Hantavirus: no hemos aprendido nada
El hantavirus se llama así porque, aunque es antiguo, el primer brote de la enfermedad que se estudió científicamente fue el que contrajeron soldados norteamericanos que patrullaban a orillas del río Hantan durante la guerra de Corea, en los años 50. Es un virus conocido y con diversas familias: solo se sabe que haya transmisión entre humanos en el llamado hantavirus de los Andes, que es el que ha afectado a los pasajeros del MV Hondius. No tiene la virulencia de la covid, la de la gripe o, aún menos, la del sarampión, pero el índice de mortalidad si no se trata sí que es alto. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) hay cinco casos confirmados, tres de los cuales han acabado en muerte, y tres más sintomáticos a la espera del resultado del PCR. Ha surgido, también, la posibilidad de un noveno caso que sería una azafata de vuelo que estuvo en contacto con una mujer que acabó muriendo. Si se acaba confirmando, sería preocupante, ya que se trataría de la primera persona que se ha contagiado sin estar a bordo del barco.
Según la OMS, no se puede comparar con la covid. Igualmente, teniendo en cuenta lo que aprendimos durante la pandemia, de lo que se dice se extraen algunos datos preocupantes. La principal es que cuando hubo el primer muerto, en la primera parada de la ruta, una veintena de personas abandonaron el crucero. Y, según afirmó ayer la OMS, en total son una treintena las personas que desembarcaron desde que el crucero salió de Argentina. Naturalmente, ahora se está intentando hacer el seguimiento de estos viajeros y sus contactos, ya que el periodo de incubación de estos virus puede llegar a ser de seis semanas antes de que aparezcan los primeros síntomas.
Falta conocer bien las circunstancias de lo que ha pasado, pero que después de la experiencia de la covid se permitiera el desembarco de estas personas sin ningún control ni seguimiento parece una irresponsabilidad mayúscula. Si de algo tendría que haber servido el sufrimiento y la experiencia de la covid es para establecer unos protocolos claros sobre cómo actuar en casos de sospecha de enfermedad por virus infecciosos. Sabemos que la rapidez a la hora de actuar, el aislamiento y el control de los contactos son fundamentales, pero se ha tardado semanas en conocer claramente los hechos. Parece que no hemos aprendido. Como tampoco hemos aprendido nada de cómo gestionar después los casos.
El hecho de que a estas alturas volvamos a vivir el debate sobre si se puede o no obligar a la gente a estar en aislamiento es lamentable. Entonces se tuvo que recurrir al estado de alarma, y durante estos años los partidos políticos han sido incapaces de llegar a un acuerdo para aprobar una ley que permita tener un protocolo claro para que las autoridades sanitarias impongan medidas básicas de salud pública. Encima, ha vuelto la polémica política. Se vuelve a poner en evidencia la insolidaridad: se entiende la preocupación de las Canarias, pero tienen un sistema de salud que está preparado para atender estos casos; y si no es así, su gobierno debería dimitir por desprotección de su propia población. Y ha reaparecido con fuerza la desconfianza en la ciencia y en la pericia sanitaria de algunos partidos. Que los Estados Unidos y Argentina, por ejemplo, hayan salido de la OMS demuestra hasta qué punto los iliberales liderados por Trump y sus amigos, entre los cuales parte de la derecha y la ultraderecha españolas, pueden abocar el mundo a otro caos.