Ya lo arreglaremos mañana
Hacía tiempo que se veía venir, pero como regalo de Navidad es desafortunado: la Comisión Europea ha decidido eliminar de forma indefinida la prohibición de vender coches de combustión, que estaba prevista para 2035. Es decir, las medidas ecologistas que se enfrentan a las grandes presiones económicas son de nuevo las grandes perdedoras. El espíritu de Navidad se desvanece, y en la Unión Europea parece que pide carbón por Reyes. Aún falta firmar y blablablabliblibli pero la derecha y la extrema derecha, que suman mayoría, ya tienen claro que tiene que haber una rebaja de las medidas ecologistas, es decir, una patada en el culo, porque no tiene ningún sentido dejar de contaminar cuando ya se ha visto que el planeta aguanta lo que haga falta. Y el ser humano vota lo que haga falta para no revertir el sistema. Eso sí, ya no tenemos pajitas de plástico para bebidas. Un gran avance que nos ha cambiado la vida, que nos la ha mejorado cualitativamente, sobre todo cuando pensamos que con la cantidad de blísteres de plástico que sí están permitidos podríamos beber con pajitas por los siglos de los siglos. Es evidente que los cambios importantes no son fáciles de llevar a cabo, pero también es evidente que si no hay políticas firmes los cambios no se harán nunca. Mientras, los polos siguen deshaciéndose y las enfermedades siguen aplaudiendo a todos los tóxicos que las ayudan a mantenerse vivas. Y si no, los molinos destrozan el paisaje y la agricultura, y cambiar campos de melocotoneros por mares de placas solares no es la idea más brillante, pero quien ame el brillo que se haga urraca. Y sobre todo, no hablemos de rebajar la energía ni de lo que necesitará la IA para alimentarse, que nos dará un ataque al corazón.
Pero aparte de la importancia de las medidas en sí mismas, lo que hiere de muerte es ese descrédito de la política, que se salta sus propias reglas y llega a final de año más tocada que el año anterior. O lo parece. Aquí, allá y por todas partes. La contaminación no es solo de los coches: la intoxicación es constante. La Cumbre del Clima en Brasil de hace poco ya dejó claro que hay temas de los que no hay que hablar, como los combustibles fósiles, que como su nombre indica han quedado en el pasado remoto.
Por cierto, hablando de Brasil. En la ciudad de Guaíba unos fuertes vientos han derribado esta semana una réplica de la Estatua de la Libertad. Las imágenes han quedado grabadas y se ve cómo la estatua cae lentamente sobre un parking, tras el que se encuentra un establecimiento de McDonald's, con su presencia tan característica. El McDonald's se mantuvo intacto y la caída de la libertad no causó daños ni heridos. No se me ocurre una imagen más gráfica para hablar del momento actual. Asistimos a la caída de la libertad, no de la estatua. Aparentemente no ocurre nada. Porque la libertad va cayendo poco a poco. Nosotros vamos haciendo nuestra vida, pensando que, si acaba el mundo, todavía podremos pisar el acelerador de nuestro coche que funciona con gasolina y comer una hamburguesa adictiva sin bajar del vehículo que contamina. Pero la realidad, sin embargo, es que mientras la libertad cae hay heridos. Muchos. Aunque parezcan invisibles porque su rastro se va borrando. Como las decisiones políticas para mejorar el mundo o salvarlo.
Pronto será Navidad, y el pesebre pasa por Palestina cuando aún no era Palestina y los seres humanos ya creían en milagros y en dioses y se mataban por los milagros y los dioses. No había coches y la libertad se compraba. Nuestro presente es un pesebre con ríos de papel de plata y corderos sacrificados por alguna peste. Sin embargo, como el deseo todavía está permitido, feliz Navidad a todo el mundo. Y cuando digo todo el mundo, ya me entendéis.