09/04/2022

El bilingüismo y el castigo de Sísifo

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Llevo treinta años debatiendo con Albert Pla Nualart sobre el futuro del catalán, primero en el Avui y ahora en el ARA. Él siempre pesimista, yo siempre posibilista. Él siempre fustigador del bilingüismo, yo siempre defensor de la convivencia de lenguas. En los últimos tiempos, su contradicción ha sido creer que la independencia no es posible y a la vez estar convencido de que, sin un poder político capaz de hacer del catalán la lengua realmente necesaria, el idioma histórico del país no tiene futuro. Mi contradicción ha sido creer que la independencia solo será posible algún día si no se hace pivotar sobre el factor identitario y a la vez tener íntimamente la lengua como un tesoro irrenunciable: ¿lo quiero tanto como para sacrificar la libertad? Es decir, los dos nos hemos movido, incómodos, en la impotencia del vuelo y luto.

Quizás sin ser conscientes, la síntesis nos había precedido en la figura del filólogo Joan Solà, de quien Albert fue discípulo y yo devoto lector. En sus últimos años, Solà se convirtió en defensor implacable y apacible del catalán, con su sabiduría amable. No sabemos cómo habría vivido el Procés (murió en octubre de 2010) ni qué pensaría de la bajada del uso social de la lengua. Solo sabemos que perteneció a una generación forjada en el antifranquismo que vio con ilusión el progreso del idioma durante los primeros años de democracia gracias al compromiso activo de tanta gente (¡qué maestros!) y a la recuperación del autogobierno y los ayuntamientos democráticos. También sabemos que, hacia el final de su vida, fue de los primeros en alertar que la cosa no iba bien. “¡Plantemos cara!”, proclamó.

No le hicimos caso. Con el Procés nos plantamos, pero más políticamente que lingüísticamente. ¿Antes había sido un error fijar el bilingüismo como marco normativo de la Transición? Yo diría, y en este punto coincido con Albert, que fue lo que era posible, fruto del equilibrio político de fuerzas y de la demografía. La audacia consistió en legalizar un bilingüismo oficialmente asimétrico en la enseñanza, con el catalán como lengua vehicular, y en poner en marcha TV3. Con el castellano manchado por la imposición de la dictadura, el catalán ocupó la posición de lengua débil que proteger, asociada a las ideas de libertad y de ascenso social. Muchos castellanohablantes la vieron con simpatía y como una oportunidad de mejora para sus hijos.

¿Qué ha pasado desde entonces? Pues que el nacionalismo español, acomplejado a finales del franquismo, con los años se ha quitado la máscara. Usando todos los resortes estatales al alcance, ha roto aquella asimetría bilingüe que solo era procatalán en la escuela. Y, de paso, ha conseguido hacer creer, cuando menos a buena parte de la opinión pública española, que el discriminado es... ¡el castellano! Pero los datos son concluyentes: el castellano avanza (también en la enseñanza); el catalán recula por todas partes. Nos hemos dormido.

Para salir del pozo, no esperáis una jugada maestra. La realidad es el marco legal bilingüe forjado hace cuatro décadas (dos lenguas oficiales, la propia con una especial protección siempre en la cuerda floja) y una situación en la calle con el castellano en clara ventaja, más una involución españolista (Vox y cía.) que también ha hecho mella aquí. ¿Cómo recuperar terreno? La cosa es a la vez llana y empinada: vuelve a necesitarse un gran consenso que no solo blinde el catalán en la escuela, sino que cohesione e ilusione. No es fácil, claro. Dejamos claro, en cualquier caso, que la libertad lingüística es proteger el catalán. ¿El bilingüismo? Más que culparlo, hagámoslo real, lo máximo simétrico posible (¡ojo!, difícilmente lo será del todo). Volvamos a vincular el catalán a un relato de optimismo, de utilidad, de prestigio. ¿Plantar cara? De acuerdo, sobre todo haciendo uso desacomplejado, exigente y seductor. El catalán no va contra nadie ni es un problema. Una cosa es que tenga problemas y otra que sea el problema. En resumen: todo esto no quita que los catalanohablantes, empezando por Albert y yo mismo, notamos una vez más el peso del castigo de Sísifo.