Cámara oculta para 'nannies', la nueva neurosis parental
En los últimos meses circula por las redes sociales una nueva modalidad de vídeos grabados con cámara oculta. Son imágenes de niñeras controladas vía telemática por los padres de los niños, sobre todo de Estados Unidos, que cuelgan en Instagram o en X escenas domésticas que han grabado: "He encontrado a la niñera comportándose así con mi hijo". Las imágenes no parecen especialmente problemáticas. Son propias de lo cotidiano de hacerse cargo de un niño pequeño. Una chica dando la comida a una criatura o una señora cantando una canción con una niña de un par de años que está sentada sobre el mármol de la cocina. Son escenas que, aparentemente, no tienen nada especial. Pero si miras a los comentarios, descubres la intención. Unos se muestran favorables a la actitud de la canguro: "¡Qué escena más tierna! ¡Qué suerte encontrar una nanny así!" Otros se muestran indignados: "Si fuera mi hijo yo ya habría despedido a esta mujer". Los vídeos pretenden hacer una evaluación de la niñera delegando el juicio a la audiencia. Como si las opiniones sirvieran a aquellos padres para validar su percepción o, sencillamente, decidir si confiar o no en aquella trabajadora. Ahora son una protección de la ansiedad de los padres. The Cut, la revista digital de New York Magazine, ha dedicado un reportaje a la transformación del trabajo de las niñeras, sometidas a una presión creciente e insoportable marcada por la desconfianza, la hipervigilancia y el control tecnológico. En Nueva York, el oficio de niñera, de nanny, tiene una larga tradición vinculada a la historia y la estructura social de la ciudad. Pese a la precariedad del sector, con sueldos irregulares y poca protección laboral, suelen ser personas con formación y años de experiencia, avaladas por agencias especializadas o con cartas de recomendación de varias familias. No son un simple soporte ocasional de chicas que lo hacen como un trabajo extra.
La 'elimination communication'
The Cut recoge el testimonio de las niñeras: cámaras en todas las habitaciones, cochecitos con dispositivos electrónicos para supervisar la ruta, prohibición de salir a la calle durante una jornada de ocho horas para evitar peligros, contratos en los que se especifican las canciones y el tono de voz que deben utilizar en cada momento. Una niñera explica que fue despedida por haberse detenido a comprarse comida y provocar el pánico de la madre cuando vio desviarse unas decenas de metros de la ruta pactada. Hay padres que interrumpen todo el rato los juegos espontáneos para imponer actividades pedagógicas indicadas o que se presentan a la hora del almuerzo para supervisar el proceso de la ingesta. Algunos obligan a mantener prácticas conductuales como elelimination communication en bebés de pocas semanas. Deben observar las microseñales del bebé para detectar si está a punto de hacer pipí o caca y así no es necesario ponerle pañales. En el momento oportuno, sólo se debe llevar al recién nacido a una taquilla.
Mientras los padres ejercen un control extremo sobre las niñeras, adoptan formas de crianza sin límites con sus hijos. Las canguros tienen plena responsabilidad pero bajo constante desautorización. Si antes su trabajo era cuidar a niños, ahora deben gestionar las inseguridades, la ansiedad y las contradicciones de las familias. Son ejecutoras disciplinadas de la neurosis parental. Muchas están optando por cambiar de trabajo.
Si esta tendencia se intensifica, se normalizará la educación en la hipervigilancia, las criaturas encontrarán natural el control y la desconfianza del otro, entenderán que la autonomía es sospechosa y que no hay espacio para la intimidad. Una crianza que reproduce el panóptico de Foucault, donde la autoridad se interioriza. Es desolador imaginar cómo van a crecer estas generaciones.