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Estilo  /  Viajar 08/07/2022

"No sé dónde dormiré, no sé qué comeré... viajar así es la libertad"

Proliferan los viajes improvisados y sin destino, donde se prioriza disfrutar de experiencias en detrimento de los viajes organizados

5 min
Una chica disfruta de las vistas durante un viaje

Barcelona“No he acabado nunca un itinerario. Solo me sirve para empezar. En el fondo, el itinerario es el plan B; el plan A es el viaje”, describe Pilar de la Peña, que lleva 49 años haciendo viajes “de piel”, tal como los denomina ella. Sus rutas, siempre en países menos turísticos, se basan en la improvisación. No planifica nada con anterioridad. “En los viajes organizados tienes un timing, un calendario... En cambio, cuando viajas de esta manera no tienes ni idea de dónde dormirás. No sabes si comerás aquel día. Es la libertad”, subraya.

Esta fórmula de conocer el mundo no es nueva. “Se ha puesto de moda, pero en realidad es la más antigua de todas: coger las maletas, subir al coche e ir viviendo la experiencia por el camino ya se hacía en los orígenes del turismo, junto al turismo de sol y playa”, asegura Maria Noguera, directora de la Escuela de Turismo y Dirección Hotelera de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). Después del estallido de la pandemia del covid, eso sí, se ha reactivado. “Cada vez hay menos viajes organizados. No se compran las vacaciones de verano con meses de antelación. La gente va mucho sobre la marcha”, especifica la directora general de Turismo de la Generalitat, Marta Domènech, que añade que los viajeros buscan “descubrir espacios” y “laissez faire, como dicen los franceses, que significa: dejar hacer, dejar pasar y ya me lo encontraré”. Pero no todos los destinos valen. Según Noguera, “es más fácil improvisar si eliges destinos ya conocidos, cercanos y seguros”. “La pandemia nos ha hecho buscar seguridad. No elegiremos un viaje muy lejano, desconocido o inseguro y de mucha duración, de manera improvisada y poco planificada”, comenta.

Pau Garcia, que ha estado en más de 40 países en 16 años, concreta que uno de los inconvenientes de hacer este tipo de viajes menos planificados es que “te pierdes alguna de las cosas importantes del país si vas improvisando todo el rato; es un riesgo, a pesar de que menor”.

Pau Garcia Solbes al fiordo de Hardanger, a dos horas de Bergen, en Noruega

Los imprevistos, como ponerse enfermo, también pueden complicarlo. Y todavía más, si vas solo. “Yo siempre hago un seguro de viaje. No lo he usado casi nunca, pero ponerte enferma fuera de casa y sola es un palo. Me pasó en Laos. Tuve un rebrote del dengue, que cogí en el Perú unos años antes. Como me encontraba mal, con 40 de fiebre, me echaron del hostel y tuve que coger una habitación en otro lugar donde había una señora que me daba tés y comida. Me cuidó mucho”, recuerda De la Peña, que empezó haciendo viajes con autostop por Europa y sin dinero. Todo un descubrimiento: “Es increíble. Estás contigo. Aprendes a responsabilizarte de tus actos y las consecuencias que se derivan de ellos. Te vuelves más resolutiva y aprendes a confiar en ti. Cuando viajas no eres ni la madre, ni la mujer ni la periodista. Eres tú y nadie más. Te encuentras con tu esencia”, destaca esta viajera, que da consejos a mujeres de más de 40 años para que tengan herramientas para viajar solas por el mundo.

