Entre los negacionistas del asunto climático, una estirpe muy empedernida es la que se aferra a un verano especialmente caluroso del pasado para decir que, mira, de calor siempre ha hecho, unos años menos, otros años más. Esto no lo hace solo el tópico cuñado de cigarro puro y palillo –brillante Jordi Soriano, cuando lo encarna en el Polònia–, sino que medios presuntamente serios también se abonan a esta práctica. Es el caso del Telegraph, en deriva preocupante desde hace unos años. El Reino Unido vive una semana infernal para sus estándares, con temperaturas que han superado los 37 grados, y el diario publicaba una pieza titulada “Los histéricos de la ola de calor no habrían durado un día en 1976”. Han ido a elegir el que fue un verano especialmente encendido para negar el cambio climático, a pesar de la avalancha de datos que sugieren que, más allá de un registro específico, la temperatura está creciendo a la velocidad del rayo. De hecho, los cinco veranos más calurosos, en global, no son aquel 1976, sino que pertenecen todos al siglo XXI. Y en los 30 años entre 1970 y 1999 solo hubo tres veranos en los que los británicos superaran los 35 grados, mientras que en los 26 años y pico que llevamos desde entonces ya son nueve aquellos en los que se ha alcanzado esta temperatura. El mismo Telegraph, cuando se superó el récord histórico de 40,3 grados en Coningsby en 2022, se apresuró a hacer una pieza diciendo que en la época eduardiana hubo también veranos sofocantes. O también podríamos hablar de aquella portada de The Spectator del 2019 en la que se veía el dibujo de un planeta Tierra tomando algo en la playa, con el titular “Relájate, el calentamiento global es un mito”.
Los medios tienen la obligación de incluir todas las voces de un debate, pero hay un corte imprescindible: el rigor metodológico. Si no, estamos haciendo pasar gato de intoxicación por liebre de pluralidad. Hay antiguos cazafantasmas que están haciendo su agosto en la televisión explotando esta confusión.