatni critica duramente el gobierno por no haber cancelado la cita. En los últimos meses, el gobierno de Yoshihide Suga, que en 2020 cogió el relevo de Shinzo Abe, ha ignorado las peticiones de asociaciones de médicos, científicos y ciudadanos para que la cita olímpica fuera cancelada de forma definitiva. No han hecho caso. “Una vez se ponga en marcha la competición la gente animará a sus deportistas y no podemos descartar que mejore su percepción”, admite Shugawara.

El estadio olímpico de Tokio

Cancelar los Juegos habría supuesto grandes pérdidas económicas. “Es un caso complejo, puesto que no se trata solo del contrato entre el COI y los organizadores. Hay patrocinadores, televisiones, proveedores... Cancelarlo habría provocado una guerra histórica para cobrar los seguros”, explica Jennings. Un informe de la agencia Reuters cifraba entre 2.000 y 3.000 millones de euros las pérdidas en caso de que se suspendieran definitivamente, una cifra nunca vista antes en el mundo del deporte. Si bien los organizadores, a pesar de tener seguros, habrían perdido mucho dinero, quien habría salido peor parado es el mismo COI, porque casi el 75% de sus beneficios provienen de los derechos televisivos de los Juegos . “En caso de cancelación, que no nos la planteamos, saldríamos adelante”, explicaba hace unos meses Thomas Bach. De hecho, el contrato firmado entre los organizadores y el COI deja muy claro que solo es el COI quien puede decidir si se cancela la cita olímpica. Presionado por gobiernos que anunciaron que no enviarían sus delegaciones, el COI aceptó en 2020 posponer la cita un año esperando que así evitarían perder mucho dinero. 

Si la partida económica parece salvada, ahora hay que ver como todo ello afecta la imagen global del movimiento olímpico, que tocó fondo después de los diferentes casos de dopaje, no solo los relacionados con el deporte ruso, y las acusaciones de corrupción en el proceso de elección de los Juegos de Rio de Janeiro del 2016. Sergio Cabral, gobernador de Rio en aquellas fechas, ha admitido haber pagado dinero a los miembros del COI con derecho a voto. También el comité organizador de los Juegos de Tokio fue investigado por unos posibles pagos a una empresa con sede en Singapur de Papa Massata Diack, hijo de quien fue presidente de la Federación Internacional de Atletismo, el senegalés Lamine Diack, figura clave en las diferentes redes de corrupción en el deporte mundial de los últimos años. Los Juegos de Tokio no han quedado al margen de polémicas como la denuncia de un diseñador belga por plagio del primer logo de la cita olímpica, comentarios machistas de altos cargos o ver como el presupuesto inicial de 13.000 millones de euros ha hecho corto y que el gasto se eleva al doble. Nada de nuevo, comparado con los Juegos del pasado. Si estos Juegos serán recordados por algo, será por la pandemia.

Una mujer hace fotos del reloj con la cuenta atrás para los Juegos Olímpicos

“Los Juegos llegan en pleno debate sobre el futuro del olimpismo. De cara a los Juegos de París del 2024 ya se ha anunciado que caen deportes tradicionales para hacer lugar a nuevos, como el break dance, para atraer a los jóvenes. Los de Tokio, como punto positivo, han intentado no repetir errores como los de Rio de Janeiro o Atenas, que construyeron grandes estructuras que no se han usado. En este caso cada inversión tiene sentido, a pesar de que el presupuesto se ha disparado”, razona Jennings. Los Juegos Olímpicos siguen siendo una metáfora perfecta de la sociedad. Detrás de los sueños más bonitos se esconden muchos intereses. E incluso aquello que parece universal es gestionado legalmente por un pequeño grupo de personas. 

El COI, sin embargo, se ha salido con la suya en pleno debate sobre el movimiento olímpico, un debate que llega a Catalunya ahora que intenta sacar adelante la candidatura para los Juegos de Invierno del 2030. Los Juegos siempre tienen dos caras, una trágica y una bonita. En Tokio, mujeres como Simone Biles inspirarán a nuevas generaciones, tal como lo harán los representantes de un equipo de refugiados de guerra. Solo el tiempo nos dirá si sacar adelante los Juegos fue un acierto o no.

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