Pilar de la Peña con un elefante en libertad en Mondulkiri, en Camboya
Jordi Canal-Soler en el cráter de Rano Raraku en Rapa Nui, la isla de Pascua

Jordi Canal-Soler, que viaja de manera profesional y por hobby para elaborar reportajes tanto escritos como fotográficos, admite que “no hay que ser valiente para hacer estas salidas, solo mentalizarse” y puntualiza que “muchas de las cosas que seguramente te habías propuesto inicialmente de ver no las verás porque visitarás otras de nuevas”. Lo mismo piensa Roser Goula, bloguera de viajes: “Estuvimos en el País Vasco con mi pareja y nuestros dos hijos, y no nos movimos de Guipúzcoa ni vimos el Guggenheim. Nos sugirieron el Museo del Ferrocarril, un lugar que seguramente no habríamos visitado nunca. Si no te marcas grandes rutas para hacer, tampoco tienes esta presión mental de verlo todo y lo puedes ir respirando mejor”, recomienda esta viajera, que durante sus estancias hace intercambio de casas. “También asistimos a una fiesta local donde unos vascos cortaban troncos de árboles. Esto no sale en las guías turísticas y, cuando participas, te sientes algo más de allí. No eres una guiri, sino alguien que vive las cosas y las descubre de manera más auténtica”, destaca.

Viajes más auténticos... ¿o no?

“Si formas parte de un viaje organizado y por la mañana has visitado un pueblo donde todavía viven como recolectores y cazadores, necesitas un par de días para asimilar la experiencia. Seguramente quedarte allí y poder preguntar algo si hace falta. Por la tarde, quizás te irás a ver un templo de serpientes en otro lugar. ¿Y qué pasará? Asimilas el viaje cuando vuelves a casa. En viajes de piel, en cambio, eres más consciente de lo que está pasando en todo momento y también son viajes más responsables porque pagas directamente en los lugares. Por lo tanto, te sale más económico”, señala De la Peña.

Para Noguera, en cambio: “La experiencia de cada viajero es única y puede ser igual o más auténtica que otra. Vivir una experiencia de conocimiento del patrimonio cultural, arquitectónico y etnológico del lugar donde estás en viajes menos planificados sí que te puede dejar fluir y disfrutar más de lo que pueda ser o de lo que te rodea, pero la realidad es que, si te gusta un destino y te quedas, pero tampoco interaccionas, no estás haciendo un viaje auténtico. Más allá de esto, debe de haber turistas que les gustará más la experiencia con un paquete cerrado, all inclusive, de sol y playa”. Según ella, “los viajes menos planificados, en cualquier caso, son más vivenciales, pero no quiere decir que sean menos reales”. Y añade: “Un viaje no organizado no quiere decir que esté no planificado porque seguro que miras apps con recomendaciones de cosas para hacer donde salen experiencias y haces algo de lo que se propone”.

Durante la época de pandemia estos tipos de viajes, más experienciales, se han centrado principalmente en los mercados de proximidad. “Los desplazamientos han estado en casa, intramuros, y la gente ha disfrutado muchísimo porque ha descubierto sobre la marcha un territorio que desconocía”, destaca Domènech. Así lo corrobora un estudio de la UAB sobre el crecimiento del turismo rural: “La demanda interna, de los residentes en Catalunya y España, creció de forma destacada en relación con el verano de 2019 y compensó, parcialmente, las caídas dramáticas de las llegadas y pernoctaciones de turistas extranjeros”. “También durante el verano de 2020 se incrementó tanto el aposento medio de los turistas como el grado de ocupación de los establecimientos de alojamiento en relación con las cifras del verano anterior”, detalla el informe.

Aun así, Ferran Giménez, doctor en sociología y profesor colaborador de los estudios de psicología y ciencias de la educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), reflexiona: “Hemos construido una sociedad en la que tendemos a hacer desaparecer el malestar, el esfuerzo y el dolor. Sectores de la población a través de su ocio intentan recuperar experiencias más auténticas y más vinculadas a la vida real a través de estos viajes más vivenciales”. “Pero en estas salidas no hay un nosotros, sino individuos que vivimos como realidades separadas. La intención es proyectar tu yo vinculado a una situación de placer. Estos viajes no son proyectos comunitarios y no aportan otra manera de concebir las relaciones u otra mirada sobre los territorios que se visitan. Una falsa creencia de recuperar la libertad perdida”, concluye.  

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